La convocatoria de elecciones, publicada por el Rector el pasado 3 de febrero, abre oficialmente la veda del voto: voto decisivo el de los profesores (67%), significativo el de los estudiantes (25%) y poco más que anecdótico el del personal de administración y servicios (8%). Me busco en el conjunto del pastel y compruebo que mi voto apenas representa el 0,014 %. Menos es nada, diría más de uno; pero no, nada más lejos de la realidad, porque mi voto vale muchísimo (por lo menos tanto como el disputado voto del señor Cayo): toda una universidad en mis manos.
Dicen que esto es cosa de dos (¿se han vuelto rácanos los catedráticos?) pero no puedo estar de acuerdo. Esto es cosa de todos y yo me sumo al sarao. Cierto que corresponde a los candidatos, tanto al oficial como al opositor, mover ficha, salir al ruedo, vocear en nuestras calles y llamar a nuestras puertas, pero yo prefiero dar vuelta a la tortilla y situarles como actores secundarios porque los protagonistas de la película somos nosotros: los electores. En nuestras manos está entregar a uno de ellos el timón de esta nave llamada Universidad de León y devolver el otro a su lugar de procedencia.
Queda inaugurado el mercadillo del voto y yo vendo el mío al mejor postor. Entro al regateo: “¿qué quieres? vs ¿qué ofreces?”. De precio de salida, la “universidad” que quiero; al que lo iguale, o mejore, adjudicado.
Apolinar Fernández
Personal de Administración y Servicios ULE

