En un día como hoy

Te llevó de la mano a tu colegio amarillo cuando aún no habías cumplido los cuatro años, con aquel conjunto que no te gustaba nada, y la mochila era más grande que tú. A la salida de la escuela, siempre esperabas a que llegara a comer, porque como decía aquella vieja canción de Revólver, “he pasado mil años viendo como mi madre trabajaba y llegaba a casa siempre tarde, una vez y otra vez treinta días al mes”.

Cada vez que te caías, tuvieras siete, quince o veintidós años, ahí estaba ella para sostenerte, o para recogerte y ayudarte otra vez a levantar. Nunca hubo ningún ave Fénix que no renaciera sin una mujer como ella a su lado. Cuando te regañaba, cuando se enfadaba, cuando te hacía reír, cuando se pegaba cuatrocientos kilómetros en el coche para irte a buscar al aeropuerto en Navidad, ella siempre estaba ahí.

Fue quien te animaba cuando suspendías un examen, “tú sigue, hija, tú sigue”, te solía repetir, hasta que en aquella graduación donde por fin celebrabas haber acabado, le dolían las manos de tanto aplaudir, y se le encogía algo por dentro al ver que… el tiempo había pasado volando y ahora la que volabas del nido eras tú misma.

Cuando la vida te ha llevado lejos de casa, cuando en cada invención de esas maravillosas de MRW por un euro te manda un paquete con algo que seguro se te ha olvidado, cuando te llama por la noche, cuando ha luchado contra las nuevas tecnologías para estar más cerca, ya sea por WhatsApp, e-mail, Facebook o incluso Twitter, ahora, en un domingo como hoy, piensas que no debería existir una fecha específica para “celebrar el día de la madre”.

Porque ella se merece un texto como este todos los días, un ramo de flores cuando a pesar de estar cansada, se pone a hacer los deberes con tu hermano, a celebrar todos los éxitos familiares. Porque admiras que sea capaz de ser tan incombustible, y porque solo agradeces a la genética que la vida te dé la mitad de sus genes y de su fuerza cuando seas mayor.

Gracias a ella has aprendido a ser tú misma, y la mejor lección la cantabas a su lado con aquel cassette que solíais escuchar juntas en el coche, “sabes que llegar a la meta cuesta“, pero que sería imposible llegar sin su apoyo y ánimo detrás. Ahora cada vez que te miras al espejo observas con nostalgia cómo te pareces más a ella, y a pesar de los ochocientos kilómetros que os separan, sabes que sigue cerca, dándote su aliento.

Por eso en un día como hoy, aunque deberíamos celebrar este primer domingo de mayo todos los domingos, igual que cuando nos juntábamos todos en León a comer… por eso y por todo lo que te debo, felicidades mamá.

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Carta abierta a Samuel Folgueral: No todo vale

Hoy saliendo de trabajar leía con incredulidad las noticias que se iban propagando por Twitter, la red social que me permite estar un poco más cerca de casa y seguir desde tierras catalanas la actualidad de mi ciudad y provincia. De repente un titular me dejaba boquiabierta: Samuel Folgueral, el arquitecto que lidera el grupo municipal socialista ponferradino, asumía la alcaldía de la capital berciana.

De repente, las cuentas no me salían. Será por mi poca memoria o por mi negación a creer que el grupo del PSOE en Ponferrada podría pactar con el de Ismael Álvarez alguna vez. Pero lo han hecho. Y encima, con recochineo, presentando la moción de censura un 8 de marzo, día internacional de la mujer. Apoyados por el partido del condenado por acoso sexual en el caso Nevenka, Folgueral y el resto de concejales socialistas dan un golpe de mano en Ponferrada y desbancan de la alcaldía a Carlos López Riesco.

Como persona de izquierdas y ponferradina, no me lo creo. Me parece una tomadura de pelo aberrante que el PSOE pacte con IAP para asumir la alcadía de la capital del Bierzo. Aunque las cuentas salgan aritméticamente, no lo hacen moralmente. No todo vale, señores concejales. No vale el “poder por el poder”, el “ganar por el ganar”, y aunque 8 + 5 sean más que los 12 representantes del PP municipal, parece que no han aprendido la lección.

Sabrán sumar muy bien, pero que Folgueral sea alcalde habiendo obtenido los peores resultados de la historia del PSOE en Ponferrada en las elecciones de 2011, dicen mucho del apoyo que tiene actualmente el grupo municipal allí. Y lo que no se gana en las urnas, la confianza, no debería conseguirse con el apoyo de un condenado por acoso sexual.

Desde hoy, dejen de contar con mi apoyo y mi voto. No vale todo en política. Esa sed de poder les auguro que les hará estrellarse dentro de tres años y medio. No se echen las manos a la cabeza cuando vean que siguen perdiendo apoyo ciudadano, cada vez más en contra de este bipartidismo asfixiante que nos está ahogando a todos.

Lanzar la moción un 8 de marzo, para más inri, me parece tan vergonzoso, que no reconozco en sus siglas los ideales socialistas, el apoyo a la igualdad y a los derechos de la mujer. Sigan así. El Titanic en el que están convirtiendo al PSOE, a nivel municipal y nacional, tiende cada vez a parecerse más a la vieja UCD. Un paso más desde Ponferrada para ahogar el viejo sueño de Pablo Iglesias.

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Yo no viví el 23-F

Hace 32 años, cuando no eran ni las seis y media de la tarde, el coronel Tejero entró en el Parlamento, y al grito famoso de “¡Quieto todo el mundo!”, disparó al aire. Sólo tres diputados de los que estaban allí presentes se mantuvieron firmes, sin agacharse en sus escaños: Adolfo Súarez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Aquella tarde, histórica para nuestra casi embrionaria democracia, sería recordada después con el miedo vivido, pero también con la alegría de saber que por una vez España no se decantaba por la opción de matarnos entre todos y derramar sangre.

Este 23-F ya no recordamos a Tejero. Ahora la imagen del Rey impertérrito en la televisión pública de 1981 suena con ecos demasiado lejanos en nuestra historia. Hoy pensamos en el Monarca y sólo Nóos viene a la cabeza una cacería de elefantes. O quizás la inexistente acepción de “abdicación” en el diccionario real.

Tenía razón Alfonso Guerra cuando decía aquello de que “a este país no lo iba a conocer ni la madre que lo parió”. Y es que con el paso de los años, el recuerdo incierto y gris de aquel lunes se ha borrado de la memoria colectiva. O al menos, de aquellos que ni vivimos el golpe, ni votamos la Constitución, y apenas recordamos la entrada de nuestro país en la Unión Europea.

Unión Europea que, sin embargo, sí forma parte de nuestra intrahistoria generacional. Una Europa que ahora más que nunca suena a Viejo Continente, desgastado por unas diferencias económicas y sociales fraticidas entre el norte y el sur. Una Europa, en definitiva, que hemos construido un poco entre todos, por ejemplo a través del programa Erasmus que nos ha ayudado a entender que un alemán, un sueco, un portugués y un español igual no eran tan diferentes. Una Europa que borró sus fronteras para acercarnos a todos, que compartió su moneda, que escribió la historia más cercana a la cooperación y la fraternidad jamás vividas, especialmente tras la II Guerra Mundial. Una Europa asentada sobre los pilares democráticos inspirados tras los juicios de Nüremberg; en definitiva, una Europa más humana, más ciudadana.

Lo que está claro es que tras esta crisis que nos asfixia, no volveremos a ser los mismos. Ni tampoco lo serán la educación y la sanidad públicas, la justicia o la investigación. Cuando salgamos de esta, porque saldremos, habremos retrocedido mucho más atrás de aquel 23 de febrero de 1981. Un país empobrecido, ahogado por el déficit, derrumbado tras los sueños utópicos de una burbuja que nos estalló en la cara. Qué grandes nos creímos y qué pequeños éramos en realidad. Hoy la búsqueda de un futuro mejor se retrata en las colas infinitas del paro, en los jóvenes de mi quinta que han hecho las maletas, en las miles de personas que cada noche buscan en la basura algo que llevarse a la boca.

Es duro pensar que la generación siguiente a nosotros no disfrutará de algunas pequeñas cosas que conseguimos después de muchos años de lucha. Ya saben, nimiedades como los derechos laborales, el apoyo a la educación pública o un sistema de salud universal. Ni España ni Europa volverán a ser lo que fueron. Los sobres del Parlamento se teñirán de un negro vergonzoso, y las declaraciones de la renta en B serán la nueva moda en Hacienda. Los partidos mayoritarios, probablemente, no dejarán de jugar al tenis, en esos eternos peloteos del túlohashechomal y lohagomalporlaherenciarecibida. Mientras deciden quién gana el punto de set sobre la ILP de los toros, las cuestiones lingüísticas o las escuchas en floreros de un conocido restaurante del Eixample barcelonés, los ciudadanos, 32 años después del golpe, y en una crisis sin precedentes, habremos perdido el partido para siempre.

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Dimitir no es un nombre ruso

Han pasado cinco años desde que comenzaron los primeros síntomas de una crisis larga, demasiado larga. Tan larga que se nos ha olvidado aquello de llevar a mínimos históricos la tasa de desempleo, y cada lunes la cola del paro se hace más larga. Muchos de los jóvenes de mi generación emigran, huyendo de un país que ha olvidado demasiado rápido aquello de que jugaba a la Champions League de la economía.

Pero no sólo hemos sido superados por una crisis económica y social con pocos precedentes en nuestra historia reciente. También nos hemos topado – de repente – con una increíble crisis ética y moral de aquellos que están destinados a ser nuestros representantes públicos. Yernísimos que se forran organizando eventos deportivos y utilizando sus reales influencias, sobres que llevan dinero B procedente de donaciones ilegales, EREs amañados para favorecer a los nuestros, miembros de partidos políticos que no responden ante la desfachatez de las Cajas de ahorro cuando estaban en sus Consejos de Administración…

Resulta inquietante ver que tras cinco años, sigue existiendo esa calma aparente ante el descrédito político. Ya no nos sorprenden los casos de corrupción (en la imagen inferior se ven los casos existentes en España), lo tomamos como algo rutinario, lógico por ser demasiado habitual. Pero la indignación latente ante los “no me consta”, “sí hombre” y demás escurrebultos que se quieran inventar sigue estando ahí, esperando a que una mecha incendie la pólvora que recorre cada hogar de punta a punta del país.

Ante el insólito panorama de especuladores, sobres por debajo de la mesa y cuentas en Suiza, los partidos políticos deberían ser los primeros en reaccionar. Estoy convencida de que los partidos per se no son corruptos, los son aquellos (minoría) que forman parte de ellos y utilizan su responsabilidad pública para aprovecharse en beneficio propio.

¿Qué margen de confianza nos queda a los ciudadanos cuando vemos que la mala praxis es tapada, justificada y embrollada por compañeros de partido, a la espera de un cargo en la próxima lista, o un favor a medio plazo? Si de verdad quieren que la sociedad recupere su confianza en los responsables políticos, la máxima que deberían seguir nuestros representantes democráticos sería obligar a todos los que se ven envueltos en casos de corrupción a dimitir. Solo eso garantizaría la buena salud de nuestro sistema democrático.

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Volver a ser un niño

Ayer paseaba por el Parc Güell, en Barcelona, atardecía y los colores rojizos y naranjas teñían Montjuic y la playa de la Barceloneta comenzaba a difuminarse en el horizonte. Mientras una de las obras más emblemáticas de Gaudí recogía a los últimos turistas perdidos, me acordaba de aquellos titulares que copan a veces nuestros medios de comunicación, en esa jerga con referencia a la psicología comunitaria sobre nuestro uso de las redes sociales.

Que nos estamos volviendo adictos, vamos. Que si no tuiteas la última noticia, ni actualizas tu estado en Facebook, ni le haces una fotografía a tu café por Instagram no eres in. Estos estudios, ojo, existen, respaldados por investigadores de la Universidad de Chicago o por artículos de periodistas del Huffington Post que nos meten el miedo en el cuerpo.

Y aunque a veces puedo estar de acuerdo con el excesivo tráfico de información que fluye ante nuestros oídos y ojos a diario, motivado en parte por el cambio de sociedad en el que vivimos (todo ahora, todo ya), quizás tanto pavor a las nuevas formas de comunicación no sea más que mucho ruido y pocas nueces. Algo ayer por la tarde me hizo reafirmarme en que a las redes sociales y la globalización online no debemos tenerle miedo, y fue el descubrimiento del “Geocaching.

Hasta mi paseo por el Parc Güell yo tampoco sabía que ahí afuera, y apoyados por la comunicación virtual, se había desplegado un inmenso “juego del tesoro” a nivel ¡¡mundial!! Buscando con el GPS del teléfono móvil, encontramos dos recuerdos escondidos en el Parc, conocidos como “cachés”.

Sólo en la ciudad de León, según la web oficial del juego, hay cerca de una veintena de tesoros en sitios tan dispares como el Parque del Cid o San Isidoro. Hay cachés en el Bierzo, por la Ruta de los Calderones, cerca de Garrafe del Torío, hasta en el Pico Gilbo que puede verse desde Riaño. Hay un caché en la Guiana, ¡y dos en el toro de Osborne que hay cerca de Astorga!

Otras modalidades de este juego, cuyo nacimiento se remonta al año 2000 en Estados Unidos, son aquellos en los que intercambian libros o bicicletas reparadas o se rastrea dónde van a parar billetes de euro o de dólar americano.

Decían en aquella zarzuela de de “La verbena de la Paloma”, que “los tiempos cambian que es una barbaridad”. Quizás, y a pesar de las múltiples innovaciones tecnológicas, no hemos cambiado tanto nuestra esencia, y seguimos, como cantaba Enrique Urquijo en Los Secretos, “volviendo a ser niños”. El Geocaching es, probablemente, la mejor prueba de ello.

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