Súmate al cambio por la Banca ética

El cambio es necesario y posible.

Hoy en día, es ya toda una evidencia, el sistema financiero actual es corrupto, caprichoso, injusto y esta politizado; generando desigualdades y perjuicios a todos, menos a unos pocos, que siguen y siguen lucrándose, hasta en situaciones de crisis galopantes, como en la que nos encontramos.

Llegan a amasar fortunas que nunca podrán gastar los nietos de sus nietos, creando cada día mayor pobreza, desigualdad y muerte a su alrededor, incluso al nuestro, como es el caso del gran número de suicidios al que perplejos estamos asistiendo.

Con los ejemplos escandalosos de las participaciones, desfalco y cobro abusivo de dietas, kilometrajes y asistencia a consejos, jubilaciones y prejubilaciones, salidas a bolsa con datos falsos (caso Bankia), cláusulas injustas en las hipotecas (hasta denominadas ilegales y abusivas por la Comunidad Europea), inyecciones de dinero público (pagando entre todos los errores de unos pocos), se muestra contundente la imperiosa y urgente necesidad de un cambio de sistema financiero y del modelo bancario

En el lado contrario, la banca ética se presenta como alternativa a todo esto. Una alternativa posible y real que ya está funcionando en otros países y en España también.

Hace poco escuche decir a Joan Melé, subdirector de Triodos Bank, algo así como que las personas que llegan al banco con algo de dinero, siempre preguntan el tipo de interés de su cuenta o depósito, las comisiones de su tarjeta, etc… pero nadie le pregunta ¿qué hace usted con mi dinero? Obviamente no es lo mismo que el banco donde tú pones tu dinero invierta en plantas de energías renovables, en programas de cooperación internacional, en empresas de inserción laboral, en proyectos de agricultura ecológica y Comercio Justo, innovación,… que en armamento, paraísos fiscales, partidos políticos, terroristas y traficantes, proyectos de destrucción del Amazonas, explotación infantil…

Porque no es lo mismo invertir en economía real y desarrollo sostenible con trasparencia que en productos financieros sobre productos financieros, en destrucción del medio ambiente y conflictos armados con opacidad y engaño.

Dicen que Henry Ford dijo: “Si la gente supiera lo que hacen los bancos con su dinero al día siguiente habría una revolución”.

Hoy en día podemos saberlo y podemos elegirlo. Al igual que eliges qué café compras o si vas al cine o a un partido de fútbol, también podemos elegir dónde poner nuestro dinero y qué se hace con él luego.

Como vemos que ni los poderes establecidos (que legislan y castigan), ni los bancos tradicionales quieren cambiar el modelo, tú en tu ámbito sí puedes, aunque sólo sea cambiando tus ahorros o cuando menos tu sueldo mensual a un banco ético. Porque realmente, cada uno de nosotros y todos juntos, tenemos mucho poder, pero hay que querer y creer en que ese cambio es posible.

Para ello, podemos empezar por cambiar de banco o abrir otra cuenta en un banco ético. Hoy en día y en España hay varias opciones: Triodos Bank, Coop57, Oikocredit y Fiare.

Ejerce tu derecho, elige el cambio, busca un mundo más justo y lleva tu dinero a un banco ético.

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La economía del bien común

Se trata de un proyecto económico abierto a las empresas y particulares, promovido por el economista austríaco Christian Felber, que pretende implantar y desarrollar una verdadera economía sostenible, alternativa a los mercados especulativos.

El objetivo es crear un marco legal vinculante para la creación de valores de orientación empresarial y particular hacia el ”Bien Común” y que dé incentivos a sus participantes.

La Economía del Bien Común se construye en base a los valores que hacen florecer  nuestras relaciones: Confianza, Responsabilidad, Aprecio, Democracia, Solidaridad y Cooperación; Lo que se pretende es que el objetivo de las empresas pase de maximizar el beneficio económico a maximizar su contribución a la sociedad.

Felber explica que hoy en día todo se mide en términos monetarios y que es incorrecto; en macroeconomía con el PIB y en microeconomía con el beneficio. Pero estos indicadores no nos aportan información ni apropiada, ni completa; es decir, con el PIB de un país no conocemos si éste es una dictadura, si está en guerra, si pueden votar las mujeres, etc., y con el beneficio de la empresa tampoco sabemos si utiliza trabajo infantil, discrimina por sexo o perjudica al medio ambiente.

En este nuevo modelo no se trata de competir para ganar más, sino de cooperar y ser más ético en tus prácticas, y salir beneficiado por ello.

Propone cambiar el balance financiero de las empresas por el balance del Bien Común, y que las empresas sean valoradas en función de cómo remuneran a sus empleados, de si emplean discapacitados, cuánto contaminan, la diferencia de salarios entre directivos y empleados, etc. Así las empresas, dependiendo de esta evaluación, obtendrían unos beneficios fiscales, subvenciones, exenciones aduaneras, etc. que harían sus productos más baratos al consumidor, es decir, al revés de lo que ocurre hoy en día. Lógica aplastante, ¿no? El que sea más ético es premiado y puede vender mejor y más barato sus productos, y no al revés.

El balance del bien común mide cómo una empresa vive y actúa: la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica, la democracia con todos sus proveedores y clientes…

El objetivo es la satisfacción de las necesidades en lugar de la obtención del dinero. La solución entonces, no es otra que modificar nuestro concepto de éxito empresarial.

La Economía del Bien Común no es ni el mejor de los modelos económicos ni será el definitivo, sólo parece representar el paso siguiente hacia un futuro más sostenible, justo y democrático.

Juntando sus esfuerzos, una gran cantidad de personas y actores serán capaces de crear algo fundamentalmente nuevo. Todas las personas, empresas y comunidades están invitadas a participar en la reconstrucción de la Economía hacia el Bien Común, hacía un mundo más ético.

Más información en: www.economia-del-bien-comun.org

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La Responsabilidad Social de Cada Uno

Está muy de moda eso de la Responsabilidad Social Corporativa, eso de que las empresas, además de ganar dinero, apoyen el desarrollo social y sostenible de las comunidades, respeten el medio ambiente, la conciliación familiar de los empleados, etc.; está muy bien, y yo estoy de acuerdo.

También está muy de moda eso de exigir responsabilidad social a los políticos con el medio ambiente, la dependencia…, a los millonarios con que no usen paraísos fiscales…, a los bancos en las preferentes y las cláusulas hipotecarias…, a los organismos internacionales, la Iglesia, … está muy bien, yo también estoy de acuerdo en reivindicarlo, faltaría más.

Estoy totalmente de acuerdo con todo esto, pero ¿qué hay de la responsabilidad social de cada uno de nosotros? Esa, creo que se nos olvida frecuentemente y nos la reivindicamos mucho menos de lo que quizá deberíamos.

Pienso que todos y cada uno de nosotros debemos tener una responsabilidad social por encima de nosotros mismos y nuestras circunstancias. Una responsabilidad social que supere el entorno de nuestro trabajo y nuestra familia. Una responsabilidad social que aporte algo más que por lo que nos pagan o por lo que nos beneficiamos. Una responsabilidad social continuada y constante, presente siempre, independientemente de que estemos o no en nuestro mejor momento.

No me refiero a que abandonemos nuestras vidas y nos vayamos a defender el calentamiento global al Ártico o el Amazonas, la desnutrición infantil a África o los derechos de las mujeres a Arabia Saudí, pero sí me refiero a que en la vida, la única forma de progresar es aportando algo todos y cada uno de nosotros y entre todos.

No te puede dar igual reciclar que no, comprar un producto fabricado por esclavos o niños, poner tu dinero en un banco que invierte en armamento… Y voy mucho más allá, no te puede dar igual que el portal de tu comunidad no tenga luz por la mañana porque tú a esas horas no estás en casa, que cierren la secundaria en Riaño, que desahucien a tu conocido del pueblo, que tu primo pierda su dinero en las preferentes, que la seguridad social no cubra ciertos medicamentos porque tú no tienes esa enfermedad, que echen a cien de tu empresa aunque tú te hayas librado… no te puede dar igual.

Porque a la gente que sí le importa, como esta gente que está yendo de voluntario a comedores, sale en bici por la ciudad una vez al mes, paga bien sus impuestos, dona algo de su sueldo a una ONG, dona sangre o esos que hacen los escraches, etc…. cuando consiguen un derecho, cuando mejoran algo de la sociedad o del entorno, etc. es para todos.

Pero encima, no te puede dar igual, porque normalmente cuando no apoyas una causa, de una forma u otra, la estas justificando y estás generando resistencia a la misma.

Porque si mañana se consigue la dación en pago, por ejemplo, tú, ya seas ingeniero, fontanero, informático o bombero, podrás ejercer ese derecho, independientemente de lo buen ingeniero o bombero que seas.

Al igual que si algún día tienes un accidente, crees que tu derecho es que te pongan sangre en el hospital, pero puede que no consideres tu obligación donar sangre cuando estás bien; y con esto, no estoy de acuerdo.

Creo profundamente que cada uno de nosotros tiene una responsabilidad social mayor que su entorno profesional o personal, y que deberíamos siempre hacer bien las cosas, nos miren o no, mientras las estamos haciendo.

Todos lo sabemos, pero una vez más, es cuestión de actitud.

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Sencillez y Desapego

Diógenes fue un filósofo griego, hijo de un banquero, que fue exiliado de su ciudad natal por falsificar monedas. Vivía solo y en total austeridad para liberarse de sus deseos y reducir al máximo sus necesidades, despreciando toda riqueza y poder. Su única propiedad era la tinaja donde vivía, que empujaba rodando a cualquier lugar. Cuentan que un día, el rey Alejandro Magno le ofreció lo que quisiera y él contesto: “tan solo que te apartes porque me tapas el sol.”; y que en otra ocasión, Alejandro Magno encontró al filósofo mirando atentamente una pila de huesos humanos, y Diógenes le dijo: “Estoy buscando los huesos de tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”.

Inspirado en este personaje y en Matthieu Ricard, monje budista considerado el hombre más feliz del mundo y que hace especial énfasis en el desapego material, escribo hoy esta entrada.

Con sencillez y desapego, no me refiero a que vivamos todos como Diógenes o Matthieu Ricard, pero sí a que consideremos la posibilidad de vivir con menos de forma voluntaria.

Probablemente, esto hará que tengamos una vida más fácil y relajada, con menos estrés y preocupaciones, con más tiempo disponible, libertad y agilidad; al igual que no es lo mismo subir unas escaleras cargado con las bolsas de la compra, que sin ellas.

Las cosas materiales acaban desviando la atención de lo importante; por ejemplo cuando estás en la playa y tienes algo de valor contigo, no te queda otra que estar pendiente de eso, más que de darte un refrescante baño o un cálido paseo por la orilla, que es para lo que estas allí, teniendo que llevarlo en la mano en todo momento o mirando cada cinco minutos a la toalla.

El poder vivir con menos cosas, te hará ser más generoso y desprendido, y a su vez que los que te rodean lo sean contigo, se preocuparán por ti y así nunca necesitarás nada, como dice Jodorowski: “Todo lo que das, te lo das, y lo que no das, te lo quitas”.

Hasta la tecnología nos está ayudando a tener muchas menos cosas, con los discos duros, la nube, el spotify, ebooks, etc… quién necesita tener la casa llena de libros, cd’s, películas, etc. También esta ayudando el claro cambio de conducta en el consumo actual, orientandose más a compartir el uso de las cosas que a su tradicional sentido de propiedad en exclusiva.

Por otro lado, el exceso de apego por las cosas te hace pensar que sin ellas no serías feliz y siempre genera celo y desconfianza, cuando mucha gente ha pasado sin ellas perfectamente.

Como la eterna insatisfacción del que se apega a estereotipos socioeconómicos, que sólo son símbolos creados y una vez que los consigue los normaliza y pierden valor, persiguiendo de nuevo unos más ambiciosos como bien explica Alain De Botton en su libro “Estado de ansiedad: La ansiedad por el estatus”. Esto no significa que no debas ponerte metas y objetivos, pero sin obsesionarte los resultados: siempre ha sido más importante el camino que el destino.

En las relaciones de afecto, el desapego también es importante. No quiere decir que tengas que ser frío, distante o te muestres indeferente, pero sí permitir espacio e independencia a las otras personas, y a ti mismo.

Incluso un fuerte apego a ciertas costumbres o creencias te harán ser, sin duda, más inflexible y predecible y menos creativo y objetivo, condicionándolo todo.

Recuerda que no te define lo que tienes, ni lo que pareces, los prejuicios generan perjuicios, y a menudo son erróneos. Tampoco te define lo que piensas, ni lo que dices, lo que realmente te define es lo que haces y como te comportas con los demás, eso habla por si sólo.

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Engaños y Transgénicos, NO, gracias

Lo sucedido últimamente, respecto a la carne de caballo, confirma lo que ya pensábamos algunos y discutíamos con otros hace tiempo, cuando veías en el supermercado, por ejemplo, carne de buey de Holanda a cuatro euros el filete, y pensabas, ¡no puede ser!  Primero, por lo que vale criar un buey, segundo, por lo que vale el transporte y tercero, porque ya casi no hay bueyes; sin mencionar el gran número de otros costes asociados que tiene la producción y distribución de cualquier producto alimentario (etiquetado, envasado, licencias…). Pues efectivamente, hoy en día, la etiqueta en muchas ocasiones no dice la verdad de lo que compras, miente premeditada y deliberadamente.

Nos engañan constantemente con lo que comemos.

Incluso, y como estamos viendo últimamente, no sólo nos engañan con que la carne sea de otro tipo, como ha pasado con la carne de caballo, sino también con el origen de la procedencia de muchos productos como leche, legumbres o incluso el vino.

Y ya sin hablar de otros productos como el tabaco, que contiene más de cuatro mil substancias tóxicas y adictivas (amoníaco, arsénico, butano, cianuro…). El otro día mi sobrino de cinco años, cogió una cajetilla de cigarrillos y leyendo eso de fumar mata, me preguntó, “Óscar, ¿y por qué lo venden?” Y la verdad, no le supe responder.

Lo peor de todo esto, no es que te den gato por liebre o te estafen económicamente, que también; lo más grave son los riesgos a la salud derivados de este comportamiento mezquino y absurdo del sistema en el que estamos inmersos, que antepone el capital a las personas constantemente y cuyo único objetivo es maximizar el beneficio por encima de todo.

Además, me gustaría saber, si al final se responsabiliza a alguien, porque eso sí, tú no pagues una mensualidad de tu hipoteca, verás como la justicia si que hace su trabajo.

Por otro lado, y no menos importante, tenemos el asunto de los transgénicos (OGM), que son organismos vivos que han sido creados artificialmente manipulando sus genes; por ejemplo, el maíz transgénico que se cultiva en España lleva genes de bacterias para producir una sustancia insecticida.

El cultivo de transgénicos supone el incremento de tóxicos en la agricultura, la contaminación genética y del suelo, la pérdida de especies y grandes riesgos sanitarios. Y sobre todo, pone en claro riesgo la soberanía alimentaria, dejando en manos de unas pocas multinacionales el control de la alimentación mundial.

Algunas de las marcas más reconocidas, como Nestlé, SOS o Kellog´s, utilizan constantemente transgénicos en sus productos. (Fuente: Guía Greenpeace de alimentos transgénicos)

Los cultivos transgénicos utilizados para alimentación humana en la Unión Europea son fundamentalmente algunas variedades de maíz y de soja. Estos están presentes en muchos productos, desde el chocolate hasta las patatas fritas, pasando por la margarina y los platos preparados. La actual legislación europea obliga a etiquetar los productos que deriven de cosechas transgénicas, si te fijas, podrás verlo en la etiqueta.

Sólo me queda terminar recordando que, una vez dicho esto, es cuestión de actitud y una vez más depende de ti. Como dice un proverbio árabe: La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía“.

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