Melodía perfecta

En esta ocasión colabora con nosotros desde Argentina, el Licenciado Eduardo C. Ferro, padre del jugador del Equipo de Balonmano Villa de Aranda en la División de Honor Plata, Maxi Ferro.

Melodía perfecta

Hizo un leve gesto con la mano derecha, imperceptible para los que no lo conocían. Al punto, seis jugadores tomaron posiciones distintas dentro de la cancha y una actitud felina, como la del momento anterior a lanzarse sobre la presa.

Sus muchachos aguardaban esa consigna secreta que durante tantos entrenamientos repitieron, tratando de cumplir presurosos con “la melodía perfecta”.

El corazón le latía fuerte, lo sentía en el cuello. El pecho se ensanchaba cada tres o cuatro inspiraciones, a veces no le entraba el aire, le picaba la cabeza y se sentía más que acalorado, febril. Pero la mente, fría y especulativa, dominaba no sólo sus impulsos, sino todas las variantes posibles que se presentaran en los próximos minutos.

Estaba en juego dos años de su vida dedicada a la conducción de ese equipo, pero además, una idea diferente de la táctica de juego; tan criticada cuando lo manifestó por primera vez ante los técnicos de la Confederación, que produjo hilaridad, risas e indiferencia.

-¿Para qué ese invento? Es una locura. Perderíamos todos los partidos. No hay suficiente tiempo en los entrenamientos para dedicarse a construir un modelo táctico. Si ya todo está inventado, acá hay que repetir, y el que mejor lo hace es campeón-. Eran las respuestas más comunes recibidas después de manifestar su posición frente a los colegas.

En el club que entrenaba se dieron las condiciones para que pudiera empezar a desarrollar su idea. Los dirigentes lo apreciaban por su vasta experiencia y tesón, los jugadores lo querían y respetaban por su personalidad.

Analítico, nunca repetía lo mismo en dos entrenamientos; obsesivo hasta la locura con las correcciones técnicas y la preparación física.

Decía: – No se puede desarrollar una nueva forma de juego si se carece de dos virtudes fundamentales: la primera, una técnica individual perfecta, y la segunda: una gran preparación física. Después, pero recién después de esto, jugadores hábiles para resolver situaciones comprometidas, con gran solvencia en momentos difíciles -.

Si estas cualidades se dieran, el entrenador, con gran creatividad y vocación para inventar cosas nuevas, dirigiría en la cancha de 20×40 con notas de “gol”, la partitura de la “melodía perfecta”. -Que es, nada más ni nada menos: jugar como el rival no se lo imagina, cambiándole las reglas tácticas convencionales, colocándolo en una posición insegura tanto si van ganando o perdiendo.-

Nada de talentos en el equipo, todos obreros del juego.

No quería ni necesitaba a esos tan ansiados soberbios, perturbaban su forma de conducir el equipo. Salvo que esos mismos talentos que otros entrenadores adulaban, protegían y perdonaban, se comprometieran con él y con sus compañeros a dejar de lado su soberbia y pasaran al campo del sudor y el sacrificio, se comieran mucho banco y no protestaran nunca, ¡pero nunca!

Siempre trataba de entrenar hasta el límite, sacándoles a sus muchachos un poquito más de lo que ponían en la cancha, buscando dentro de sus cabezas esa voluntad que se tiene, pero no aparece hasta que no se intenta.

Su intuición, brillante cualidad, posesión mágica para entrenar a alto nivel, la utilizaba para detectar cuándo y cómo debía trabajar con cada uno de sus jugadores. Cómo motivarlos, qué ejercicios hacer para corregir esos defectos traídos desde no se sabe cuándo.

– No se puede tocar “la melodía perfecta” si se tienen esos defectos técnicos y no se aguanta el entrenamiento a full.- Repetía y repetía hasta cansarles el oído.

En cuanto a los recursos tácticos, ¡era una computadora! Su memoria, pese a que se olvidaba si había venido en auto, dónde lo había dejado, a qué hora terminaba el entrenamiento, porque para empezar era puntual, no olvidaba nada.

Registraba cada jugada en los partidos y volvía a perfeccionarla, obligando a repetirlas tanto, que los muchachos se movían solos, como sin pensar. Acostumbrándolos a esas señas tan particulares, como la que hacía en ese momento, sirviendo, además, para tenerlos más atentos aún.

Dedo índice hacia arriba: lanzar de lejos. Índice hacia abajo: penetración.

Los dos índices juntos dirigidos al centro de la cancha: marca hombre a hombre.

– El rival está delante de ustedes, yo al costado, y si no hacen lo que les digo, ¡el rival voy a ser yo en el entretiempo y durante la semana de entrenamiento!-

Decía medio en broma y medio en serio; porque eso sí, que los quería a los muchachos nadie lo dudaba, y sus ironías, como una vocación al absurdo, volvían locos a todas las mentes lúcidas de ese, según él, “complicadísimo deporte de técnicas tan elementales como tirar al arco y hacer el gol”.

Por esas ironías y expresiones contradictorias se había ganado de sus circunstanciales técnicos y dirigentes oponentes, no diría odio, pero bronca sí.

Cuando ganaban sus muchachos comentaba con mentada soberbia:

– “Ya lo había dicho Scherlok Holmes, elemental Watson”-. Y los que escuchaban se comían los cordones de las zapatillas de bronca.

Cuando perdían opinaba displicente: – “La próxima vez si ganan es por casualidad, con una basta y sobra, la suerte estuvo de su lado”.-

Todo en broma, simulando seriedad y arrogancia para los de afuera, algunos tontos se lo tomaban en serio. Un gran actor.

Pero cuando explicaba los por qué a sus muchachos, brillaba su capacidad de análisis, síntesis y didáctica, convenciéndolos a todos de que estaban en el camino correcto.

– “Eso ha sido una piedra chiquita en el camino” – enfatizaba cuando perdían. Y cuando ganaban -“¡qué no se lo creyeran!”-, porque para eso estaba también él, para que no se lo creyeran.

De todas formas, hacía lo que se hace cuando se juega: jugar; él con las palabras y sus muchachos con la pelota, creando ese ardid, esa gran ilusión, contradicción del hombre, que es: “jugar en serio”.

Su estrategia, se resumía en crear falsas expectativas al rival, y su táctica: la sorpresa.

Sin esas armas, un equipo chico como el que entrenaba, no podía enfrentar a esas superpotencias. Eran sólo carne de cañón, sirviendo ellos para hacer buenos a los que no lo eran verdaderamente, y figuras de primera plana a las figuritas repetidas, las que se regalaban en el barrio, como se solía decir.

En realidad, su lucha era mucho más seria de lo que aparentaba, mucho más seria y solapada. Una verdadera lucha de poder.

Con las declaraciones públicas, acorralaba a los que llamaba: “-mediocre alto nivel complicativo de nuestra merecida conducción técnica y política”-. Dando esa loca definición a los que no lo conocían, considerándolo un diletante, así no lo molestaban con preguntas; y para los que lo conocían, la gran mayoría, alimentaba con nafta el fuego de la bronca que tenían de su posición frente al deporte.

Los recursos técnicos y tácticos que disponía eran de una simplicidad sobresaliente, como sus explicaciones, interpretadas por los jugadores perfectamente durante todo el partido.

-“¡Del primero al último segundo!… ¡Ahí radica la diferencia!…

¡Y solamente ahí!”- se le escuchaba decir todas las veces que le venían con algún planteo o novedad extractada de no sabía qué misterioso oráculo.

Amante de la música de jazz, de donde venía la expresión “melodía perfecta”.

– “Un equipo es como una orquesta de jazz: un ritmo base, una melodía muy simple y una improvisación genial de cada uno de los integrantes.”-

– “El Balonmano no es como la música clásica, que es hermosa, pero no hay creatividad en los instrumentos; en cambio en el jazz, la improvisación lo es todo, y el mismo tema siempre se toca diferente”-. Comparando cada partido con cada interpretación de un mismo tema.

– “El músico de jazz, para improvisar, domina su instrumento a la perfección, y lo que toca le sirve para recrear el tema, así es este deporte” -.

Por eso le daba tanta importancia a la técnica individual; y la táctica, no era más que ensamblar en el juego a los instrumentos con el ritmo y la melodía que se quería interpretar. Desde el dúo al sexteto.

Una jugada en sexteto bien hecha era para él “la melodía perfecta”, dejando a un lado a los arqueros en esta comparación; aunque siempre los consideraba sus protegidos. A ellos les exigía en los entrenamientos mucho más que al resto, pero en los partidos les perdonaba los errores más que a los otros jugadores. Nunca les gritó cuando se equivocaban, los alentaba más aún.

Toda esta particular y nada académica visión del deporte conformaban su personalidad; agregando una característica muy cómica: cuando los entrenamientos salían bien, parado en la cancha, en vez de corregir, silbaba algún tema o hacía la imitación de algún instrumento, demostrando que estaban sus muchachos sintonizando la melodía pedida, dejándolos improvisar a su gusto.

Esos días disfrutaba como ningún otro el trabajo. Y cuando acababa el entrenamiento agregaba entusiasmado: – “Vamos a tomar algo al bar; yo invito, cada día que pasa estamos más cerca de interpretar la “melodía perfecta”.-

En los últimos cinco minutos del primer tiempo ganaban por un gol al equipo finalista y campeón en las dos temporadas.

En esos preciosos minutos tenían que sacarle una diferencia de dos o tres goles más, para ir al descanso, y su rival preocupado en serio, arriesgara en el segundo tiempo, así cometería más faltas, cosa que esperaba con seguridad.

Lo que pedía era que apretaran al rival en toda la cancha, locura total cuando se va ganando por esa diferencia, y en una final.

Pero tanto él como su equipo creían en esa táctica, la habían usado durante dos años, en el primero con resultados regulares, pero este año, bueno, por algo estaban en la final.

Así fue, entraron al vestuario cuando terminó el primer tiempo con tres goles arriba, su rival con un jugador menos por dos minutos.

Se sentía seguro pero nervioso, los jugadores aguardaban más que las palabras, su actitud. Sabían por experiencia: -si se rasca la cabeza la cosa no va tan bien-. No era la primera vez que con una diferencia así en el marcador tiraban por la borda todo el esfuerzo, por no hacerle todo el caso que pedía, o por creerse ya ganadores, perdían un partido ganado. ¡No podían especular!

Él, por otra parte, no quería levantar la voz, presionar, y menos aún dar explicaciones complicadas y cambios a último momento.

Permaneció en silencio breves instantes sentado en la silla frente a sus catorce jugadores. No se rascó la cabeza.

– “Ningún cambio táctico. Igual que hasta ahora. ¡En defensa brillante! En ataque cambiamos a Juan por Andrés, tenemos que volverlos locos mostrando y escondiendo la pelota hasta el pasivo.

¡Siempre hasta el pasivo! Se tienen que morder los codos queriendo jugar con la pelota, ¡y no se la vamos a regalar! Si ellos apuran el ataque y se equivocan o atajamos, contraataque directo, sin especulación. Para eso entrenamos tanto los pases largos a los punteros. Estamos loco” – le dijo al experimentado arquero y capitán. – “Si entra la pelota, en menos de un segundo sacamos desde mitad de cancha, ¡sin importar el resultado! No esperan esta actitud.-

– Andrés, hay que volverlos locos con los pases cortos y largos, para eso entrás, no para hacer goles.-

– Juan, vos todo lo contrario, estás para definir, como hiciste hasta ahora. Recibís la pelota, dos pasos y gol.-

– Por último: esa defensa que estamos haciendo no les gusta, tienen que moverse rápido, la marca encima les molesta, no están acostumbrados a tanta presión. Esa es nuestra arma más importante y por ella vamos ganando.

– Ahora, aguantar ese ritmo porque estamos bien entrenados y tenemos lo suficiente para no tenerles miedo y mantener el resultado.

– ¡Los quiero mucho, a todos! ¡Vamos a la cancha!” –

Se fueron dando las cosas casi igual a como las había previsto.

No tomó en cuenta dos o tres variantes que el entrenador rival usó en un momento justo y se pusieron un gol abajo.

Jugaban muy bien, pero su colega y los jugadores rivales eran experimentados e inteligentes, tenían recursos, mucho oficio, hueso difícil de roer.

Igual le estaban dando batalla, utilizando esa nueva táctica tan poco ortodoxa, tan criticada.

En la cancha los jugadores hacían su partido, pero él jugaba contra los que mediante la indiferencia lo habían raleado del grupo elite. Ahora, después de trabajar tan diferente al resto, tan solo, estaba peleando la final.

No había tiempo para recordar el pasado, tenía que resolver al instante las dificultades, ¡y resolverlas bien!

Diez minutos para el final, dos goles abajo. Los jugadores cansados empezaron a ponerse nerviosos, se equivocaban más de lo normal.

Pidió tiempo, los reunió y sin gritar, con una tranquilidad que venía de tantos años de experiencia, partidos perdidos, frustraciones, al malograr el sueño por un detalle, una casualidad. Como si no le importara; tomando los hombros de los dos jugadores que tenía más cerca en ese círculo tan pequeño de camisetas y caras enrojecidas, y tan grande de ilusiones, les dijo: – “Para mí está demostrado lo que buscaba. Ahora, si quieren ganar esta final hagan bien dos cosas: en defensa, no les dejen tirar de lejos al arco, y en ataque conserven por más tiempo la pelota, aseguren la definición. Lo demás es obra de la suerte. Ya son diferentes al resto, y para mí, campeones”.-

En esos últimos minutos quería estar pero irse simultáneamente, ¡qué contradicción! No le había pasado nunca; le empezaron a transpirar las palmas de las manos y le corría frío por la espalda, pese a estar acalorado.

– “¿Qué me pasa?, tantos años en esto y ahora me vienen sensaciones nuevas. ¡No puedo desconcentrarme! Que me chorreen las manos de transpiración y me tiren baldazos de agua fría en la espalda, ¡qué me importa!, tengo que estar atento al juego… ¡Solamente al juego! –

– ¡Cinco minutos más y termina!…. Una eternidad… ¡Vamos!…

Ahora no equivoquen las cosas fáciles”. –

El estadio, en plena efervescencia, estaba a punto de estallar. Le pareció que las luces brillaban más a cada instante. Las camisetas tenían un color más fuerte y los jugadores crecían, se agrandaban en una dimensión absoluta. Las líneas de la cancha refulgían sobre la vastedad del lustroso piso de madera.

Y como si hubiera empezado a levitar, perdió la sensación de contacto con el suelo. El bullicio se apagó y todos sus sentidos se embotaron; aunque la atención al juego permanecía en un estado de semi-conciencia.

Mirando el partido como por un gran lente de aumento, alejado de lo circunstante, quedó estático y mudo.

Vio el rostro de sus muchachos en una concentración brutal.

Los ojos agrandados se movían de un lugar a otro, prestos a interpretar la jugada venidera. La transpiración les bañaba la frente, el cuello, los cabellos de la nuca.

Lejos, muy lejos, escuchaba aumentado por un parlante invisible el agudo chirrido de las zapatillas en el piso cuando frenaban.

Y de golpe, como una revelación; olvidó discusiones, envidias, triunfos, rencores. Tocado por una varita mágica, se dio cuenta quién era en verdad.

Fuera de la realidad del juego, como un observador anónimo, se sentó en el banco muy despacio y permaneció en silencio.

Mientras la hinchada se desquiciaba y su colega gritaba, alentaba, dirigía; quiso saber cuánto valía su equipo, pero por ellos mismos. Cómo influenció en su espíritu, qué habían aprendido durante dos años.

Todo eso lo podía ver en estos cinco últimos minutos.

Él no estaba dentro de la cancha, eran sus muchachos los que jugaban representando su idea…..

– “¿Mi idea?… ¿De que sirve “mi idea”, si alguien no la concreta?

Si un grupo de apasionados no articula ese conjunto de fantasías en hechos”. –

Y repentinamente: – “¡Sólo están los muchachos!… Ellos son la realidad. ¡Lo demás es ilusión, vanidad, egolatría!”. –

– “¿Servirá lo que hicimos para ganar un campeonato o es una locura?…. ¡Qué importa!…. ¡Ahora me doy cuenta!… ¡Qué importa el campeonato o la locura!…

Sumergido en una espesa nube de silencio, aislado de la histeria que lo rodeaba, le retumbó una voz desde la nuca a la frente que iba y venía expandiéndose cada vez más.

– ¿Mi idea?… ¿Qué es mi idea?”-

Saxo… Contrabajo….. Batería…..

Como si fueran ganando por diez goles: Andrés, Juan, el arquero, los suplentes, todos, ¡jugaban!… -” ¡Por Dios, qué bien jugaban!”…

Trombón……..Clarinete………Trompeta…….

Surgió en un suave susurro la melodía de jazz que más le gustaba.

Un sexteto genial de músicos ya desaparecidos, reunidos casualmente solo una vez para hacer una grabación. Él no los había visto nunca, su padre escuchaba ese tema siempre. Recordaba la improvisación, los crescendo de las escalas, como se entrelazaban las notas agudas con las graves, el preciso instante en que aparecía de la nada el solo del clarinete, la cadencia contagiosa en la segunda voz del trombón, el constante ritmo del bombo conjugándose con el percutir del platillo, la armonía entre el contrabajo y la aguda trompeta; pero sobretodo, la interpretación única de una melodía tan simple, bella, que flotaba en el aire, serpentina de emociones… ¡tan bien ejecutada!

Jazz…Melodía…Balonmano… ¡¡¡Contrabajo…Batería!!!!…

Melodía…Balonmano…Jazz… ¡¡¡Trompeta…Clarinete!!!…

Idea…….Equipo…….Táctica… ¡¡¡Saxo…Trombón!!!…

Melodía….Táctica…Equipo….JAZZZZZ……¡¡¡Gooooooool!!!

Cuando la cámara de televisión encendió la luz roja y el periodista le hizo la primera pregunta, estaba mareado, presa de una agitación especial.

Intentó serenarse, disimular la emoción. Pero sin saber por qué, su atención se dirigió a dos niños de unos siete años que tímidos le pedían a los jueces la pelota del partido; y salieron corriendo contentísimos haciéndose pases hasta el arco del último gol.

Pese a estar acostumbrado a los comentarios y preguntas periodísticas, quiso hablar, dar algunas explicaciones, pero la traicionera memoria le evocó en un relámpago su vida: La foto de su equipo en infantiles, los compañeros, el primer profesor, sus padres en la tribuna, las zapatillas nuevas y la pelota de regalo para reyes, el primer gol… la primera medalla…

Se le cerró la garganta, los ojos se le llenaron de lágrimas. Atinó a decir, todavía confundido

– “A…a ellos que lo consiguieron- señalando a sus jugadores que abrazados saltaban de alegría -siempre supieron como se hacía, sólo que no estaban convencidos… Ahora ya saben que se puede… ¡Yo… yo casi fui un estorbo!… Lograron tocar la…- y el equipo completo lo rodeó llevándoselo al centro de la cancha para festejar el triunfo.

Eduardo C. Ferro

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