El jardín de las cartas sin dueño

I.-

La mujer llegó al Jardín un día en el que el Cielo se obstinaba en llorar lentamente, con una tristeza que parecía una letanía lejana en forma de fina lluvia. Es posible que en su rostro mojado ya no se pudiera distinguir entre las gotas de agua y sus propias lágrimas.
Siempre se había formulado la misma pregunta con la insistencia recalcitrante de una obsesión: ¿De quién son las palabras que se escriben para otra persona?
Todavía recordaba cada una de las Cartas que había recibido en su juventud de todos aquellos hombres que la habían amado de la misma forma que describían con sus palabras… Amar hasta el delirio.
Pero como en todos los sueños de las personas, llega un momento en el que el Destino te exige despertar y volver a mirarte al espejo para preguntarte qué hay de cierto en todo aquello que viviste.
… Y al final siempre reclamó para sí, todas esas Cartas que recibió de ellos, en un último intento de recobrar una identidad que jamás volvería a ser la misma a partir de entonces. Consciente de ser culpable de robar al Tiempo y a los Corazones en la misma medida, encargó a un Guardián que custodiara todas y cada una de las letras impresas a golpe de amor desmedido, pasión desenfrenada y cruces de camino…
Tinta en forma de lágrimas que escribe sobre la vida de los amantes que se consumieron el uno al otro.

II.-

Pasados los años llamó a la puerta del Guardián, le miró a sus ojos de fuego fijamente y el Guardián asintió. Entregó los manuscritos y cerró su puerta con un gesto de alivio pensando que por fin se había librado de la condena de aquella mujer que un día le dijo…”Necesito que custodies estas palabras, hasta que desvele el secreto de quién es su Dueño…”. El Guardián las recogió suavemente, pero pronto notó el peso doloroso de la culpa, la transgresión, el querer absoluto, la enmienda, la búsqueda del perdón, la ilusión, la nostalgia, la felicidad y la tristeza… vibrando cautivas en pergaminos capturados dentro de un cofre de papel, pidiendo ser leídos, poseídos, devorados, compartidos …

III.-

… Y allí estaba de pie, sola, lloviendo, en el Jardín de las Cartas sin Dueño, dispuesta a enterrar todo aquello que la empujó a vivir la vida como si fuera el último segundo que mereciera la pena ser vivido y como el privilegio concedido a unos pocos elegidos por Dios para conocer la felicidad absoluta y el Cielo en la Tierra.
Su cascada de pelo rubio era ahora un corte blanco y recogido en un moño haciendo de su rostro un viejo lienzo en el que sólo podías seguir viendo aquellos ojos azules color del hielo.
… Y enterró el cofre de sus recuerdos allí donde otros muchos, tiempo atrás, intentaron olvidar aquello que les había convertido en lo que eran…

IV.-

En cada puño de tierra se iba un suspiro derramado, simiente de un delirio nuevo que viajaría por el mundo buscando otra Alma digna de ser poseída… Cada palabra iba perdiendo su Dueño para de nuevo, encontrarse con otras manos que las escribieran en pliegos de cristal hablando de pasiones escondidas, amores prohibidos y… Almas gemelas…

V.-

Ya en su casa, olvidó a qué había salido y viendo a sus nietos trasteando por el hall notó que tenía el abrigo empapado por la lluvia. De uno de sus bolsos pudo sacar un papel doblado que al extenderlo leyó:

“… Y sólo entonces podré decir
qué cada lágrima se derramó en tu nombre
Y que el Tiempo pasado se guarda
en forma de recuerdos de cristal
donde la Luz se deshace en humo
como las Ilusiones de aquellos
que sueñan con no volver a llorar…”

2 respuestas a El jardín de las cartas sin dueño

  1. Elena dice:

    Esto lo he leído 5 o 6 veces.

    Maravilloso lo que escribe este señor.

    Enhorabuena.

    • JUAN ANTONIO MORENO RODRÍGUEZ dice:

      Gracias Elena por tus palabras.
      Un día fui a beber a una fuente y una madre dijo a su hijo: “Deja beber a este señor”, en ese instante me dí cuenta de que ya no era joven a los ojos de los demás y que toda mi insistencia en ir en contra del tiempo sólo hacía que acelerar las manijas del reloj … Gracias en todo caso por tus palabras Elena …

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