Un viaje de ensueño: la ULe se embarca en el NTM Creoula rumbo a Azores.

El próximo día 2 de agosto, con un acto oficial en Avilés, dará comienzo la Campaña 2012 de la Universidad Itinerante de la Mar (UIM), que llevará a 40 estudiantes universitarios españoles, portugueses e iberoamericanos, junto con otros tantos futuros oficiales de la Marina Portuguesa, a embarcarse, a bordo del NTM Creoula (buque escuela de la Armada Portuguesa), en un viaje de conocimiento y aventura en el que surcarán las aguas del océano Atlántico, desde Porto (Portugal) a Vila do Porto (islas Azores). En Azores también harán escala en Ponta Delgada y Horta, regresando a Lisboa, si los vientos les son favorables, el día 24 de agosto.

NTM Creoula

En esta singladura les acompañará Antonio Laborda, profesor del Área de Zoología de la Universidad de León, que ha sido invitado por los responsables de la UIM (Universidad de Oviedo, Universidad de Porto y Escola Naval de Portugal), a participar este año como Profesor Tutor de Mar.

La finalidad de este curso de mar es ampliar la conciencia marítima de los jóvenes y, mediante la experiencia de la navegación, formarlos en lógica de proyectos, trabajo en equipo, etc., para incrementar sus capacidades personales. Así mismo, se fomentará el mutuo conocimiento ibérico y se proporcionará una formación complementaria a estudiantes universitarios de distintas disciplinas académicas, a través de la aplicación del lema “Conocimiento y Aventura”.

Para su realización se cuenta con un navío como el NTM Creoula que, además de garantizar unas condiciones de seguridad muy altas, una imprescindible comodidad y la intimidad suficiente, tiene el aval de una fantástica tradición formativa y de la gran pericia marinera de sus mandos. Todo ello lo convierte, sin duda, en un estupendo laboratorio donde experimentar de forma práctica las habilidades, los conocimientos, las destrezas objetivas y los valores éticos del proyecto de la UIM.

Clases de la UIM (Universidad Itinerante de la Mar).

En el NTM Creoula, los alumnos (instruendos) bajo la supervisión de los Profesores Tutores de Mar, se integrarán en las faenas generales del barco (incluidas las guardias) y recibirán, durante el periodo de navegación y en las ciudades de recalada, conferencias impartidas en tierra por profesores invitados, clases (palestras) en el navío por parte de Profesores Tutores de Mar y Oficiales, harán reconocimientos territoriales (visitas guiadas en tierra) y ejercicios en el navío (seguridad, navegación, etc.). En total, su cuaderno de bitácora reflejará alrededor de 200 actividades que pueden culminar con un proyecto de mar que, intencionadamente, será de carácter internacional, interdisciplinar y en equipo, el cual presentarán en el mes de noviembre en Lisboa y en el de diciembre en Avilés, otorgándoseles seis créditos de libre configuración en las universidades de Oviedo y Porto.

Como Profesor Tutor de Mar, Antonio Laborda será el encargado de la formación general de los alumnos en Biología Marina y les instruirá sobre las características oceanográficas del océano Atlántico y sus pesquerías, así como sobre buceo científico, oceanografía operacional y acuicultura, realizando diversos talleres entre los que se incluyen la observación de cetáceos y el buceo. Su participación en esta Campaña 2012 abre las puertas para que la ULe pueda adherirse, si así lo desea y como ya han hecho otras universidades, al convenio que une a las tres entidades organizadoras (Universidad de Oviedo, Universidad de Porto y Escola Naval), lo cual facilitará la participación de alumnos de la ULe en futuras campañas y así poder vivir una experiencia única de “Conocimiento y Aventura”.

Como veis, un viaje de ensueño en el que muchos hemos soñado participar. Espero, de corazón, que pese a la difícil situación económica que este país, y más concretamente sus instituciones, están atravesando, la ULe no deje pasar la oportunidad de adherirse a una iniciativa tan encomiable, de la que puede surgir un amplísimo abanico de interesantísimas posibilidades tanto para sus estudiantes como para su profesorado.

Antonio me ha prometido enviarnos su personal cuaderno de bitácora desde tan particular singladura siempre que pueda. Merece la pena esperar. ¡Buen viaje!

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Cautividad de expresión

Sorpresa fue, no lo voy a negar, lo que me llevé el sábado de mañana cuando, siguiendo mi costumbre habitual, intenté acceder a mi cuenta de Twitter para ver qué me deparaba informativamente el día. Sí, digo “intenté” porque me fue imposible conectarme. El sistema me informaba, muy amablemente, de que mi cuenta había sido suspendida.

“Será un error”, pensé. “Una limpieza del navegador y todo solucionado, pero voy a intentarlo desde el Smartphone, sólo por comprobar”… Nada. “Bien, algo no funciona en sus servidores. La informática tiene estas cosas. Voy a hacer mis tareas por la casa y ya volveré a comprobar más tarde”. Un par de horas, una lavadora y un buen rato de limpieza doméstica después, y ya con la mosca detrás de la oreja, me senté de nuevo al ordenador y comprobé, no sin cierto enfado, que, sin duda, los servidores de Twitter me consideraban poco menos que un indeseable (no son los únicos, por cierto).

¿Qué podía hacer entonces? El primer paso lógico era sumergirme en los entresijos de Twitter y leerme todo aquello a lo que tan pocas veces prestamos atención: sus condiciones. La política de la compañía del pajarito especifica que, el incumplimiento de sus REGLAS conlleva la suspensión de los derechos que nos permiten publicar a través de sus servidores y mediante la identificación de la cuenta que nos han concedido gratuitamente. Veamos, punto por punto: no he suplantado a nadie (y si hay por ahí otro Juancho Hernansanz, que se identifique, por favor, para ponernos de acuerdo), no he usurpado una marca registrada, no he utilizado violencia ni he proferido amenazas, no he transgredido derechos de autor (admito que necesitaría la ayuda de un experto en derecho para asegurar esto con certeza), y no he utilizado la red para llevar a cabo actividades ilegales.

Superadas las normas elementales de uso básico, llego al apartado específicamente dedicado al SPAM. ¿Qué se considera con esa denominación? Las “rules” de Twitter especifican 14 puntos distintos, en los que se utilizan muy alegremente expresiones subjetivas y poco concretas como “en un corto período de tiempo”, “en gran número”, “de manera repetida”… Bien, estoy convencido de que tampoco he transgredido estas directrices de mucho más complicada interpretación.

Empecemos por lo más sencillo: han pasado cuatro años largos desde que me di de alta en Twitter y ni una sola vez me había pasado algo semejante. Si mi forma de utilización no ha variado (que no lo ha hecho), es más que probable que este asunto no tenga que ver con el uso que hago del sistema, sino con otro tipo de factores… Fue entonces cuando me di de bruces con las dos normas que me hicieron sospechar, y cito: “Algunos de los factores que Twitter tiene en cuenta para determinar qué conducta es considerada ‘spamming’ son: […] Si un gran número de gente a bloqueado al usuario” y “El número de quejas por spam que se han recibido en contra del usuario”. ¡Toma! ¿Será que alguien se ha quejado de mí?

Bien. Tras otro par de horas de rodeos (aprovechando el tiempo en otras cosas, obviamente), tras haber enviado la pertinente reclamación, y tras autoconvencerme de que no había transgredido la ley, cual cuatrero vil robando ganado en el lejano Oeste (cosa que sorprendentemente me costó lo mío), opté por enviarle un correo a un buen amigo experto en estos asuntos y muy relacionado con ellos. Tras una breve consulta pudo confirmarme que Twitter había procedido a la suspensión de mi cuenta atendiendo a una serie de “reportes” de SPAM enviados a través de una corta relación de cuentas, la mayoría de apenas unos pocos días de antigüedad, y cuyos datos de propietario hacen sospechar bastante de la autenticidad de las identidades de sus supuestos creadores. Además, las IPs utilizadas en la conexión a dichas cuentas proceden en su totalidad de servidores ubicados en esta nuestra querida ciudad de León.

Me especificó, también, que con el fin de agilizar la rapidez con la que hacer frente a posibles mensajes y actitudes ofensivas y/o acosadoras, Twitter atiende las denuncias reiteradas de SPAM suspendiendo cautelarmente las cuentas denunciadas, no dando importancia a aspectos como la antigüedad, la participación real o la presunta buena (o mala) fe tanto de las cuentas denunciantes como de las denunciadas. Es comprensible, aunque eso suponga que paguemos justos por pecadores.

Llegados a este punto sólo puedo decir una cosa: es patético que en los tiempos en que vivimos algunas personas busquen la manera de taparte la boca para que no sigas diciendo lo que no quieren escuchar. No es necesario extender un dedo acusador, pues los culpables son muy conscientes de sus acciones. Por mi parte, quiero dejar claro que no voy a rebajarme al nivel de cualquiera que actúe como lo han hecho conmigo, y no tengo miedo a confrontar opiniones cara a cara y en público, con quien lo desee. Maniobrar de forma anónima para conseguir cerrar el “foro” personal que supone la cuenta de una red social, cuyo contenido ha ido siempre firmado con mi nombre y apellidos, es un acto grave de coaccción, de allanamiento e incluso de intimidación.

No creo en las casualidades, pero si existen, ésta adquiere carácter de verdadera carambola, porque lo más curioso de todo es que nos encontramos inmersos en mitad de una campaña electoral a Rector, un acontecimiento que sólo se desarrolla a lo largo de 15 días cada 4 años. ¿Puede todo esto ser una coincidencia? Pues sí, puede ser… aunque yo no lo creo. Aquí, cada cual, puede dar rienda suelta a su imaginación y encontrar las justificaciones que quiera. Yo lo que sí creo es que a alguien (en la red o fuera de ella) no le gusta lo que digo, y que ese alguien es partidario de todo lo contrario a la libertad de expresión, utilizando para conseguirlo recursos muy poco éticos para conseguir sus fines. En lugar de defender sus ideas de una forma argumentada, intentando convencernos de ellas, opta por cerrar el micrófono a los demás. “Censura” es un término muy manido y simple (aunque muy expresivo). Llamémoslo, para que nadie se ofenda más, “cautividad de expresión”.

La opinión de cada uno debe ser defendida mediante actos y palabras, pero de ningún modo tapando la boca de tu interlocutor con el único fin de que tu voz se oiga (que no es lo mismo que “se escuche“) por encima de la de los demás. Este acto contra mi libertad de expresión define muy bien la actitud de quien lo ha cometido. No acuso a nadie, aunque tengo pruebas para hacerlo. Quizá yo esté equivocado y haya sido solamente un vecino que me tiene manía, o tal vez alguien a quien hace 15 años le robé la novia… o quizá no. Juzgad vosotros mismos.

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Lucía

Hoy, después de una larga temporada en el dique seco, esencialmente por falta absoluta de tiempo, retomo mis actividades en el blog. Bueno, en realidad no soy yo quien va a retomarlas. Voy a cederle por hoy mi espacio, con toda la ilusión del mundo, a un buen amigo y compañero, Antonio Laborda, que quiere compartir con todos nosotros una experiencia muy particular y especial, un ratito de esos que te marcan, si es que eres de aquellos a los que les interesa algo más que el dinero y tu propio bienestar como únicos beneficios. También, porqué no, reivindicando la utilidad de la integración de la Universidad en una sociedad cada vez más abandonada y supeditada a los designios económicos. Aunque creo que muchos ya le conoceis, supongo que no todos. Antonio es profesor titular de Zoología (con solera) y, desde hace ya unos años, Director de la Colección Zoológica de la Universidad de León (CZULe). Bajo su tutela, la CZULe ha abierto sus puertas a los colegios de la provincia, y organiza (con bastante éxito) visitas con actividades especialmente diseñadas para los peques (y otros menos peques) utilizando los fondos de la propia colección y otros cedidos por el Museo de la Fauna Salvaje de Boñar (Valdehuesa). Sin más, os dejo con las palabras de Antonio:

LUCÍA

Tengo que confesar que en los últimos meses en Czule vivimos una borrachera de éxito. Desde finales de noviembre y hasta el 16 de marzo, día en que pondremos punto final a nuestro Taller sobre Mamíferos por esta temporada, habrán pasado por él 1200 niños, la mayoría de entre cinco y doce años, que, por lo que nos han manifestado y hemos podido observar, han aprendido y disfrutado con nuestra peculiar manera de darles a conocer a los animales. Nuestros juegos, canciones, bailes, módulos didácticos, etc., incluso nosotros mismos, todos, hemos sido alabados por los niños, por sus profesores y también, para nuestra grata sorpresa, por compañeros de la Facultad de Educación o la de Biología.

Personalmente, todo ello me llena de orgullo. Primero porque lo hemos hecho casi sin medios, por cabezonería, pero, eso sí, con la desinteresada ayuda de Mar, Ana, María, Edu, Eva, Carlos, Juancho, Nacho, Ángel, etc., y gracias a la cesión de la mayoría de los animales por parte del Museo de la Fauna Salvaje. En segundo lugar, porque de esta manera hemos visto nuestro trabajo recompensado y, además, creemos que nos ha permitido demostrar “que no estamos locos, que sabemos lo que queremos” y que lo que hacemos tiene un valor importante.

Tal vez por eso, en la última conversación que tuve con el Rector para hablar sobre Czule y pedirle…, lo de siempre (espacios, personal y presupuesto), me dijo que me notaba muy “subidito” y que iba “de sobrao”. Pues sí…, aun dejando de lado mi pedigrí chulesco (nací en Lavapiés y me crie en la “Prospe”), posiblemente tuviera razón, pero ¡¡ay de ti, Rector!! si nuestra conversación hubiera tenido lugar después de conocer a Lucía.

Lucía llegó el viernes pasado integrada en un grupo de 25 niños que venían a realizar nuestro taller. Llegaba de la mano de su profesor, lo que hizo que me fijara inmediatamente en ella. Mientras me dirigía a todos, en la charla previa, la miraba de reojo y tengo que reconocer que en mi cabeza se formó una ecuación -alteración genética, trisomía 21, síndrome de Down = ¡problema!…, y una alerta… ¿estamos preparados? La verdad es que habíamos hablado varias veces de la posibilidad de hacer un taller específico para personas como Lucía, pero…

Hicimos los grupos correspondientes y cuando a ella le dijeron que le tocaba en el mío se acercó, se abrazó a mi cintura y junto con su calor comencé a sentir unos rápidos besos a la altura de mi estómago, a la vez que me pareció oír, entre las exclamaciones de emoción del resto de sus compañeros…, te quiero mucho. Desde ese momento no se separó de mí, aunque en algún momento sus compañeras, con mucho cariño, pretendieran atraerla hacia ellas para que me dejara “actuar”, pero ella volvía y yo tampoco quería que se alejara. Llevo 30 años intentando enseñar zoología en la Universidad, intentando ser el intermediario entre los animales y mis alumnos, y tengo que reconocer que en este tiempo ellos han logrado muchas veces que me sintiera satisfecho con mi trabajo, pero tengo que decir que esos 60 minutos con Lucía han sido algo especial.

Supongo que ella no recordará las diferencias entre un topillo y un ratón, o que las púas de los erizos son pelos en realidad, o el motivo por el cual el armiño cambia el color de su pelaje en invierno, o la diferencia entre cuerno y cuerna, o mis explicaciones para llegar a la conclusión de que Bugs Bunny no es un conejo sino una liebre. Pero espero, estoy seguro, de que en algún lugar guardará las sensaciones que ese día le produjeron, la visión de un montón de animales y la posibilidad de tocar a la nutria, al oso, al jabalí, etc. Y yo, Lucía, me quedo con tus besos, tus numerosos “cuanto te quiero” y con una situación que, entre muchas, me regalaste. Yo tenía una ardilla gris en la mano y estaba diciendo que no os la iba a dejar tocar por bla, bla, bla…, pero cuando bajé la mirada para señalar algo en ella, vi como una de tus manitas estaba acariciando su lomo con una suavidad y una ternura indefinibles, a la vez que un dedo de la otra mano cruzaba tus labios mandando silencio…, no sé si a mí para que no despertara a la ardilla o a ella, para que no dijera que la estabas acariciando…, pero sí sé que, en ese momento, me hiciste sentir “profe” de una manera que hacía tiempo que no sentía.

Por eso, Rector, si nuestra conversación hubiera tenido lugar después de conocer a Lucía, te hubiera pedido las mismas cosas, como siempre, pero con mucho más fundamento; hubiera estado mucho más “subidito” o hubiera ido mucho más “de sobrao”; incluso, en el colmo de mi chulería, te podría haber dicho que podías hacer con Czule lo que quisieras (incluido cerrarnos), porque, a pesar de las penalidades de los últimos cuatro años, yo me sentía y me siento enormemente satisfecho con lo que hemos hecho y, sobre todo, de la manera que lo hemos hecho.

Gracias LUCÍA…, yo también Te Quiero

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Las verdaderas cápsulas del tiempo.

Inclusiones de plumas en ámbar. Cortesía de la Universidad de Alberta (Canadá).

El pasado viernes nos desayunábamos con la interesante noticia de que un grupo de científicos de la Universidad de Alberta, en Canadá, habían hallado 11 muestras de plumas conservadas en piezas de ámbar desde hace la friolera de entre 70 y 85 millones de años.

Quien más o quien menos habrá visto en alguna ocasión la película “Parque Jurásico” y gracias a ella sabrá que el ámbar no es solamente el material con el que se fabrica un tipo de bisutería bastante cara. Para los que no hayan visto la película: el ámbar no es otra cosa que la resina fosilizada de árboles (principalmente coníferas, parientes de los pinos, para entendernos) que crecían en la Tierra hace millones de años. Al igual que ahora, cuando dichos árboles sufrían algún corte o rotura, exudaban esta resina a modo de defensa. Al ser una sustancia muy pegajosa, atrapaba en su interior tanto insectos como indicios de cualquier otra planta o animal que, por cualquier circunstancia, contactara con ella. Con el paso del tiempo, esa resina acabó fosilizando y convirtiéndose en una suerte de “piedra” semipreciosa utilizada desde tiempos inmemoriales como adorno en bisutería e incluso como decoración en los palacios de los zares imperiales (buscad “sala de ámbar” en internet y vereis).

Pieza de ámbar en bruto.

Debido a la falta de otros indicios incrustados en las piezas de ámbar (huesos, piel) el equipo de científicos no se atreve a aventurar si las plumas encontradas pertenecen a dinosaurios muy avanzados o bien a aves arcaicas, si bien su aspecto y colorido les ha permitido hacerse una idea bastante aproximada tanto de las condiciones ambientales que reinaban en ese momento en aquella zona de Canadá, como de la gama cromática que lucían los dueños de las plumas en cuestión (fueran lo que fueran).

Aunque en la actualidad una amplia mayoría de investigadores haya aceptado la idea de que las aves modernas son descendientes directas de los dinosaurios, aún existe una corriente que aboga por la creencia de que las aves comparten con estos últimos un antepasado común, pero no son el resultado evolutivo de los mismos. El debate sigue abierto y no tiene pinta de ser resuelto en un breve período de tiempo. Es el momento perfecto para recomendaros una lectura muy apropiada: Las alas del dinosaurio, de Sissel-Jo Gazan, un excelente thriller científico elegido “Mejor Novela Negra Danesa de la Década (2000-2010)” (está muy bien escrito, no es absolutamente nada pesado para neófitos en la materia, y sobre todo os aseguro que engancha).

Pero distanciémonos ahora de las plumas en sí y centrémonos en el hecho de la cantidad de casualidades que tienen que sucederse para que, 80 millones de años después, un grupito de humanos que excavan un yacimiento acaben encontrando inclusiones interesantes dentro de esa especie de piedra amarillenta y semitransparente que es el ámbar.

Pieza de ámbar pulida que conserva en su interior una lagartija de hace, aproximadamente, 23 millones de años.

Veamos. En algún momento de la historia del planeta, hace una cantidad de tiempo dificilísima de imaginar, un bicho emplumado (ave o dinosaurio, o ambas cosas a la vez) en uno de sus desplazamientos pasa junto a un árbol, roza con su cuerpo y fortuítamente deja pegado un puñado de las plumas que lo recubren en la resina pegajosa de la corteza. Esa resina acaba enterrada en el suelo, y mucho, muchísimo tiempo después, un equipo de gente armada con picos y palas, tiene la fortuna de ir a excavar justo en el lugar donde se encuentran esas bolas de resina (si bien es verdad que la producción de la sustancia era enorme (las plantas lo eran también) y en determinadas zonas se han localizado verdaderos filones de ámbar).

Ese cúmulo de casualidades (a fin de cuentas la vida en la Tierra no es otra cosa) nos deja verdaderos regalos. A falta de una máquina del tiempo, y con sus limitaciones, esos pegotes ambarinos constituyen la mejor cápsula del tiempo que podamos imaginar. Quizá un día nuestros científicos sean capaces de emular la ficción y recrear un dinosaurio a partir de la sangre que un insecto extrajo de él hace una friolera de años.

Si aún existieran árboles capaces de producir cantidades tan enormes de resina, deberíamos plantearnos sumergir en su viscosidad unos cuantos periódicos de esta época. Quizá dentro de millones de años alguien pudiera aprender de nuestros errores.

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¿Cultura(L) para todos?

Conociendo el riesgo que puedo correr de sufrir ataques despiadados hacia mi forma de entender el tema sobre el que hoy quiero hablaros, voy a arrriesgarme a exponerlo tal y como yo lo veo (ya tendré tiempo de arrepentirme después).

Todos sabeis, por estar puntualmente informados a través de las páginas de ileon.com, que la semana pasada el equipo más importante de fútbol de la ciudad -la Cultural y Deportiva Leonesa S.A.D.- ha sido condenado al descenso de categoría debido a la imposibilidad de hacer frente a los pagos de la deuda que tiene contraída con jugadores, técnicos y seguridad social.

Muchos han puesto el grito en el cielo, y ayer mismo (martes) alrededor de medio millar de aficionados leoneses se manifestaron por las calles de León para mostrar su indignación por la situación a la que el club de fútbol ha llegado. Por la mañana, el actual presidente de la entidad -un tal Baena- se reunía con los representantes de la corporación municipal con el fin de recabar toda la ayuda económica posible, pero por fortuna le comunicaron que en la buchaca del ayuntamiento no hay una perra (ni gorda ni fina) para ello.

Parece que a nadie le extraña el hecho de que un paisano, presidente, director, gerente o lo-que-sea de una Sociedad Anónima (en este caso deportiva), en cuya gestión nadie puede intervenir salvo aquellos a quienes los propietarios de los correspondientes paquetes de acciones designen, se acerque a una administración pública, a la postre endeudada hasta las cejas, a solicitar unos cuantos cientos de miles de euros para reflotar su negocio personal.

Preguntad a cualquier aficionado de la Cultu (de los de verdad, hincha acérrimo), y vereis la facilidad con que pasa de puntillas por la desastrosa y pésima gestión que se ha hecho del equipo y de sus cuentas para centrarse inmediatamente en cuestiones de índole más sentimental y esgrimirlas para pedir que las administraciones públicas salven al equipo.

No soy un ser despiadado y sin corazón, pero sí soy alguien realista y bastante pragmático. Entiendo el cariño, e incluso la devoción y el fervor, que un equipo de fútbol puede llegar a despertar entre los auténticos aficionados. Acepto también las motivaciones históricas que muchos alegan, pero no acierto a comprender las razones que les hacen creer que TODOS los leoneses deban contribuir con ese dinerito que tanto cuesta ganar a la salvación de la Cultu de sus amores.

¿Cómo es posible que se planteen algo semejante cuando solamente se contabilizan 1.800 socios apoyando al equipo? Me gusta el fútbol; me gusta jugarlo (mucho menos interesante me resulta verlo, salvo partidos de especial importancia en los que lo que cuenta realmente es disfrutarlos con los amigos), pero en estos momentos de mi vida –especialmente ahora, y creo que somos muchos los que opinamos igual- no tengo oportunidad de gastarme un céntimo en asuntos de esta índole. Mis intereses y aficiones son otros, y tengo el mismo derecho que cualquiera a pedir al ayuntamiento de la ciudad en la que cumplo con mis obligaciones tributarias que atienda mis necesidades de ocio.

¿Cuál es el motivo por el que todos los leoneses, les guste el fútbol o no, tienen que pagar los desmanes de un grupito de empresarios que han hecho y deshecho a su antojo, y que sólo han pensado en aumentar su patrimonio personal? Recordemos que esto se ha venido haciendo durante años a través de ayudas y subvenciones municipales, e incluso que los dirigentes de la Cultural han llegado a acusar de la mala situación económica al propio ayuntamiento por no haber podido cumplir con el pago de algunas de esas ayudas.

Éste no es -y no debería ser nunca- el camino. La única forma en la que la administración debe ayudar al deporte es a través del fomento de la práctica en su base. Las cantidades (ingentes) de dinero invertidas en la ayuda de una nave que se hundía irremisiblemente, habrían sido infinitamente mejor aprovechadas si se hubieran dedicado a promocionar escuelas infantiles, adecentar instalaciones obsoletas y peligrosas, y facilitar el transporte de los críos. Dan escalofríos observando la ligereza con la que se otorgaban ayudas de decenas (y hasta cientos) de miles de euros a una entidad de propiedad privada mientras el presupuesto para el desarrollo del deporte entre los niños era cientos (y hasta miles) de veces menor.

Me temo que, en realidad, ese equipo-enseña que tanta tradición y afición dicen que tiene en León, no interesa a mucha gente; de lo contrario, entre todos habrían encontrado el dinero que tanta falta hacía. El fútbol, para quien -de verdad- lo quiera (como tantas otras cosas…)

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Un entrenador de fútbol, un arquitecto y un físico nuclear (o el verdadero deporte nacional).

No. Éste no es el típico chiste del inglés el francés y el andaluz. Este título es el resumen de lo que todo buen español lleva dentro, trabaje como empresario o como uno de nuestros imprescindibles barrenderos. También podemos resumirlo como un crítico en potencia de todo lo que se ponga a tiro.

Una tarde, la semana pasada, me disponía a hacer algo de compra en la carnicería de mi buen amigo Isidro, y al pasar por el puente que salva las vías de la FEVE , comunicando la zona universitaria con la calle Mariano Andrés, no pude reprimir la necesidad de desenfundar la cámara de fotos (que va conmigo a todas partes) e inmortalizar una estampa no por habitual menos curiosa. Aquí está:

El deporte nacional.

Nada más y nada menos que catorce paisanetes contemplando a un (supongo que a esas alturas bastante nervioso) obrero trabajando. Ya que tuve que aparcar para tirar las fotografías, me acerqué a escuchar un rato las conversaciones (y a aportar el granito de arena de los nulos conocimientos en materia de construcción que atesoro), y cual no sería mi sorpresa al escuchar juntos, pero no revueltos, los tres temas para los que cualquier buen ciudadano tiene su propia explicación.

Por un lado, un grupo de tres paisanetes comentaban con cierta preocupación el grave problema con el que se encuentra ahora mismo nuestra selección nacional de fútbol. Fíjate para lo que han servido tantos Barça-Madrid este año: para que unos jugadores que se llevaban como hermanos estén ahora a la gresca. ¡Por dios! Disgustazo al canto. ¿Mira que si no volvemos a ganar otra Copa del Mundo…? Por supuesto, cada uno seguía enfrascado en explicar a los demás las soluciones que, según él, eran las justas, correctas y adecuadas, incluyendo la utilización de tácticas poco ortodoxas que no voy a reproducir aquí.

Un poquito más allá, los de la zona central, intentaban aclararse entre ellos, porque ninguno de los cuatro o cinco que formaban el grupito sabía con certeza a qué estaba destinado el edificio que se encontraban viendo construir. -Es una iglesia-, comentaba uno. -¡Que no, Julián, que es un supermercado, leche!-, le contestaba otro, y mientras tanto un tercero y un cuarto expresaban su preocupación sobre los problemas que va a tener la nave en el futuro si dejan el tejado plano y no hacen un buen recubrimiento en una ciudad donde llueve y nieva tanto. ¿Teja… o tela asfáltica? Esa era la cuestión.

Finalmente, el último grupo charlaba sobre el desgraciado terremoto de Lorca, y manejaban la posibilidad de que estuviera relacionado con los de Japón. -Es que el mundo se mueve, macho- decía el más sorprendido. -Menos mal que aquí cerca no tenemos centrales atómicas de esas-, comentaba otro, provocando una respuesta erudita de un tercero en la que se explayó, contando con bastante dificultad, pero aparentando el dominio más absoluto, la infografía que había visto y leído en los periódicos hacía unas semanas. Vasijas, carbono, fusión, “chunami“… Hubiera sido lo mismo oir hablar sobre la fabricación de caramelos, vamos.

No pude evitar sonreirme, la verdad, pensando mientras volvía hacia mi coche lo tremendamente fácil que es mantenernos entretenidos a los españoles (más aún si ya estás jubilado). Puede que, sin querer, haya dado con la verdadera explicación del famoso Plan-E de Zapatero: tener a todo el mundo ocupado cueceando en las obras.

Mientras existan el fútbol, las obras a pie de calle y las centrales nucleares de Japón, ¿a quién le importan el paro asfixiante, la crisis económica, las subidas de impuestos, la corrupción de muchos políticos, la inseguridad ciudadana, la violencia machista, y todas esas cosas que realmente condicionan nuestra vida y sufrimos todos los días? A mí, aún sí, creedme.

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Las palabras, en la RED, no se las lleva el viento.

¡Cómo cambian los tiempos, amigos! En las anteriores elecciones, prácticamente nadie sabía lo que era el Facebook, y hoy en día no existe un candidato que se precie que no tenga algún negro picando sus “mensajes” a diario en Twitter. En realidad no es que nadie supiera lo que eran las redes sociales, sino que nadie se atrevía a augurar (ni se imaginaban) el poder que éstas han acumulado en el devenir de la vida política. Dicen los expertos (yo creo que exageran), que las últimas revoluciones en Oriente Medio, se han incubado en ellas.

Soy capaz de imaginarme a algunos de nuestros políticos interrumpiendo durante unos minutos sus quehaceres diarios para conectarse con su iPhone (no hay representante del pueblo que se precie que no luzca manzana en el bolsillo) y teclear su mensaje diario. Digo mensaje porque mantengo la teoría de que, en caso de aumentar ese número, no es el susodicho quien los escribe en realidad, lo que me lleva a aquellos a los que no puedo imaginarme en esos menesteres. Si alguien, en algún momento, pretende hacerme creer que determinados personajes públicos por todos conocidos, atesoran la habilidad de saber, siquiera, cómo ese endiablado cacharro se conecta a internet, o incluso lo que es una red WiFi, va apañado.

¡Es el futuro! ¡Tenemos que estar en la red, chicos!” son las palabras que en su momento ignoraron cuando las soltó, ingenuamente, uno de los de las juventudes del partido, hasta que cayeron en la cuenta de que, en la última celebración familiar, sus sobrinos universitarios se dedicaron a comentar anécdotas de sus peripecias en Facebook. “Coño, va a resultar que esto de verdad puede darnos unos votos”, es la conclusión a la que llegaron cuando estaban saboreando los chupitos de la sobremesa. Para rematar la faena, el cuñado de turno (con la Faria en la comisura) apuntilló: “y aunque no os dé votos, si no estáis conectados os van a llamar carcas”.

Dicho y hecho, al día siguiente llamaron a la sede y, como si fuera la prioridad número uno de su inexistente programa, encargaron a sus curritos que buscaran otro currito más (el chaval de algún familiar, que está muy puesto en el tema) que les creara un perfil en todos los sitios posibles (Twitter, Tuenti, Facebook, etc…) Siendo peor pensado, los habrá que se lo encarguen al responsable de informática dentro de una institución concreta, con lo que la cuenta correría a costa de todos los contribuyentes, como siempre. Y no, no voy a profundizar tampoco en el tema de dónde habrán conseguido el iPhone ni de a cuánto asciende la factura a primeros del mes siguiente o lo que es peor: quién la va a abonar.

La verdad, no es que el manejo de cualquiera de estas redes, a nivel de usuario básico sea especialmente dificultoso, pero hablamos de gente que siempre ha tenido cosas más importantes que hacer que ponerse al día en el manejo de un ordenador. Deslizar cada día un mensajito en Facebook, Twitter y Tuenti (por hablar de las más conocidas y habituales) te va a llevar tu tiempo si eres neófito, y ya no hablemos de lo que significa mantener actualizado un blog, por ejemplo, aunque solamente fuera con un artículo a la semana. Esto significa que, en la mayoría de los casos, detrás de cada mensaje hay un “negro” que se pasa el día, en el mejor de los casos, transcribiendo lo que le dicen los jefes, y en el peor poniendo sus propias opiniones sobre temas que pueden resultar ciertamente sensibles.

No hay prácticamente nada en la red que, tras haber sido colgado durante un solo minuto, no deje huella. De hecho, son legión los que se dedican a capturar desde gazapos a meteduras de pata soberanas supuestamente escritas por personajes públicos. Antológicos tropiezos en Twitter han sido recientemente los sufridos por los cantantes Alejandro Sanz (al que últimamente le ha dado por ejercer habitualmente de abogado del diablo) o David Bisbal (al que le dio por afirmar que era “una lástima ver las pirámides de Gizeh tan solitarias” mientras en El Cairo se estaban viviendo acontecimientos vitales para el devenir de Egipto).

Quince días de campaña dan para mucho, señores políticos. Ojito con lo que escriben y prometen. Sería un error pensar que algo que, en un acto de inocencia, agresividad o cansancio, se escribe en internet, no va a tener trascendencia. No olviden que las palabras, en la RED, no se las lleva el viento.

P.D. Para que nadie me acuse de injusto, puntualizo que hay gente que, con menos medios (un Nokia viejo y un portátil más antiguo aún) y mucha voluntad, realmente escribe todo lo que aparece en sus perfiles y muros. Conozco a dos candidatos, un hombre y una mujer, que lo hacen cada día, pero juegan con ventaja porque son sensiblemente más jóvenes que los demás y sus generaciones se han criado jugando a la PlayStation (o casi).

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Larga vida al ratón.

El gorrito de electrodos.

Una de las principales metas, desde que los ordenadores personales se convirtieron en algo habitual en despachos y hogares, es lograr su manejo sin utilizar medios físicos tradicionales, es decir, a través de herramientas que no sean el ratón, el teclado y los lápices digitales, por ejemplo a través del pensamiento. Hace apenas un par de semanas nos desayunábamos en los foros de ciencia con la noticia de que unos estudiantes chilenos habían perfeccionado un sistema para el control del puntero del ratón a través de la lectura de ondas cerebrales.

La aplicación principal de esta tecnología se dirige a personas que sufren de movilidad reducida. Gracias a un típico casco de tela con electrodos y cables de colorines, o bien a través del implante de los mismos directamente en el cerebro, se puede llegar a establecer una comunicación más o menos fluída con la máquina, permitiendo llevar a cabo acciones en principio bastante simples para una persona que goza de plena movilidad, pero realmente complicadas de realizar por alguien cuyas extremidades se encuentran paralizadas.

A los que, por suerte, no tenemos esos problemas, los fabricantes están empeñados en hacernos el favor de eliminar la “molestia” de los aparatos de interrelación directa con los circuitos. Un sistema de este tipo, aunque no movido precisamente por la mente, ya lo podemos disfrutar en casa (el famoso “kinect” de Microsoft, ¿lo habeis probado?).

Costes de fabricación e instalación a parte, si el sistema supuestamente perfeccionado funcionara realmente bien, no faltarían multinacionales dispuestas a producirlo en serie. ¿Quién no ha soñado alguna vez, sobre todo si se dedica a trabajar con ordenadores, con ese instante milagroso en el que te limites a pensar lo que quieres hacer, y que tu portátil simplemente lo haga? ¿Os imaginais la cantidad de tiempo y de problemas que nos ahorraría? Con la de veces que hemos metido la pata al salir de un programa y pulsar en “No” cuando nos ha preguntado si queríamos guardar los cambios efectuados… (siempre por ir con prisas, me ha pasado muchísimo a lo largo de los años, confieso). Nos olvidaríamos de las pilas para el ratón inalámbrico, y ajustar los gráficos de un diseño sería coser y cantar. En mi caso me ahorraría discusiones e innumerables pruebas de impresión, porque el PC entendería a la primera cual es el color indescifrable e innombrable que ese autor plomazo quiere para la portada de su libro o el fondo de su cartel.

Los móviles se utilizarían sin pulsar ni una tecla, y los de la DGT verían reducida considerablemente su recaudación. Lo mismo pasaría con los navegadores GPS. No acabaríamos con las manos pringosas de sabe dios qué desconocidos fluídos al acudir a sacar dinero de los cajeros automáticos en zonas de copas. Las gestiones bancarias serían cosa de coser y cantar, y podríamos olvidarnos de las pruebas de pulsaciones por minuto en las oposiciones de administrativo. Puede, incluso, que hasta el más negado fuera capaz de abrir el correo electrónico y no habría excusa para no responder, para no estar conectado. Quizá la mayoría acabaríamos perdiendo nuestro empleo porque mucha gente podría hacer lo que solamente sabemos hacer nosotros…

Pero ¿acaso tendríamos que ir por la vida con el gorrito de electrodos y su cable colgando para  enchufarnos a la máquina de turno? Noooo, seguro que nos implantarían un chip que transformaría nuestras ondas cerebrales en ondas de radiofrecuencia; la conexión sería inalámbrica y tendríamos un agujerito permanente en la cabeza (lo que probablemente aliviaría dolores y presiones).

Parece que todo se encamina hacia la comodidad absoluta. ¿Quién se extraña de esa cultura falta de esfuerzo de nuestra juventud, de la generación ni-ni y de el vaguerío que se siente, que se nota, que se huele?

Pensándolo bien… ¡¡larga vida al ratón!!

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Mezclando churras con mer…meladas

Mermeladas Fruto del Huerto

Admirado (y algo envidioso, de forma sana) estoy de la capacidad de iniciativa de algunas personas a las que nada se les pone por delante. Hoy quiero hablaros de algo que tiene más que ver con el desarrollo rural y las ganas de trabajar de la gente que con la ciencia, la tecnología o la educación.

Hace ya unos años que conozco a Carlos Palacios. Las circunstancias de la vida, entre las que se cuenta la ardua elaboración de su Tesis doctoral en la Facultad de Veterinaria de León, nos convirtieron en amigos. Él, como digo, es veterinario y vive con su familia en Zamora, a las afueras de la capital.

Sus inquietudes, una iniciativa a prueba de bombas, y su enorme capacidad de trabajo, lograron tiempo atrás convertir una antigua explotación tradicional de ganado ovino en una de las primeras empresas en obtener la ansiada y complicada certificación ecológica. Contemplando, supongo, el incierto futuro que se cernía sobre la zona, se puso manos a la obra y convenció a su amigo Alonso Santos, al que conocía por su trayectoria laboral (un pastor de un pueblecito sayagués llamado Fariza, un tipo magnífico, especial y digno de ser conocido, y al que ahora me precio también de llamar amigo) para llevar a cabo la transformación de los pastos y la inversión necesaria para adaptar el manejo de los animales y las instalaciones de la explotación. Ahora ambos pueden presumir de producir unos increíbles lechazos certificados ecológicamente, procedentes de ovejas churras criadas a la antigua (qué grande el pastor que conoce a cada oveja por su nombre), en extensivo, sin medicamentos y alimentadas únicamente con pastos libres de sustancias artificiales. Además, con la leche de estas churras, Alonso elabora unos excelentes quesos que, amén de su exquisito sabor, llevan con orgullo en su etiqueta al menos tres de los sellos más importantes de la Provincia y la Comunidad Autónoma: Procedente de Agricultura Ecológica, Producto Artesano de Castilla y León y D.O. Queso de Zamora.

Maite en su salsa.

Pues bien, la cosa no queda aquí. A pesar de las múltiples obligaciones familiares, ha sido Maite, la mujer de Carlos, la que en esta ocasión ha decidido ponerse las pilas y sorprendernos. ¿Qué nos faltaba para acompañar esos quesos? ¿Qué otros productos son susceptibles de ser producidos en la zona, dadas sus especiales circunstancias? Está claro que debía ser algo relacionado con las conservas. Ni corta ni perezosa, y con la pequeña ventaja de conocer (gracias a la experiencia anterior y a la ayuda de estos fantásticos amigos emprendedores de los que hablábamos) el procedimiento para la solicitud de permisos y licencias, pone en nuestras manos unas mermeladas, certificadas también ecológicamente, que son verdaderas delicias para el paladar. Ella, en persona, elabora también en Fariza, con todo el cuidado y la dedicación, unos productos que, gracias a esa enorme dosis de cariño saben “como los de antes”. No hay aditivos, ni sustancias, ni trucos… tan sólo frutas e ingredientes ecológicos (éste es el principal valor añadido) de la mejor calidad, azúcar y limón.

Os puedo asegurar que se me hace la boca agua al pensar en unas cuñas de Queso Fariza con una cucharadita de mermelada Fruto del Huerto de higos al ron por encima.

Devoción de amigo aparte, quiero incidir en una cuestión importante: cuando existe la iniciativa y hay ganas de trabajar, aunque los recursos sean limitados no hay nada que se nos ponga por delante. Por mi parte, repito, siento una sana envidia de mis amigos, y me alegro de ver que el esfuerzo se ve poco a poco recompensado. Su buen hacer no tiene precio. No se trata de hacerse millonario sino de sobrevivir y, al mismo tiempo, de contribuir a que la zona en la que vives pueda mirar al futuro con cierta esperanza. Podrían haber montado su negocio en la capital, pero eso sería negar a la tierra que les ha acogido la justa devolución de lo que ella les ha entregado. Eso no es renunciar a parte de las ganancias, sino recibirlas transformadas en experiencia vital. Aunque no estén allí permanentemente, tanto ellos como sus hijos han adquirido nuevas raíces, y serán de los últimos en conocer lo que es vivir y tener un pueblo, con todo lo que eso significa, algo que acabaría perdiéndose como lágrimas en la lluvia de no ser por gente como Maite, Carlos, Alonso y tantos otros… Nuevas puertas se abren para la juventud en lugares dados por perdidos.

Os dejo la web del obrador de mermeladas para que segreguéis viendo su catálogo (http://www.frutodelhuerto.es), y os recomiendo que un sábado o un domingo de buen tiempo os acerquéis a conocer la zona (está muy cerca de aquí y es tan bonita como lo son los maravillosos paisajes de León). No os arrepentiréis, PALABRA.

[Editado y arreglado el link, sorry.]

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De aquellos polvos…

Hace sólo unos días se creó cierta polémica por la publicación de un comunicado de prensa enviado a los medios en el que se hacía pública la postura de la sección sindical de universidad de CCOO (AQUÍ) con respecto al Plan de Dedicación Académida de la ULe para el curso que viene. Movido en cierta medida por mi curiosidad, porque en el fondo este tema concierne a la educación y por las circunstancias (el que suscribe es afiliado del sindicato en cuestión, y además miembro de la Comisión Provincial de Educación del mismo), y utilizando el comunicado únicamente como punto de partida, creo que ha llegado el momento de hacer una pequeña reflexión sobre el problema. Este asunto, agravado por la conversión de las antiguas titulaciones en Grados adaptados al Espacio Europeo de Educación Superior (ver artículos anteriores), se cierne amenazador sobre las Universidades Públicas de Castilla y León, y más concretamente, sobre la Universidad de León. Que quede constancia, en todo caso, de que hablo únicamente en mi nombre, y no en el del sindicato.

Actualmente, y por distintas causas entre las que podemos contar la disminución alarmante del número de alumnos universitarios en los últimos años (quizá por motivos demográficos o tal vez por competencia entre universidades), la falta de previsión, la pésima planificación, los cambios de gobierno de la nación con sus respectivas modificaciones de las leyes de Educación y, por supuesto, los cambios en el gobierno de la propia Universidad, existe en la ULe una desigualdad manifiesta en cuanto a la carga docente del profesorado.

Desde que la Universidad de León es ULe hasta ahora, las circunstancias han cambiado sensiblemente. Hace 30 años el marco socioeconómico era completamente distinto y las carreras preponderantes dentro del mapa de titulaciones eran otras diferentes a las de ahora. Ese marco ha ido cambiando a lo largo de los años, dando lugar a unas modificaciones concretas en cuanto a las materias que los estudiantes prefieren estudiar hoy en día. A ese cambio gradual hay que sumarle otros factores con mayor o menor peso político y personal, como por ejemplo los cambios en las leyes educativas que afectan al sistema de promoción del profesorado (y que han tenido mucha culpa del actual desaguisado).

Si a ese proceso incesante de cambio no le sigue una correcta planificación, lo que nos encontramos es que existen Departamentos y Áreas de Conocimiento en los que hay en plantilla 20 profesores para dar clase a un total de 20 alumnos, mientras que en otros se dispone de cuatro profesores para impartir la docencia de 500 alumnos. Aunque este problema se da en todos los estamentos del profesorado, ocurre con frecuencia que son los de menor categoría los que se convierten en comodines de los que todo el mundo echa mano para llenar los huecos en la carga lectiva de los planes docentes.

La transformación de los títulos en Grados conlleva unas enormes exigencias en lo que se refiere a personal docente. La técnica de evaluación se basa en un sistema continuado, es decir: eliminación del temido exámen final y mayor participación en las clases, trabajos, talleres y prácticas. Obviamente, cuanto más alto el número de alumnos en la clase, mayor dificultad para realizar un seguimiento personalizado de los mismos.

Quien no sepa cómo funciona el tema, dirá: “pues muy sencillo, que quiten profesores de un lado y los pongan en otro”. Ese, precisamente, es el problema. Las condiciones y requerimientos que rigen las plazas de profesorado, y por supuesto la lógica y los conocimientos, hacen inviable (y legalmente imposible) pedir a un profesor de Veterinaria que de clases de Filología Inglesa.

El proceso de transformación de la plantilla de profesorado funcionario es largo y complicado. Muy raramente se amortizan plazas porque ningún Departamento está dispuesto a renunciar a ellas por poco alumnado que se tenga. Como no hay amortizaciones, tampoco se pueden crear nuevas donde hacen falta. La única forma real de compensar estos desequilibrios es tirar de profesorado contratado (no fijo) al efecto, lo que supone un desembolso económico considerable y una constante sangría de las arcas de la institución.

¡Ojo! Todas estas consideraciones no significan que el reparto de la docencia entre profesores de un mismo departamento sea justo. Se dan muchos casos de desigualdad manifiesta, porque como en todas las instituciones públicas hay una ley no escrita que reza: “a mayor categoría, menos trabajo” (estoy generalizando, lo sé). Además, hay muchos docentes que quedan eximidos de un porcentaje de su docencia total por ejercer tareas administrativas, de representación, o bien ocupar un cargo de confianza, lo que afecta en gran medida a sus compañeros (esto sí que hace pupa).

Un inciso: algo importante, y que cada uno extraiga las conclusiones que quiera de este comentario: el personal docente de la Universidad NO tiene obligaciones de presencialidad (no tiene que fichar cuando acude o se ausenta de su puesto de trabajo), sino solamente de impartir sus clases asignadas y cumplir con sus tutorías. Si se sigue por estos derroteros no creo que la Junta tarde mucho en plantearse poner a todo el mundo a fichar para evitar suspicacias, pues es la única forma válida de cuantificar la dedicación a las tareas del grado.

El Estatuto del Personal Docente e Investigador de las Universidades Españolas, que se encuentra ahora mismo en trámite parlamentario, establece igualdad de carga docente para todo el profesorado, tanto funcionarial como laboral (24 créditos por profesor, que hasta hace poco equivalían aproximadamente a 240 horas de docencia). La mayoría de las Universidades Españolas llevan tiempo adaptando su funcionamiento a esta norma, aún no aprobada. El reproche sindical, perfectamente lógico y legítimo, viene del hecho de que la ULe, en la negociación del Plan de Dedicación Académica para el curso que viene, ha incluido una cláusula que se atreve a “corregir”, o cuando menos a posponer, la aplicación de una norma superior de índole estatal (el citado Estatuto del PDI) en la que especifica que las condiciones de igualdad no se aplicarán en tanto no se genere la dotación específica para ello. Vamos, que si el ministerio no suelta la guita para reformar la plantilla, no hay reforma que valga ni, por lo tanto, igualdad (procura, entonces, no llevarte mal con el Director de tu Departamento o ya sabes lo que te va a tocar). Me imagino que en rectorado, lógicamente, dirán: “sí, hombre, sí… ahora que por fin la Junta me paga el 100% de la nominativa me voy a meter yo en más fregados…”

En mi opinión todos estos lodos vienen de aquellos polvos de no plantearse nunca el futuro con cierta previsión y una buena dosis de objetividad, de hacer las cosas con prisa y sin pensar, de ceder muchas veces a chantajes políticos y emocionales… ¿Serán consecuencia de la idiosincrasia típica española? Yo a lo mío, y el que venga detrás, que arree.

¿Vosotros qué opináis?

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