Sorpresa fue, no lo voy a negar, lo que me llevé el sábado de mañana cuando, siguiendo mi costumbre habitual, intenté acceder a mi cuenta de Twitter para ver qué me deparaba informativamente el día. Sí, digo “intenté” porque me fue imposible conectarme. El sistema me informaba, muy amablemente, de que mi cuenta había sido suspendida.
“Será un error”, pensé. “Una limpieza del navegador y todo solucionado, pero voy a intentarlo desde el Smartphone, sólo por comprobar”… Nada. “Bien, algo no funciona en sus servidores. La informática tiene estas cosas. Voy a hacer mis tareas por la casa y ya volveré a comprobar más tarde”. Un par de horas, una lavadora y un buen rato de limpieza doméstica después, y ya con la mosca detrás de la oreja, me senté de nuevo al ordenador y comprobé, no sin cierto enfado, que, sin duda, los servidores de Twitter me consideraban poco menos que un indeseable (no son los únicos, por cierto).
¿Qué podía hacer entonces? El primer paso lógico era sumergirme en los entresijos de Twitter y leerme todo aquello a lo que tan pocas veces prestamos atención: sus condiciones. La política de la compañía del pajarito especifica que, el incumplimiento de sus REGLAS conlleva la suspensión de los derechos que nos permiten publicar a través de sus servidores y mediante la identificación de la cuenta que nos han concedido gratuitamente. Veamos, punto por punto: no he suplantado a nadie (y si hay por ahí otro Juancho Hernansanz, que se identifique, por favor, para ponernos de acuerdo), no he usurpado una marca registrada, no he utilizado violencia ni he proferido amenazas, no he transgredido derechos de autor (admito que necesitaría la ayuda de un experto en derecho para asegurar esto con certeza), y no he utilizado la red para llevar a cabo actividades ilegales.
Superadas las normas elementales de uso básico, llego al apartado específicamente dedicado al SPAM. ¿Qué se considera con esa denominación? Las “rules” de Twitter especifican 14 puntos distintos, en los que se utilizan muy alegremente expresiones subjetivas y poco concretas como “en un corto período de tiempo”, “en gran número”, “de manera repetida”… Bien, estoy convencido de que tampoco he transgredido estas directrices de mucho más complicada interpretación.
Empecemos por lo más sencillo: han pasado cuatro años largos desde que me di de alta en Twitter y ni una sola vez me había pasado algo semejante. Si mi forma de utilización no ha variado (que no lo ha hecho), es más que probable que este asunto no tenga que ver con el uso que hago del sistema, sino con otro tipo de factores… Fue entonces cuando me di de bruces con las dos normas que me hicieron sospechar, y cito: “Algunos de los factores que Twitter tiene en cuenta para determinar qué conducta es considerada ‘spamming’ son: […] Si un gran número de gente a bloqueado al usuario” y “El número de quejas por spam que se han recibido en contra del usuario”. ¡Toma! ¿Será que alguien se ha quejado de mí?
Bien. Tras otro par de horas de rodeos (aprovechando el tiempo en otras cosas, obviamente), tras haber enviado la pertinente reclamación, y tras autoconvencerme de que no había transgredido la ley, cual cuatrero vil robando ganado en el lejano Oeste (cosa que sorprendentemente me costó lo mío), opté por enviarle un correo a un buen amigo experto en estos asuntos y muy relacionado con ellos. Tras una breve consulta pudo confirmarme que Twitter había procedido a la suspensión de mi cuenta atendiendo a una serie de “reportes” de SPAM enviados a través de una corta relación de cuentas, la mayoría de apenas unos pocos días de antigüedad, y cuyos datos de propietario hacen sospechar bastante de la autenticidad de las identidades de sus supuestos creadores. Además, las IPs utilizadas en la conexión a dichas cuentas proceden en su totalidad de servidores ubicados en esta nuestra querida ciudad de León.
Me especificó, también, que con el fin de agilizar la rapidez con la que hacer frente a posibles mensajes y actitudes ofensivas y/o acosadoras, Twitter atiende las denuncias reiteradas de SPAM suspendiendo cautelarmente las cuentas denunciadas, no dando importancia a aspectos como la antigüedad, la participación real o la presunta buena (o mala) fe tanto de las cuentas denunciantes como de las denunciadas. Es comprensible, aunque eso suponga que paguemos justos por pecadores.
Llegados a este punto sólo puedo decir una cosa: es patético que en los tiempos en que vivimos algunas personas busquen la manera de taparte la boca para que no sigas diciendo lo que no quieren escuchar. No es necesario extender un dedo acusador, pues los culpables son muy conscientes de sus acciones. Por mi parte, quiero dejar claro que no voy a rebajarme al nivel de cualquiera que actúe como lo han hecho conmigo, y no tengo miedo a confrontar opiniones cara a cara y en público, con quien lo desee. Maniobrar de forma anónima para conseguir cerrar el “foro” personal que supone la cuenta de una red social, cuyo contenido ha ido siempre firmado con mi nombre y apellidos, es un acto grave de coaccción, de allanamiento e incluso de intimidación.
No creo en las casualidades, pero si existen, ésta adquiere carácter de verdadera carambola, porque lo más curioso de todo es que nos encontramos inmersos en mitad de una campaña electoral a Rector, un acontecimiento que sólo se desarrolla a lo largo de 15 días cada 4 años. ¿Puede todo esto ser una coincidencia? Pues sí, puede ser… aunque yo no lo creo. Aquí, cada cual, puede dar rienda suelta a su imaginación y encontrar las justificaciones que quiera. Yo lo que sí creo es que a alguien (en la red o fuera de ella) no le gusta lo que digo, y que ese alguien es partidario de todo lo contrario a la libertad de expresión, utilizando para conseguirlo recursos muy poco éticos para conseguir sus fines. En lugar de defender sus ideas de una forma argumentada, intentando convencernos de ellas, opta por cerrar el micrófono a los demás. “Censura” es un término muy manido y simple (aunque muy expresivo). Llamémoslo, para que nadie se ofenda más, “cautividad de expresión”.
La opinión de cada uno debe ser defendida mediante actos y palabras, pero de ningún modo tapando la boca de tu interlocutor con el único fin de que tu voz se oiga (que no es lo mismo que “se escuche“) por encima de la de los demás. Este acto contra mi libertad de expresión define muy bien la actitud de quien lo ha cometido. No acuso a nadie, aunque tengo pruebas para hacerlo. Quizá yo esté equivocado y haya sido solamente un vecino que me tiene manía, o tal vez alguien a quien hace 15 años le robé la novia… o quizá no. Juzgad vosotros mismos.











