Las verdaderas cápsulas del tiempo.

Inclusiones de plumas en ámbar. Cortesía de la Universidad de Alberta (Canadá).

El pasado viernes nos desayunábamos con la interesante noticia de que un grupo de científicos de la Universidad de Alberta, en Canadá, habían hallado 11 muestras de plumas conservadas en piezas de ámbar desde hace la friolera de entre 70 y 85 millones de años.

Quien más o quien menos habrá visto en alguna ocasión la película “Parque Jurásico” y gracias a ella sabrá que el ámbar no es solamente el material con el que se fabrica un tipo de bisutería bastante cara. Para los que no hayan visto la película: el ámbar no es otra cosa que la resina fosilizada de árboles (principalmente coníferas, parientes de los pinos, para entendernos) que crecían en la Tierra hace millones de años. Al igual que ahora, cuando dichos árboles sufrían algún corte o rotura, exudaban esta resina a modo de defensa. Al ser una sustancia muy pegajosa, atrapaba en su interior tanto insectos como indicios de cualquier otra planta o animal que, por cualquier circunstancia, contactara con ella. Con el paso del tiempo, esa resina acabó fosilizando y convirtiéndose en una suerte de “piedra” semipreciosa utilizada desde tiempos inmemoriales como adorno en bisutería e incluso como decoración en los palacios de los zares imperiales (buscad “sala de ámbar” en internet y vereis).

Pieza de ámbar en bruto.

Debido a la falta de otros indicios incrustados en las piezas de ámbar (huesos, piel) el equipo de científicos no se atreve a aventurar si las plumas encontradas pertenecen a dinosaurios muy avanzados o bien a aves arcaicas, si bien su aspecto y colorido les ha permitido hacerse una idea bastante aproximada tanto de las condiciones ambientales que reinaban en ese momento en aquella zona de Canadá, como de la gama cromática que lucían los dueños de las plumas en cuestión (fueran lo que fueran).

Aunque en la actualidad una amplia mayoría de investigadores haya aceptado la idea de que las aves modernas son descendientes directas de los dinosaurios, aún existe una corriente que aboga por la creencia de que las aves comparten con estos últimos un antepasado común, pero no son el resultado evolutivo de los mismos. El debate sigue abierto y no tiene pinta de ser resuelto en un breve período de tiempo. Es el momento perfecto para recomendaros una lectura muy apropiada: Las alas del dinosaurio, de Sissel-Jo Gazan, un excelente thriller científico elegido “Mejor Novela Negra Danesa de la Década (2000-2010)” (está muy bien escrito, no es absolutamente nada pesado para neófitos en la materia, y sobre todo os aseguro que engancha).

Pero distanciémonos ahora de las plumas en sí y centrémonos en el hecho de la cantidad de casualidades que tienen que sucederse para que, 80 millones de años después, un grupito de humanos que excavan un yacimiento acaben encontrando inclusiones interesantes dentro de esa especie de piedra amarillenta y semitransparente que es el ámbar.

Pieza de ámbar pulida que conserva en su interior una lagartija de hace, aproximadamente, 23 millones de años.

Veamos. En algún momento de la historia del planeta, hace una cantidad de tiempo dificilísima de imaginar, un bicho emplumado (ave o dinosaurio, o ambas cosas a la vez) en uno de sus desplazamientos pasa junto a un árbol, roza con su cuerpo y fortuítamente deja pegado un puñado de las plumas que lo recubren en la resina pegajosa de la corteza. Esa resina acaba enterrada en el suelo, y mucho, muchísimo tiempo después, un equipo de gente armada con picos y palas, tiene la fortuna de ir a excavar justo en el lugar donde se encuentran esas bolas de resina (si bien es verdad que la producción de la sustancia era enorme (las plantas lo eran también) y en determinadas zonas se han localizado verdaderos filones de ámbar).

Ese cúmulo de casualidades (a fin de cuentas la vida en la Tierra no es otra cosa) nos deja verdaderos regalos. A falta de una máquina del tiempo, y con sus limitaciones, esos pegotes ambarinos constituyen la mejor cápsula del tiempo que podamos imaginar. Quizá un día nuestros científicos sean capaces de emular la ficción y recrear un dinosaurio a partir de la sangre que un insecto extrajo de él hace una friolera de años.

Si aún existieran árboles capaces de producir cantidades tan enormes de resina, deberíamos plantearnos sumergir en su viscosidad unos cuantos periódicos de esta época. Quizá dentro de millones de años alguien pudiera aprender de nuestros errores.

Una respuesta a Las verdaderas cápsulas del tiempo.

  1. Alejandro dice:

    Interesantes palabras. Siempre me ha gustado este tema (desde que vi parque jurásico, por supuesto). Intentaré hacerme con el libro que recomiendas.
    Te doy la razón también en tu último párrafo.
    Un saludo!