LAS PROVINCIAS DEL BIERZO Y DE LEÓN DE 1822 EN LAS ACTAS DE LAS CORTES (I)

Es cosa bien conocida que entre 1821 y 1822 se aprobó una división provincial de España que, si bien no perduró más allá de 1823, concedió personalidad jurídica a la comarca de El Bierzo, reconociéndola como provincia, si bien con unos límites que poco tienen que ver con los actuales. Ha sido un tema tratado casi hasta la saciedad por diferentes autores y en diferentes publicaciones, pero lo que yo personalmente pretendo es dar a conocer las intervenciones de los diputados en Cortes durante los debates previos y posteriores a la mencionada división, ya que reflejan perfectamente las razones que condujeron a la efímera fragmentación en dos partes de lo que pocos años después (1833) sería la actual provincia de León. Aprovecho para advertir que cuando transcribo las Actas la ortografía difiere de la utilizada en la actualidad, ya que he respetado las convenciones ortográficas de las originales.
El Trienio Liberal (1820-1822) y la división provincial.
Fernando VII acabó en 1814 con la Constitución de 1812 y el régimen liberal, dando lugar a lo que se llamó el “Sexenio Absolutista” (1814-1820). Pero los liberales no estaban nada conformes con la situación: el 1 de enero de 1820 el teniente coronel Rafael de Riego, que estaba al mando de una fuerza expedicionaria destinada a sofocar los levantamientos independentistas en Latinoamérica, realizó un pronunciamiento militar que acabó triunfando en marzo, con lo que el rey se vio obligado a reconocer y reinstaurar la Constitución de 1812. Surgió así el “Trienio Liberal” (1820-1823), en el que Fernando VII era el jefe del Estado con grandes poderes, aunque los tenía que compartir con las Cortes.
Las Cortes en su primer periodo ordinario (marzo-mayo de 1820) plantean con carácter de urgencia la necesidad de una división provincial de todo el Estado. En estas primeras sesiones ya se comienza a hablar de la conveniencia de crear una provincia berciana, usando como precedente la división fiscal de León en tres “provincias” (Asturias-León-Ponferrada) que había funcionado durante prácticamente toda la Edad Moderna.
El 17 de octubre de 1820 las Cortes pidieron a Felipe Bauzá y a Agustín de Larramendi la confección de una nueva “carta geográfica de España” para tener una base cartográfica para la realización de la división provincial. A la vez incluyeron la descripción de su propuesta de división provincial, que era muy diferente a la de 1813-1814 de la que ya hablamos en otra ocasión. Reapareció la provincia de Zamora, por lo que la provincia leonesa perdía ese territorio al norte del Duero, si bien mantenía lo arrebatado a Palencia, que seguía sin existir. Por lo demás se mantuvo la extensión de la anterior provincia subalterna de Astorga, pero se pasó la capitalidad a Ponferrada. El proyecto se presentó a Cortes el 4 de marzo de 18211, abriendo los debates que referiremos a continuación.
La propuesta de Bauzá y Larramendi en 1821.Mapa de  Jesús Burgueño.
Veamos por ejemplo un fragmento de las actas de la sesión de Cortes del 23 de marzo de 1821:

“A la comision encargada de la division del territorio español se mandó pasar una exposicion del ayuntamiento de Villafranca del Vierzo, en la cual pedia á las Córtes se sirviesen sancionar los votos justos de aquel pueblo, y los de los ayuntamientos de algunas provincias de Galicia, de que se erija aquel país en provincia separada; medida tan necesaria en política como indicada en la naturaleza”.

Como se verá más adelante se refieren a los ayuntamientos gallegos de la zona de Valdeorras. Sin embargo, hubo discusiones sobre la territorialidad de esa provincia berciana y sobre cuál sería su capital (Ponferrada o Villafranca), por lo que no se llegó a un acuerdo.
La mayor parte de los diputados por León estaban de acuerdo en la necesidad de crear una provincia berciana, y así quedó reflejado en su intervención ante la comisión para la división del territorio del 16 de junio de 18212: F. Sierra Pambley, A. Valcárcel, J. M. Couto y J. Subercase afirmaron que

“Los diputados infraescriptos están plenamente convencidos de que la nueva provincia denominada de Ponferrada es tan necesaria en política como indicada por la naturaleza, pero habiendo sido siempre conocido el distrito de que se forma por el uso y común acección [sic] de los pueblos con el nombre de provincia del Vierzo desde tiempo inmemorial, desearían se le continuase. La conservación de dicho nombre, siempre grato a sus naturales y que mantendrán en el hecho, les hará más apreciable la ventaja que se les dispensa, y se persuadirán por consiguiente que se ha tenido con sus havitantes esta consideración, que aunque no versa sino sobre una palabra, influye no obstante a veces en la conveniencia de las disposiciones más de lo que parece”

Obsérvese que la denominación que emplean es todavía “de Ponferrada”, lo que no es de extrañar, pues Felipe Sierra Pambley, Romero Alpuente y Peñafiel siempre defendieron a esa ciudad como capital de la posible nueva provincia, mientras que otros diputados, como Manuel Goyanes Balboa, Clemencín y Subercase optaban por Villafranca3. De todas formas, es reseñable que Sierra Pambley ya empezara a justificar el uso de “provincia del Vierzo” con argumentos de toponimia tradicional y popular.
Pero el periodo más decisivo fue el que se dio con la convocatoria de Cortes extraordinarias en septiembre de 1821, porque fue entonces cuando se confirmó que habría una provincia berciana. No obstante también hubo piedras en el camino: por ejemplo el 29 de septiembre se propuso suspender el proyecto de división territorial, oyendo previamente a las diputaciones provinciales, pero las Cortes no admitieron esa iniciativa. Los Diputados por León en esos momentos eran Felipe de Sierra Pambley, Benito Lobato y Caballer, y Antonio Valcárcel.
-Sesión del 30 de septiembre de 1821:
La comisión fijó Villafranca como capital de la nueva provincia, lo que despertó la beligerancia de Ponferrada. Las actas de las Cortes de ese día reflejan que

“se mandaron tener presentes en la discusión del proyecto de división del territorio (…) otra [instancia] del ayuntamiento de Ponferrada, solicitando que no se apruebe el dictámen de la comision en la parte que designa á Villafranca capital de aquella provincia, por carecer de todas las ventajas que reune Ponferrada”

Al mismo tiempo se siguieron escuchando las voces de diputados que hacían un llamamiento a la reflexión, asegurando que el plan provisional de división estaba siendo muy precipitado, y que antes de llevarlo a cabo hacía falta  una“carta geográfica exacta, y [un] censo estadístico perfecto”, características de las que carecía la obra de Bauzá y Larramendi. Otros, como Ugarte Alegría,pedían incluso que no se tocaran las provincias nombradas en el artículo 10 de la Constitución de 18121. Pero otros (la mayoría) preferían que se ejecutase la división provisional y que después ya se retocarían los flecos que pudieran quedar sueltos.
-Sesión del 1 de octubre de 1821
Lo que también parecía claro era que a esta provincia del Bierzo le sería agregada la zona de Valdeorras, lo que provocó las quejas de los ayuntamientos gallegos:

“Se dio cuenta de las representaciones siguientes, que se mandaron tener presentes en las discusion sobre la division del territorio: (…) de los ayuntamientos del partido de Valdeorras, en que se quejaban de los perjuicios que esperimentarian de resultas de los limites señalados por la mencionada comision entre las provincias de Lugo y Orense, y la nueva del Vierzo, solicitando que antes de aprobarse el dictámen de division del territorio, tal como se habia presentado, se mandase levantar un plano exacto por comisionados mistos del gobierno y de los pueblos que representaban”.

Ese mismo día se volvió a tratar el espinoso asunto de la capitalidad, en el que Ponferrada estaba poniendo toda la carne en el asador:

“Igualmente se mandó tener presente en la misma discusión otra representación dirigida por el secretario del despacho de la gobernación de la península del ayuntamiento de la villa de Ponferrada y otros pueblos de la provincia, en que solicitaban que en el caso de que se aprobase la formación de la nueva del Vierzo, se eligiera por capital á la citada villa de Ponferrada en lugar de Villafranca, cuya solicitud apoyaba el gobierno”.

Pero la capitalidad de Villafranca ya era casi una realidad. En la misma sesión se leyó el borrador de división provincial:

“La comision va á enumerar las provincias en que entiende debe dividirse el territorio de la península é islas adyacentes, con espresion de sus capitales y de la poblacion que tiene cada una de ellas según los datos que se le han remitido.(…) Leon: Su capital Leon. La poblacion de esta provincia asciende, según el censo que se ha enviado á la comision á 186,697 almas.(…) Vierzo: su capital Villafranca, que es preferible á Ponferrada por su centralidad, mayor poblacion, copia de edificios públicos, proporcion de comunicaciones y otras circunstancias. Poblacion, 86.385 almas”.

A continuación Mariano Villa justificó la necesidad de establecer una provincia aparentemente tan pequeña como la del Bierzo:

“La comision hubiera deseado dar á todas las provincias igual estension y facilidad en sus comunicaciones, si hubiera tenido una base con que contar para obtener un resultado exacto. Las variedades del terreno es otra de las dificultades que se opone á esta igualdad. La comision ha observado todos los inconvenientes que hacen impracticable esta operacion. Para que las provincias situadas sobre un terreno esteril y escabroso consigan alguna comodidad es necesario dejarlas reducidas á menor poblacion, como sucede á la del Vierzo situada entre las montañas de primer orden”.

Es decir, se aducen razones sobre todo de índole geográfico.
-Sesión del 2 de octubre de 1821.
En la sesión de Cortes siguió siendo palpable la animadversión de algunos diputados a la creación de provincias pequeñas. El gallego José María Moscoso, aún reconociendo las particularidades orográficas del Bierzo, no veía motivos para agrandarlo agregando ayuntamientos gallegos:

“Yo siempre me opondré á que haya provincias muy pequeñas. (…) Mas bien merecen el nombre de corregimientos que de provincias: tales son entre otras la del Vierzo y las de Chinchilla y Játiva. Yo no puedo concebir como la comision se ha determinado á establecer estas nuevas provincias. Presenta para la del Vierzo una razón particular y es la de que sus límites naturales embarazan su comunicación con los paises comarcanos (…) Esta observación tendría bastante fuerza si al mismo tiempo la comision no tratase de incluir en la del Vierzo los distritos de siete ú ocho ayuntamientos de Galicia que deben quedar incomunicados con la capital por la misma razón en que la comision apoya la nueva creación de aquella; causando ademas otros muchos perjuicios á estos pueblos cuyos habitantes ni tienen relaciones con esta provincia á que se les agrega, ni utilidad alguna en que se les separe de la de Orense á la que han pertenecido siempre, haciéndolos ahora desgraciados por el insignificante gusto de añadir una provincia que tenga 860 almas”.

Y haciendo gala de un gran desconocimiento antropológico y lingüístico el señor Moscoso añadió:

“Es indudable que la comision debe tener presente el no confundir en una provincia individuos de otras muchas cuyas costumbres, hábitos y lenguage por mas que se diga y haga siempre ofrecerán inconvenientes para su mejor administración. Y un gallego por mas que se le diga que pertenece de ahora en adelante á la provincia del Vierzo, siempre será  gallego; pues lo que principalmente distingue las provincias  es el dialecto que se habla en cada una de ellas”.

A pesar de las opiniones del diputado es notorio que en Villafranca y en la franja más occidental del Bierzo la lengua tradicional era y sigue siendo el gallego oriental, con lo que sus últimos argumentos no fueron precisamente un alarde de astucia política.
Le respondió Diego Clemencín, presidente de la Comisión, tirando una vez más de argumentos geográficos y humanos:

“Sí debe decir por lo que toca á la provincia del Vierzo, que esta se halla rodeada de montañas que la aislan y naturalmente la constituyen en un estado de provincia. Gran parte de sus habitantes viven muchos meses del año como en un mundo aparte, y no sería justo abandonarlos, olvidar su comodidad, y privarlos de los medios de gobernarse en su mismo circuito. Es verdad que se han añadido al Vierzo algunos valles comarcanos de Galicia, y esto por una razón muy sencilla; porque sobraba poblacion para la formación de las provincias de Galicia, y faltaba para la del Vierzo. Galicia tiene millón y medio de habitantes, y sería monstruoso no dividirla mas que en dos provincias, como me parece se ha indicado, mucho mas cuando ademas del esceso de su poblacion, su terreno es en gran parte montuoso”.

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La bandera actual y la bandera histórica de León

Hoy quiero tratar acerca del origen de la actual enseña leonesa. Y aquí cabría preguntarse a qué bandera nos referimos exactamente: ¿A la de la provincia? ¿A la regional? ¿A la de la ciudad? Pues en realidad a todas ellas, como veremos.

Las banderas provinciales españolas

Antes de entrar en materia, echemos una ojeada a este mapa que he confeccionado con las banderas provinciales de nuestro país (pulsad la imagen para agrandar):

Hay varias cosas que llaman la atención. En primer lugar que, salvo honrosas excepciones (como Cáceres), prácticamente todas las banderas provinciales siguen un mismo patrón: colocar un escudo en el centro del campo. Es esta una costumbre vexilológica muy española y, en mi opinión, muy poco estética. En el resto de Europa, por decirlo de alguna manera los escudos se expanden y se convierten en banderas. Algunas provincias están empezando a sustituir el estilo español tradicional por ese estilo europeo. Veamos como ejemplo A Coruña:
Bandera de A Coruña con fondo púrpura y escudo al estilo español.
Bandera de A Coruña con estilo vexilológico europeo.

Origen del fondo de color gules/púrpura

Siguiendo con el mapa, y si nos fijamos más, hay otra cosa que llama la atención: la inmensa mayoría de las banderas tienen como color del campo (o fondo) el gules (rojo) o el púrpura (morado). No es algo casual, y tiene su explicación histórica.
Esta costumbre hunde sus raíces a fines del siglo XIV, cuando en todos los municipios realengos de la Corona de Castilla comienza a celebrarse el nombramiento de un nuevo monarca mediante el alzamiento del pendón real y/o el del concejo. Es la ceremonia denominada “proclamación”, en la que los ciudadanos principales organizaban un besamanos y alzaban los pendones mientras gritaban “Castilla, Castilla, Castilla por el rey …”. Tenemos noticias de que en León se variaba esa fórmula: en 1504 durante la proclamación de Juana I (“la Loca”) se gritó “Castilla, Castilla, León…”; en la de Carlos II el alférez mayor del reino de León dijo desde el balcón municipal “León y su reino por el rey nuestro señor”, pero el resto de documentos que mencionan este acto reflejan la expresión “León, León, León y todo su reino por el rey…”.
No hay que confundir al citado pendón real de las proclamaciones con el estandarte real: este último sólo lo podía usar el rey y se correspondería más o menos con la actual bandera de la comunidad de Castilla y León, es decir, extendiendo las armas cuarteladas a la totalidad del paño (al estilo europeo):
Estandarte real de la Corona de Castilla
El pendón real, que era el que se alzaba en las ciudades durante las proclamaciones, simplemente contenía el escudo cuartelado bordado en el centro de una rica tela de damasco. El color del paño tenía que ser púrpura o carmesí, que cada municipio interpretaba como le parecía, dando lugar a toda una variedad que iba desde el gules (rojo) al morado violáceo. Según Emiliano González y Félix J. Martínez, el color escogido para el paño era el púrpura, “que tiende a equipararse a una especial tonalidad del gules”. Veamos algunos ejemplos de pendón real:
Pendón real borbónico de Medina del Campo del s. XVIII. Obsérvese el gran parecido de los leones con los del Pendón que hoy se conserva en el despacho del alcalde en la ciudad de León.
Pendón real antiguo de Medina del Campo. En esta ocasión data del s. XVII.
Pendón real de Sepúlveda.
En algunos lugares además del pendón real podía alzarse el propio de la ciudad, pero siguiendo el diseño del primero, es decir, poniendo el escudo municipal en el centro de una tela carmesí o púrpura. Sabemos que en algunas ciudades el escudo municipal se disponía en el anverso del pendón real, con lo que éste tenía dos caras diferentes. En cualquier caso, ahí tenemos el origen de muchas de las actuales banderas municipales. Con la creación de las provincias en 1833, cuando mucho más tarde se vio la necesidad de adoptar una bandera provincial en muchas ocasiones se optó por elegir la misma que la de la capital. Eso fue lo que andando el tiempo ocurrió en León. En otros lugares donde no existía escudo propio (o se había perdido) se crearon ex novo, aunque a veces se mantuvo como fondo el color original del pendón real.Como curiosidad, mucha gente desconoce que además de bandera, la comunidad autónoma de Castilla y León tiene un pendón oficial que viene reflejado en el Estatuto de Autonomía (art. 6.5):

“El pendón vendrá constituido por el escudo cuartelado sobre un fondo carmesí tradicional”.

Este pendón está basado en uno de los de Medina del Campo, ignorando a propósito que en ese caso representaba a toda la Corona de Castilla (Galicia, León, Asturias, Castilla la Vieja, etc.) o a toda España (caso del pendón más moderno, con escusón de los Borbones).

Pendón de Castilla y León según el Estatuto de Autonomía.
El llamado “pendón real” de León

En León se usó como base para la bandera municipal y la provincial un pendón en tela de damasco carmesí que en la actualidad se conserva en el despacho del alcalde en la capital leonesa. No se sabe su antigüedad exacta, aunque por sus características debe ser del siglo XVIII o principios del XIX. Por otra parte, el diseño y el color del león parece casi idéntico al de los leones del pendón real de Medina del Campo (datado en el siglo XVIII).
El “pendón real” portado por Alejandro Valderas. Foto: Norberto (DL)

Este pendón seguramente fue uno de los últimos en emplearse en las proclamaciones de los reyes. Sabemos que se usaba un ejemplar nuevo en cada proclamación. La última vez que se hizo la ceremonia completa al estilo tradicional fue en tiempos de la coronación de Carlos IV (1788-1808). Se conserva la descripción de este último:

“De rico damasco carmesí, con borlas y fleco de oro y plata adornado de seis tarjetas que en campo de raso liso se hallan bordadas de realce con oro, plata y seda seis leones, armas  de esta muy noble ciudad”.

Este pendón con seis leones también se utilizó en la posterior e incompleta proclamación de Fernando VII en 1812, y probablemente sea el que se conserva hoy en día, porque la tela del fondo ha sido renovada, pero conserva el escudo central y dos más pequeños. Nótese que el color del animal es el dorado (no el púrpura ni el gules) y que se dice “armas de esta muy noble ciudad”, y no “del reino”. Propiamente habría que llamarlo “el Pendón Concejil (o Municipal) de León”, y no “el Pendón Real”.

No hay que descartar que al mismo tiempo (o por la otra cara del pendón municipal) existiera un pendón real clásico de la Corona de Castilla, porque en 1820 para celebrar la reinstauración de la Constitución de 1812 se usó “un guión de damasco de seda encarnado con franjas de oro, Leones y Castillos, armas de esta capital”.

Bandera municipal y bandera provincial

En el siglo XIX, a partir del nacimiento de las provincias surgió la necesidad de diferenciar las armas de la ciudad y las de la provincia. Para ello se decidió quitarle la corona al león capitalino. Más adelante se añadieron forros al escudo de la ciudad, pero por lo demás ambas banderas eran idénticas al disponer el escudo en un campo carmesí, siguiendo la moda de la Corona de Castilla.

Actual escudo de la ciudad de León

En 1960 la Diputación institucionalizó un modelo de bandera con el escudo de León en el centro y los de los partidos judiciales alrededor. Todavía se saca en algún acto oficial, y creo haberla visto en un desfile de San Froilán.

“Sesión de 25 de junio el Pleno acordó la instauración de la Bandera de la Provincia, teniendo en cuenta el dictamen del Cronista y los requisitos a que hubiese lugar. Un ejemplar, magníficamente bordado, se destinaba a figurar con las banderas de las demás provincias españolas en el Templo de Nuestra Señora La Virgen del Pilar, en Zaragoza, correspondiendo así a la petición formulada por el Sr. Alcalde de aquella Ciudad. El estandarte lució por primera vez en las calles de León con ocasión de la magna procesión cívico religiosa de la clausura del Año Santo Isidoriano, el 6 de octubre, al frente de la Corporación Provincial en pleno y los doscientos treinta y tantos alcaldes de los municipios de la Provincia.”

Partidos judiciales representados en esa bandera de la Diputación de León: Villafranca (extinto), Riaño (llevado a Cistierna), La Vecilla, Valencia de Don Juan (extinto), La Bañeza, Astorga, Ponferrada, Murias de Paredes (trasladado a Villablino), Sahagún y León.

Bandera cuasi-oficial en 1960 de la Diputación de León.

Pero al mismo tiempo esta institución también usó otra bandera, con el león rampante de color gules en el centro de una enseña blanca. Y es que muchos eruditos consideraban a la provincia de León como la (menguada) heredera del Reino. Veamos como ejemplo esta foto, realizada cuando le fue impuesta a la Virgen del Camino la Medalla de Oro y Brillantes de la Diputación Provincial el 5 de octubre de 1954 (festividad de San Froilán, Patrón de la Diócesis de León):

(Imagen obtenida gracias a Rodrigo Ferrer)

Con la Transición creció el problema de distinguir entre la enseña municipal y la provincial. Fue más o menos en 1977 cuando Juan José Fernández Úzquiza, presidente de la Diputación, canonizó el rabo vuelto hacia el león como rasgo distintivo del escudo de la institución que presidía, tal y como puede verse en esta ilustración:

Escudo de la provincia de León

Dicho presidente adujo razones zoológicas para tomar esta decisión, ya que es la postura que adopta la cola de los leones en la naturaleza:

Evidentemente este hecho poco tiene que ver con la heráldica, pero ésa es la auténtica razón de la curiosa disposición del rabo del león de la Diputación. De todas formas, el color de la bandera provincial seguía siendo carmesí, hasta que Miguel Cordero del Campillo señaló que “el púrpura o morado claro es el color del Reino de León y debe ser el de nuestra bandera”. Tal éxito tuvo la propuesta de este insigne veterinario que inmediatamente se procedió al cambio en el color del paño tanto de la bandera provincial como de la municipal. Y aquí habría que añadir también la bandera regional, como veremos.

La bandera regional leonesa.

También durante la Transición surgió un importante movimiento autonomista leonés, aunque sus integrantes no se pusieron de acuerdo sobre cuál sería el marco geográfico de esa futura comunidad autónoma leonesa. En principio se pensaba en una unión de las provincias de Salamanca, Zamora y León (Región Leonesa o País Leonés), aunque al final cobró mayor fuerza la opción de “León solo”, ceñido a la provincia leonesa. Por eso no ha de extrañar que este movimiento adoptara como bandera regional una especie de versión mixta entre la provincial y la capitalina.

En cualquier caso, desde el principio abundaron las dudas a este respecto, y al final leonesistas de diferentes ideologías acabaron pidiendo consejo al mencionado Cordero del Campillo. El primero en hacerlo fue Baldomero Lozano (del PSOE), y en aquella ocasión el veterinario y rector recomendó usar la bandera con fondo blanco, es decir, la enseña histórica del reino de León. También acudieron a él Jaime Andrés, Carlos Javier Llamazares y otros leonesistas del GAL (ojo, Grupo Autonómico Leonés, no confundir con el grupo contraterrorista de las mismas siglas), pero Cordero  defendió entonces la versión de “la purpurada”, es decir, el escudo de León en el centro de un paño púrpura al modo tan difundido por la Corona de Castilla. Los leonesistas adoptaron esta bandera con entusiasmo y la difundieron por todas partes, aunque sólo reconocieron la paternidad de Cordero del Campillo con posterioridad. Cabe preguntarse si Zamora y Salamanca habrían aceptado esa bandera netamente capitalina en el caso de haberse configurado una autonomía leonesa triprovincial…

A la hora de representar el león, se optó por una versión esquemática más acorde con los tiempos actuales, pero no está de más señalar que una de las opciones más difundida es totalmente incorrecta desde el punto de vista heráldico. Me refiero a ésta:

La pata adelantada, en vez de estar más levantada que la trasera (que es lo que define a la postura rampante), está más baja incluso que la imaginaria línea del suelo, lo que constituye una figura heráldica inexistente o nueva, que podríamos denominar “león pisante”. Si al menos las patas estuvieran al mismo nivel, tampoco sería un león rampante, sino “saliente”:

León rampante (izda.) y león saliente (dcha.)

La Bandera Dixebriega

Fue creada hace unos 20 años por Héctor Xil, y consiste básicamente en incluir al escudo de la bandera regional dentro de una estrella amarilla. Es la enseña utilizada por grupos nacionalistas o soberanistas leoneses, como Agora País Llionés.

Epílogo: la bandera histórica leonesa.

Como hemos visto, el regionalismo leonés (y también el nacionalismo) ha venido utilizando una bandera inspirada en la de la provincia de León, que a su vez proviene de la municipal de la capital. Ninguna de estas diferentes versiones con fondo carmesí o púrpura fue empleada en los tiempos en que el reino de León fue un estado medieval independiente. Resulta curioso que se optara por un modelo ya propio de la Corona de Castilla, en lugar de escoger la bandera histórica de fondo blanco, que además de ser una de las enseñas más antiguas de toda Europa Occidental habría sido más fácilmente aceptada en Zamora y Salamanca al ser más globalizadora. Esta elección ya no parece tener vuelta atrás, pero no está de más reseñar cuál es la bandera histórica  leonesa:

Como ya dije en su día, sabemos cómo era la bandera histórica del reino de León gracias a representaciones como la de Alfonso IX en el Tumbo A de Santiago de Compostela. Consistía en un león púrpura (o morado) en un campo de plata (color blanco o gris muy claro).  El león se disponía pasante cuando el marco era horizontal (como el rectángulo de una bandera), y rampante cuando era cuadrado o más alto que ancho (como ocurría con varios tipos de pendones y en los escudos).

Aquí cabe destacar algo que no he reflejado en artículos anteriores: es bastante probable que el león del estandarte real leonés ya fuera rampante desde tiempos del Emperador Alfonso VII. Para decir esto me baso en “Las Siete Partidas” de Alfonso X, concretamente en la Ley XII del título XXIII de la Segunda Partida, donde el Rey Sabio dice que:

“Señales conoscidas posieron antiguamente que troxiesen los grandes homes en sus fechos, et mayormente en los de guerra (…); ca non tan solamente se han de acabdellar por palabra ó por mandamiento de los cabdiellos, mas aun por señales; et estas son de muchas maneras. (…) Mas las mayores señales et las mas conoscientes son las señas ó los pendones (…): et estas señas ó pendones son de muchas maneras asi como adelante se muestra”.

Ley XIII

Estandarte llaman á la señal quadrada et sin fierros; et esta non la debe traer sinon emperador o rey.”

Si es cierto que desde “antiguamente” el estandarte real era cuadrado, eso quiere decir que la disposición del león era rampante, porque así se ocupaba todo el campo de la enseña (lo que difícilmente ocurriría en un paño cuadrado con un león pasante). Estos colores y disposición fueron traspasados posteriormente al ya mencionado estandarte real de la Corona de Castilla y al escudo heráldico leonés (el que figura en el centro de la bandera actual y en el escudo de España). Conviene recordar que el estandarte real de la corona castellana en realidad no es otra cosa que la mezcla en cuartelado de dos banderas históricas de Castilla (castillo de oro en campo de gules) y dos de León.

La bandera histórica leonesa no desapareció en el siglo XIII al imponerse el estandarte real, el pendón real y el pendón municipal: todavía la podemos encontrar en distintos momentos muy posteriores. Por ejemplo, en esta obra de Durero del siglo XVI titulada “El carro triunfal. Jinete con las tablas de las bodas españolas” en el Libro de Maximiliano.

En el estandarte que porta el jinete representante del reino de León figura el escudo real, pero también un estandarte triangular con la bandera histórica. Es de suponer que los colores serían los mismos en este grabado bastante similar de Altdorfer sobre el triunfo de Maximiliano:

También aparece en esta representación del cortejo fúnebre de Carlos V realizada por Jean y Lucas Doetecum en 1559:

Los debates sobre cómo debe ser la cola de este león (a dónde tiene que apuntar, cuántas curvas y mechones, etc.) y sobre la corona son bastante estériles desde un punto de vista histórico: si nos atenemos a los ejemplos artísticos e iconográficos (leones en escudos, monedas, edificios, etc.) encontraremos ejemplos de todos los tipos. En realidad, si lo que se quiere es “recuperar” la bandera histórica pero que a la vez no choque con los diseños actuales tan sólo hay que tener en cuenta estos aspectos:

-El fondo o campo ha de ser blanco o, como mucho, gris claro. Es decir, de color plata.

-El león ha de ser rampante y ocupar la mayor parte posible de la bandera. Debe figurar en el centro de la enseña, aunque en el caso de las banderas institucionales el símbolo suele desplazarse algo hacia la izquierda.

-El esmalte o color del león es el púrpura (casi morado).

-El león debe llevar corona de oro. Aunque fue un añadido de época de Sancho IV (1284-1295), a partir del s. XIV el león siempre lleva corona a la hora de representar al reino.

-No importa demasiado cómo sea esa corona. La representación más típica es la de tres florones. En el león disponible en mi página de Los Telares, aparece la corona más utilizada en las representaciones de los reyes leoneses del Libro de las Estampas de la Catedral de León.

-Tampoco es esencial el color de las uñas y de la lengua. La lengua es frecuente que aparezca en color rojo (gules), aunque también abundan los ejemplos en los que es del mismo color que el cuerpo del animal. Las uñas es más difícil decirlo, dado su pequeño tamaño en representaciones que ya de por sí suelen ser de pequeño formato. A partir del siglo XVI, posiblemente por influencia flamenca, también aparecen de color gules, y así se dice en jerga heráldica que el león “está armado de gules” (es decir, tiene la lengua y las uñas de color rojo).

Un ejemplo de bandera histórica del reino de León.
Aunque en este caso se trata de una bandera con el escudo institucional de un colegio mayor de Salamanca,  responde bastante bien  al modelo y proporciones de la bandera histórica del reino de León (salvo por el color, que sería púrpura).
Un par de ejemplos de la bandera histórica que encabeza muchos de los desfiles de pendones de la Asociación Cultural Pendones del Reino de León, como muy bien me señaló mi amigo Mario Castro de Lera:

Para consultar la bibliografía y obtener más información sobre este tema, http://corazonleon.blogspot.com

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Hermanamientos a medias

Publicaba recientemente Ileon.com que Valverde de la Virgen se hermanará con Aulnay-de-Saintonge, un pueblo francés del departamento del Charente Marítimo que tiene unos 1500 habitantes. La noticia me trajo a la mente las conversaciones sobre los hermanamientos que mantuve recientemente durante nuestras vacaciones en Múnich. Parece que en León estamos acostumbrados a descubrir cuáles son los hermanamientos de nuestras ciudades y pueblos sólo por los carteles que se ponen a las entradas, y a veces ni eso, bien porque están en sitios difíciles de descubrir, o bien porque ni siquiera existen. Y es que en este país tenemos una visión demasiado institucionalista de los hermanamientos: la gente tan sólo se entera de ellos cuando se anuncia uno nuevo en la prensa, y después del acto institucional da la impresión de que “si te he visto no me acuerdo”.

No ocurre así en Europa (para mí África acaba en los Pirineos), donde se toman muy en serio la creación de estos lazos, y donde la participación es básicamente ciudadana y popular. Por poner un ejemplo, son muy numerosos los hermanamientos entre ciudades francesas y alemanas. Cuando dos ciudades o pueblos toman la decisión de hermanarse, es frecuente que se creen sendas asociaciones de hermanamiento, que se encargarán de poner en contacto a sus respectivos habitantes para realizar todo tipo de intercambios. En medio de un ambiente festivo y entusiasta, en ambos sitios se impartirán clases del idioma de la otra ciudad, y se programarán visitas recíprocas. No es raro que, por ejemplo, la banda de música local acoja a la de la otra ciudad, pero no en hoteles a cuenta del erario público, sino en los hogares de sus integrantes. Por supuesto, el proceso es recíproco, y abarca a asociaciones y agrupaciones de todo tipo (folklóricas, musicales, culturales…), y por turnos cada año se celebra una fiesta en honor de los hermanados.

Además de la vertiente lúdica del asunto, también es algo muy beneficioso para ambas comunidades, porque los participantes suelen repetir, aprendiendo el idioma y la cultura de sus hermanados, e incluso trabajando pequeñas temporadas en la ciudad hermana. Al depender básicamente de una asociación, y no de un ayuntamiento que seguramente cambiará su composición en las siguientes elecciones, los hermanamientos son mucho más fuertes y duraderos. Por desgracia para los franceses, muchas veces se imaginan que este sistema funciona igual en España, pero pronto se desengañan. Voy a poner un ejemplo: Astorga está hermanada con la ciudad francesa de Moissac. Hace años, al poco de realizarse el hermanamiento, cuando un astorgano visitaba la ciudad (célebre por el claustro y la portada del monasterio de San Pedro) descubría sorprendido que era recibido con alborozo en el museo y se le permitía el acceso de forma gratuita. Las guías lo trataban con todos los honores, y le informaban que había mucha gente en Moissac estudiando español para viajar y conocer Astorga. Tengo entendido que hoy en día eso ya no ocurre, y que allí los ánimos se enfriaron rápidamente al descubrir que su entusiasmo no era tan correspondido al otro lado de los Pirineos.

La triste realidad es que por estas tierras los hermanamientos dan la impresión de que muchas veces se hacen para cobrar la subvención de turno. Este espíritu puede rastrearse hasta en la propia noticia que citaba al comienzo, donde se dice literalmente:

“Estas uniones entre municipios son posibles gracias al programa ‘Europa con los Ciudadanos’, el cual subvenciona este tipo de enlaces”.

Si un hermanamiento depende de una subvención, cuando menos no es sincero, y difícilmente perdurará en el tiempo. Sólo si ambas comunidades se toman el asunto en serio, al margen de instituciones y subvenciones, serán verdaderamente hermanas. Esperemos que ese sea el caso de Valverde de la Virgen y Aulnay-de-Saintonge.

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Castilla y León y la crisis del estado de las autonomías

Hace muy pocos días salió a la luz una encuesta realizada por Metroscopia entre los días 3 y 4 de octubre en la que, entre otras cosas, se preguntaba a los encuestados qué forma de organización del Estado preferirían. Como muy bien reflejan en el blog de la empresa, llama poderosamente la atención el desprestigio que está alcanzando el sistema autonómico: en 2003 era el sistema preferido por algo más del 50% de los consultados, mientras que desde 2010 ha ido cayendo en picado de tal forma que en este mes tan sólo lo apoyan el 26% . Mientras, han crecido casi exponencialmente los encuestados que prefieren un estado centralizado, alcanzando un 29%, lo que nos retrotrae a cifras de 1984, cuando el Estado de las Autonomías se estaba acabando de vertebrar (muy a lo sui generis en nuestro caso). Por otro lado, y como “compensación”, también se observa un aumento de las posturas federalistas e independentistas, lo que no deja de ser llamativo.

Resulta curiosa la manera en que los políticos y la mayoría de los medios ni siquiera se han hecho eco de esta encuestas. Supongo que será para cerrar los ojos a esta realidad y seguir metiendo la tijera en otros sitios que a los ciudadanos les duelen más. Y si hay que recortar administraciones, pues se amenaza a las Entidades Locales Menores (juntas vecinales y concejos), que aunque por lo general no cuestan un euro a los contribuyentes, son muchas (sobre todo en León), y queda muy bien decir a frau Merkel que se han eliminado más de tres mil entidades “políticas”, mientras no se toca a las principales responsables de la crisis.

Con todo esto no quiero decir que yo esté en contra (ni a favor) del Estado de las Autonomías, aunque sé que estos datos en principio parecen dar la razón a los que se oponen a la actual comunidad de Castilla y León. Sin embargo, hay que tener un mínimo de coherencia: o se apoya la creación de una comunidad autónoma leonesa, o bien se apoya el final del sistema autonómico, pero defender ambas cosas es un ejercicio de incoherencia si no se propone otra alternativa.

Personalmente, soy partidario de que León tenga la máxima personalidad administrativa que permita el Estado, ya sea éste federal o centralista. En cualquier caso, para mí ese es un problema casi secundario: sea cual sea el marco administrativo, lo verdaderamente importante es que los leoneses seamos conscientes de nuestra historia y de nuestra cultura para reconocernos como pueblo con personalidad propia. Ahora bien, también es cierto que la actual comunidad autónoma, que podía haber sido edificada sobre el respeto y reconocimiento de las dos identidades que la componen, ha preferido pasar el rodillo sobre ambas y, como un nuevo doctor Frankenstein, ha fabricado una nueva, inviertiendo en ello muchos millones de euros a través de publicaciones y de todo tipo de propaganda e instituciones ( y a la Fundación Villalar me remito). Y ante eso los leoneses no podemos permanecer callados ni inactivos.

Transcribo algunas de las conclusiones del blog de Metroscopia y la tabla donde vienen reflejados los datos anteriormente mencionados, pero les recomiendo leer íntegro el documento.

Cabe fechar en 2003 el momento en que el actual modelo de Estado autonómico alcanzó su máximo nivel de apoyo popular: un 51% de los españoles declaraban entonces que esa era la forma de organización del estado que preferían; un 24% pedía una ampliación de las competencias de las Autonomías, solo un 10% añoraba el Estado centralizado y solo un 8% aspiraba a que fuera posible la independencia. En el momento actual, solo nueve años después, el panorama ha variado sustancialmente: los satisfechos con el actual Estado de las autonomías solo suponen el 26% (la mitad que en 2003); se han multiplicado en cambio por tres los que propugnan un retorno al Estado centralizado (que representan ahora el 29%) y parecen experimentar un suave, titubeante pero apreciable ascenso las preferencias por un Estado federal. Los partidarios de posibilitar la independencia a aquellas Comunidades que así lo deseen han aumentado muy levemente y suponen el 11% (en 1983 representaban el 10%). Es decir, parece existir una notable fragmentación de las preferencias por uno u otro modelo de Estado. A grandes rasgos cabría decir que casi un tercio (29%) de los españoles optaría por un modelo de Estado centralizado, otro tercio (35%) preferiría un Estado autonómico como el actual o corregido al alza y casi otro tercio (30%) sería partidario de la reorganización en federación de estados (19%) o de la posibilidad de secesión, si fuese el caso. En este punto, pues, no solo dista mucho de existir una opinión dominante, sino que las dos más claramente contrapuestas agrupan, en conjunto, a casi el 60% de la ciudadanía.

metroscopia

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La crisis no existe para la Fundación Villalar

El día ocho de octubre se ha hecho pública una nota de prensa de Europa Press en la que la denostada Fundación Villalar hace patente que para ella no existe la crisis y que, aparentemente, va a salvarse de la quema de fundaciones privadas financiadas con dinero público que ha anunciado el Gobierno de Rajoy. Para aquellos que no lo sepan, el fin último de esta Fundación es “acrecentar el sentimiento de pertenencia a la comunidad de Castilla y León”, lo que ya de por sí es una demostración de que esta comunidad autónoma ni siquiera ha cuajado entre sus propios integrantes. Para el desarrollo de tan ímproba tarea, la Fundación dispone de algo más de millón y medio de eurillos al año (ahí es nada), más la multitud de gastos que le sufraga y/o subvenciona generosa y directamente la propia Junta de Castilla y León (congresos, publicaciones, etc.)

Como se ha dicho, hace unas semanas se anunció que entre los planes de recortes del Gobierno iban a estar las fundaciones privadas sostenidas con dinero público, y que para ello se iba a presionar a las autonomías para hacerlas desaparecer. Curiosamente, desde entonces se ha notado cierto nerviosismo en el entorno de la Fundación Villalar, e incluso se ha empezado a dotarla de fines sociales y caritativos para hacerle un lavado de cara. La Fundación ha estado día sí, día también, intentando asomarse a los medios para mostrar una hiperactividad en los temas más rocambolescos con tal de que se vea justificada su existencia. Parece que ahora ha regresado la calma, y sus directivos ya han hecho públicos sus planes hasta el 2015, señal inequívoca de que se sienten respaldados por la Junta (¿y el Gobierno?), lo que no es de extrañar, ya que sus dirigentes forman parte de las altas esferas de la administración autonómica: sin ir más lejos, y por poner un ejemplo, Mª Josefa Cirac, presidenta de las Cortes de Castilla y León, es también la presidenta de la Fundación Villalar, lo que sin duda constituye toda una muestra de independencia política.

Veamos algunas joyas de la nota de prensa con la que comenzábamos este artículo:

“El Patronato de la Fundación Villalar-Castilla y León, presidido por Mª Josefa García Cirac, ha aprobado hoy los ejes fundamentales sobre los que se asienta su Plan de Actuaciones 2012-2015 y que son la educación para adquirir conciencia de la identidad regional, la puesta en valor de todos los activos de la Comunidad y el fomento de los valores regionales para conseguir una adecuada proyección exterior”.

Es decir, la Fundación seguirá demostrando que Castilla y León es la única comunidad autónoma que necesita “adquirir conciencia”, lo que no deja de constituir un curioso oxímoron. Además, se menciona la “conciencia regional”, obviando que dentro de esta autonomía conviven, como bien dice su nombre (Castilla Y León), dos regiones y dos identidades: la castellana y la leonesa.

Y la nota continúa de la siguiente manera:

“El objetivo de este plan de actuación es poner en valor el potencial de la Fundación, alineando sus recursos y esfuerzos para lograr acrecentar el sentimiento de pertenencia de los castellanos y leoneses a una Comunidad Autónoma con identidad propia”.

Menuda parodoja: si la Comunidad Autónoma tiene “identidad propia” ¿para qué es necesaria una Fundación cuyo fin es “adquirir conciencia de la identidad regional”?

“Por otro lado, todas las actuaciones de la Fundación estarán orientadas no sólo a incrementar el sentir y la tradición de los castellanoleoneses, sino también su participación en el Día de la Comunidad, con acciones anteriores y posteriores al 23 de abril”.

Este último pasaje ya es de traca: se utiliza un gentilicio “frankesteiniano” desterrado hace lustros del Estatuto de Autonomía (castellanoleoneses, que suena como a austrohúngaro, pero en cutre), y se señala la potenciación de la “fiesta” de la derrota de Villalar del 23 de abril como otro de los objetivos de la Fundación. Creo que no hace falta señalar el nulo arraigo popular de esa fiesta en provincias como León, pero una vez más la Fundación se muestra dispuesta a sembrar ingentes cantidades de dinero público en el desierto identitario de Castilla y León.

Para finalizar, se anuncia una nueva y sorprendente actividad, supongo que para no perder la estrambótica línea mantenida hasta hace poco:

“Dentro de este plan de actuaciones, la actividad más próxima tendrá lugar el día 24 de octubre y será una exposición en el vestíbulo principal de las Cortes bajo el título de ‘Plastihistoria de Castilla y León’.
La muestra recoge veinte escenas, realizadas con plastilina, de la historia de la Comunidad, y está dirigida tanto a escolares como a adultos”.

Mucho me temo que el espíritu de esta exposición seguirá siendo el del famoso Cómic de historia, que ya nos mostró a los leoneses lo malos y lo poco importantes que fuimos. Quién sabe: lo de elegir la plastilina como formato tal vez tenga un sentido metafórico y con ello la Fundación y los políticos cutre-nacionalistas de la Junta quieran demostrar que la historia es tan moldeable entre sus manos como ese material. En fin, que siga la fiesta, que paga la Junta. Qué fácil y barato sale disparar con pólvora del rey.

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El reino de León y la anexión de Portugal de 1580

Como ya hemos visto, Portugal se independizó del reino de León a mediados del siglo XII. Nuestro país vecino consiguió acabar su propio proceso de reconquista en 1249, tras la toma de Faro, lo que contrasta con lo ocurrido en la Corona de Castilla, que no lo logró hasta 1492 (más de dos siglos después) debido a las violentas guerras civiles que surgieron en su seno desde tiempos de Alfonso X.

Esta independencia concluyó temporalmente en el siglo XVI: en 1578 había muerto sin descendientes el rey Sebastián I, ante lo cual surgieron varios pretendientes al trono luso. Uno de ellos era el rey español, Felipe II (1556-1598), ya que su madre había sido Isabel de Portugal, que pertenecía a la familia real portuguesa (era la segunda hija de Manuel I, el bisabuelo de Sebastián I). Felipe se impuso militarmente a los demás candidatos y en 1580 se anexionó Portugal, creando la llamada Monarquía Hispánica, ya que gobernaba la totalidad de Hispania, es decir, la Península Ibérica. Esta unión perduró hasta 1640, fecha en la que Portugal se rebeló contra España y proclamó rey a Juan IV, que hasta ese momento había sido el octavo duque de Braganza.

Poco antes de la nueva independencia de Portugal el clima político no debía ser muy favorable para la monarquía hispana en el país vecino, así que el intelectual Juan Caramuel Lobkowitz (1606-1682) publicó en 1639 una obra de más de 400 páginas titulada “Philippus Prudens”(Felipe el Prudente), en la que quería demostrar la legitimidad de los derechos de Felipe II sobre Portugal. Uno de los principales argumentos que esgrimió Caramuel fue el hecho de que el monarca español pudo hacerse con el país legítimamente porque era el heredero directo de los reyes de León. Pero no se quedaba ahí: justificaba que Portugal se había independizado de forma ilegal de León, porque según él Alfonso Enríquez se había rebelado injustificadamente contra su señor natural, Alfonso VII, y además las Cortes de Lamego se habían reunido contra la legalidad vigente. Caramuel afirmó en esta obra que cualquier guerra hecha por los reyes de León contra Portugal fue una guerra justa, porque se hizo a título de recuperación.

En cuanto al reconocimiento papal de la independencia portuguesa en el s. XII, el autor sostiene que en todo caso Alfonso Enríquez fue como mucho un rey “pontificio” (fue reconocido como tal por el Papa), pero no secular, y que además había incumplido su obligación de acudir a las cortes de León. En definitiva, Caramuel mantenía que Portugal y todos sus territorios de ultramar debían ser parte de la monarquía hispánica como compensación por aquellos 436 años de “rebelión” contra los reyes de León:

“Praeterea debet Lusitania Leigionensium Regi vectigalia 436 annorum. Certe bella sine expensis maximis non sunt: illa & has potuisset Legionensis Rex et Regno Algarbiae ac Indiis sumere. Quantae autem in bellis expensae fuerint factae, nec liquido constare potest: nec dubitemus licet, Indias & Algarbiam pro pignore sumi debere, quosque illi restituerent expensas omnes.”

El libro incluye un hermoso grabado político-astrológico en el que un león coronado (símbolo del reino de León, y por ende, de España) sojuzga a un dragón (símbolo de Portugal) y que contiene un curioso epigrama que traducido al español viene a decir más o menos lo siguiente;

“Tantas veces huyó el Dragón del signo de León, que ha de volver, y tantas veces el pescuezo soberbio volvió al pie:
No huirá: está capturado justamente; sabe defender PRUDENTE con mano armada el LEÓN sus derechos”.
Alegoría de la anexión de Portugal de 1580

El dragón era el símbolo de Portugal desde tiempos de Juan I. No sabemos con exactitud en qué momento se empezó a usar el león como símbolo de España, aunque parece que fue en época de Felipe II, porque fue entonces cuando este animal comenzó a ser citado como “el león de España”, y a figurar como alegoría del país en mapas y otras ilustraciones. El propio Caramuel justifica que

“el León es Príncipe de las seluas, Monarcha de los brutos, y Enperador de todos los animales (…) no conoce el miedo, y por esta razón es símbolo perfecto de España, que con corazón de leona ampara con valor a todos sus súbditos”.

También cabría preguntarse si nació como símbolo hispánico, es decir, de la unión de España y Portugal, buscando la justificación de que ambos países ya habían estado unidos en la época del reino de León. Hay que recordar que una de las primeras veces que aparece mencionado es, precisamente, en el título de la obra “El león de España”, de Pedro de la Vezilla Castellanos, que fue publicada en el año 1586, es decir, sólo 6 años después de la añexión de Portugal por Felipe II.

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Cuando Portugal se independizó del reino de León

Durante gran parte de la Alta Edad Media Portugal fue uno más de los territorios de la corona leonesa: en ocasiones dependió de Galicia, aunque llegó a contar con condes propios. En el año 1095 Alfonso VI (1065-1109) separó ambos territorios, concediendo el condado de Galicia a su hija Urraca y a su marido Raimundo de Borgoña, y el condado de Portugal a Enrique de Borgoña (primo del anterior) y Teresa (una de las hijas ilegítimas que Alfonso había tenido con la berciana Jimena Muñoz).

Cuando Teresa enviudó siguió controlando los destinos de Portugal, acompañada por su hijo Alfonso Enríquez (Afonso Henriques), que era menor de edad. Parece que gobernaba como si fuera una reina, y de hecho algunas crónicas ya la reconocen como tal en esta época, si bien hay que recordar que en el reino de León frecuentemente se daba el tratamiento de reyes y reinas a los hijos del rey, e incluso a sus hermanas. Teresa tuvo continuos enfrentamientos con su hermanastra Urraca I cuando ésta ya era reina de León (1109-1126), y esta rivalidad pervivió entre sus respectivos herederos (Alfonso Enríquez y Alfonso VII). El emperador leonés llegó a poner sitio a su primo portugués en Guimaraes en 1127, pero se retiró cuando éste le juró lealtad. Al año siguiente estalló una guerra entre Alfonso Enríquez y su madre Teresa que se decidió en favor del primero en la batalla de San Mamede.

Tal y como nos cuenta la Chronica Adefonsi Imperatoris, Alfonso Enríquez invadió tres o cuatro veces el sur de Galicia, aunque todas ellas fue expulsado “sin honor” por los nobles gallegos. En 1139, después de vencer a los almorávides en la batalla de Ourique, fue aclamado como rey por sus soldados, aunque no fue reconocido como tal hasta unos meses después en las llamadas Cortes de Lamego. Aprovechando un levantamiento de García de Pamplona contra Alfonso VII, Alfonso Enríquez (o Alfonso I, si se prefiere) también alcanzó algunos éxitos en el año 1140, pero tuvo que regresar a sus tierras para hacer frente a las ofensivas de los almorávides. Tras varias escaramuzas y amagos de batallas, leoneses y portugueses llegaron a un acuerdo en ese mismo año, estableciéndose la frontera actual entre Galicia y Portugal.

Tal y como relata el profesor Maurilio Pérez en el libro “Quando Portugal era reino de Leao”, en 1143 Alfonso I de Portugal y Alfonso VII mantuvieron un encuentro en Zamora: allí el leonés reconoció como rey a su primo a cambio de que le jurara vasallaje, ya que como emperador le interesaba tener el mayor número de reyes vasallos posibles. Además, el luso obtuvo el señorío de Astorga, lo que tal vez era una maniobra del Emperador para mantenerlo en la órbita leonesa. En cualquier caso, ese mismo año Alfonso Enríquez escribió al Papa para ofrecerle su vasallaje y así librarse del sometimiento a su primo: Lucio II al principio no se atrevió a llamarle rey, aunque aceptó el vasallaje a cambio del pago de una cantidad. Sabemos que Alfonso VII protestó ante el Papado en el año 1147 ó 1148 por este asunto, pero desconocemos el transcurso de los siguientes procedimientos diplomáticos. No obstante, el Emperador no debió darse del todo por vencido, ya que según algunas crónicas en su testamento metió a Portugal como parte de los territorios que le correspondían a su hijo Fernando II (1157-1188), es decir, dentro de la Corona Leonesa. Si esta noticia es cierta, Alfonso VII pecó de optimismo, pues la separación e independencia de Portugal ya era un hecho más que consumado.

Las luchas entre el recién nacido reino de Portugal y la corona leonesa fueron constantes, y tanto Fernando II como Alfonso IX se vieron forzados a combatirlo para evitar que les cortara la expansión por el sur, pues Alfonso I intentó tomar ciudades como Cáceres o Badajoz. En el transcurso de una de estas operaciones militares el portugués cayó prisionero de Fernando II, quien tuvo en su mano la posibilidad de deshacerse del que era su suegro y anexionarse Portugal. Sin embargo, el rey leonés prefirió liberarlo y Portugal siguió existiendo como estado independiente… hasta el s. XVI, como veremos en el próximo post.

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LA JUNTA DESPRECIA AL LEONÉS

¿Se imaginan a una comunidad autónoma negándose a cumplir un artículo de su propio Estatuto? ¿Se imaginan si ese artículo precisamente hiciera referencia a una parte importantísima de su patrimonio cultural? Pues bien, no hace falta que realicen ese ejercicio de imaginación, porque está sucediendo hoy en día en nuestra autonomía. El artículo del Estatuto es el 5.2, y de lo que trata es del leonés. Literalmente dispone: “El leonés será objeto de protección específica por parte de las instituciones por su particular valor dentro del patrimonio lingüístico de la Comunidad. Su protección, uso y promoción serán objeto de regulación”. Esta declaración suena fatua y vacía, ya que a día de hoy la Junta sigue sin hacer nada en favor de la preservación y divulgación de dicha lengua.

Ello ha quedado de manifiesto en los últimos meses gracias a la labor desarrollada por la Asociación Cultural Faceira, que ejerció el Derecho de Petición (recogido en la Constitución) ante la Consejería de Cultura y Turismo y la Consejería de Educación para solicitar información sobre el cumplimiento efectivo del citado artículo 5.2. La Consejería de Cultura se despachó con una simple carta, asegurando alegremente (y sin aportar pruebas) que se están haciendo muchas cosas en favor del leonés. La Consejería de Educación, haciendo poco honor a su nombre, ni siquiera se dignó a contestar, vulnerando así un derecho constitucional. Faceira se lió la manta a la cabeza y con sus propios medios demandó judicialmente a la Consejería, a pesar de los gastos que ello conllevaba (procuradores, abogados,etc.). La maniobra resultó efectiva, ya que en cuando tuvo constancia de ello, Educación dictó una apresurada resolución denegando la introducción del leonés en el sistema educativo aduciendo unos argumentos realmente débiles y pobres.

De todo esto se desprende que las Consejerías encargadas de velar por el leonés no están haciendo nada ni pretenden hacerlo. Ello es más sangrante si acudimos a las comparaciones: el gallego, que está siendo impartido en colegios y escuelas del Bierzo y de parte de Zamora, cuenta con un presupuesto anual de casi 600.000 euros (100 millones de las antiguas pesetas), mientras que el leonés cuenta con la astronómica cifra de… 0 euros. De hecho, durante la tramitación en las Cortes de Castilla y León de los Presupuestos de la Comunidad para 2011, el PSOE presentó una enmienda para introducir una partida de 125.000 € dedicada a la promoción y protección del leonés que fue rechazada sin ningún argumento por el Grupo parlamentario del Partido Popular. Una auténtica vergüenza, porque en el resto del dominio lingüístico asturleonés, como en Asturias y Miranda do Douro (Portugal), sí existen medidas reales de protección y promoción de esta lengua, incluida su presencia en el sistema educativo. Pero es precisamente en las provincias de León y de Zamora donde más peligro corre el leonés e irónicamente es donde no se protege ni difunde en absoluto. Por todo ello, Faceira ha anunciado que denunciará ante instancias nacionales e internacionales el reiterado incumplimiento del artículo 5.2 del Estatuto y de la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias del Consejo de Europa, así como la política arbitraria y discriminatoria de la Junta de Castilla y León hacia los hablantes del leonés. ¿Modificará esto la actitud de auténtico desprecio por el leonés que mantiene la Junta? No lo creo, pero siempre será mejor la labor de esta asociación que quedarse de brazos cruzados mientras lo que queda de esta lengua se desvanece.

(En la web http://faceira.org está disponible toda esta información en extenso… y muchas cosas más)

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Las conexiones leonesas de Canarias

Existe una herramienta en la página del Instituto Nacional de Estadística que sirve para comprobar cuánta gente se apellida como tú, y en qué provincia viven. El otro día me dio por jugar un poco con esta utilidad, y me pregunté en qué provincias abundaría el apellido “León”, así que introduje la consulta y obtuve este gráfico:

apellido león en Canarias

Llama la atención ver que las mayores concentraciones de este apellido se dan en provincias sureñas, con la excepción de Palencia y Cantabria. También es llamativo el caso de las Islas Canarias. En cualquier caso, repetí la búsqueda con el apellido “de León”, ya que se solía anteponer “de” en el caso de judíos y moriscos conversos y de la demás gente que adoptaba un apellido basado en la toponimia del lugar de origen. Los resultados con “de León” fueron totalmente diferentes:

apellido de León en canarias

Sólo hay un lugar en toda España que concentre el color verde más intenso (un grupo importante de gente con este apellido): las Islas Canarias. Y la diferencia con las demás provincias es abrumadora. ¿Cuál puede ser la razón de este fenómeno? ¿Tal vez la emigración? Las Canarias funcionaron como un auténtico puerto de salida de las gentes que emigraron a América, y tal vez un contingente importante fueran personas de origen leonés, ya fueran judíos conversos al cristianismo o no. Como curiosidad personal añadiré que mi amiga Margalith Matitiahu, judía sefardí con raíces en Salónica, me contó que en aquella ciudad los sefardíes (judíos de origen español) se agrupaban en barrios y sinagogas según su reino de procedencia, y que existió un barrio de León. De hecho, de allí procedía su familia: el apellido de su madre era “de León”, aunque lo perdió al emigrar a Israel y tener que adoptar el de su marido.

Hay otras dos cosas que podrían indicar una conexión entre León y Canarias: el hecho de que existen abundantes leonesismos en el habla de las Islas (cosa que apunta Rafael Lapesa en su obra “Historia de la Lengua Española”) y las llamativas concomitancias entre la lucha leonesa y la lucha canaria. ¿Tiene todo ello un significado vinculado a la emigración leonesa, o es sólo una casualidad lingüística y antropológica? Me inclino por lo primero…

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Y el anacronismo se hizo exposición…

La semana pasada fui a visitar “La memoria del tiempo: fotografía y sociedad en Castilla y León (1836-1936)”, que está localizada en el Centro Leonés de Arte (palacete de Avda. Independencia, 18). Ya el título me hacía temer lo que finalmente encontré: un anacronismo institucionalizado con apariencia de exposición. Y es que no creo que haga falta explicar a estas alturas de la película que Castilla y León sólo existe desde 1983, pero por si acaso vuelvo a repetirlo.

La muestra exhibe un amplio grupo de fotografías antiguas de las provincias leonesas y de algunas castellanas, con un gran valor artístico, testimonial y hasta histórico: eso creo que nadie lo ponga en duda.
Todo ello, sin embargo, y en mi opinión, queda invalidado por el capcioso título, ya que no hace más que tratar de propagar una clara intencionalidad política: seguir convenciéndonos de la absurda idea de que Castilla y León existe desde hace mucho, mucho tiempo.

El folleto que dan a la entrada de la exposición no puede decirlo más claro: “Ancha es Castilla”, se titula. En el texto se abunda en la continua confusión entre Castilla y la actual comunidad autónoma de Castilla y León, con joyas como éstas:

“(…) Hemos tratado en este proyecto de recrear la imagen de Castilla y León”

Bueno, es muy difícil “recrear” una imagen de algo que no existía. ¿Qué le parecería a la gente una exposición que se titulara “La memoria del tiempo: grabados y sociedad en la Unión Europea (ss. XVI-XVII”? Sonaría sencillamente absurdo trasladar un marco administrativo actual en un pasado remoto, ¿no es cierto? Pues exactamente eso es lo que hace esta exposición dirigida por el conquense Publio López Mondéjar.

Sin ningún tipo de pudor, se habla de “los grandes maestros castellano-leoneses” (sic), olvidando tal vez que este neogentilicio ya ni siquiera aparece en el Estatuto de autonomía, y que mucho menos se puede aplicar a autores que vivieron y murieron mucho antes de que se forjara esta comunidad autónoma.

Ahora bien, adivinen qué fundación está detrás de esta muestra. Efectivamente, la inefable Fundación Villalar. Como ya dije en su momento, esta exposición corrobora que este año ha acabado la tregua que nos habían concedido a los leoneses con el 1100 aniversario del reino de León.

Pero veamos otra flor del folleto que tampoco tiene desperdicio:

“Este es también el propósito central del presente trabajo, que trata de contribuir a la recuperación del patrimonio fotográfico castellano-leonés (…) para la definitiva elucidación de la historia de la fotografía en Castilla y León y para reconstruir la imagen antigua de la región”

Sinceramente, creo que es difícil poner tantos anacronismos juntos.

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