Por Antonio
Ojiplático me quedé el otro día cuando mi compañera de blog, Sheila, nos estuvo enseñando en un entretenido tappersex las novedades en ese gran y apasionante mundo de los penes de plástico.
Calificarlo de fascinante sería sencillamente quedarse corto. Menudo despliegue de formas, colores, texturas… los hay a pilas, con cargador, con ventosas… Me he quedado obnubilado por el despliegue industrial que hay para la fabricación y comercialización de estos “sustitutivos del amor” que les llama una amiga mía.
Pero después de ese momento de deslumbramiento vino la preocupación, el sentimiento de vacío, la soledad y la amargura. ¡¡Son un peligro para la especie humana!! (concretamente para los hombres) Después de lo visto el otro día no dejo de pensar que el ser humano es extraordinario porque es capaz de superar con artefactos cualquier atribución propia. Creamos elementos que van más rápido que nosotros, que son capaces de volar y que seguro que hasta follan mejor… snif. Toda una tragedia griega.
Y no es que no supiera que los consoladores existen desde hace muchos años (según la Wikipedia el consolador más antiguo del mundo es un falo de piedra muy pulida de 20 cm de longitud y 3 cm de diámetro, del 27 000 a. C. del periodo Paleolítico Superior) pero no me había percatado de la evolución brutal de los últimos años.
Y voy a decirlo a riesgo de que me partan la cara, como hombre me siento amenazado. Y espero que lo entendáis. Cuando eliges un consolador puedes elegir textura, tamaño y color de una forma rápida, porque si lo hicieras con los atributos naturales tardarías más y quizás con menos placer. Y así uno entiende lo importante de esta industria, ¿qué mujer no desea tener un juguete por si falla el capullo de turno?.
Quizás lo cierto es que simplemente sea envidia porque contáis con un mundo especial de juguetes y placer muy volcado en vosotras, aunque últimamente he descubierto cosas interesantes para nosotros, que ya os contaré.
Lo único bueno es que parece que la industria ya empieza a pensar en compartir las cosas (como en el vídeo de abajo) pero me sigue inquietando pensar que el plástico ha robado vuestros corazones, y roto los nuestros en mil pedazos.








