Amor en tiempos de cólera

Quedan muy pocas horas para que podamos intuir hacia dónde camina la marcha negra, una vez aposentados los mineros en Madrid. Mientras, en la vega del Bernesga, y bajo la mirada sostenida de la realeza leonesa que preside el salón de actos del Palacio de los Guzmanes, fuimos testigos de cómo el odio se tornaba en pasión y las palabras antes groseras ahora en susurros, tan dulces que fueron capaces de ablandar el más pétreo de los corazones.

Pongámonos en situación. Diputación Provincial; 11 horas de la mañana del lunes nueve de julio de 2012. Pleno extraordinario. Sobre la mesa, único punto del orden del día, el plan provincial de obras para municipios; 14 millones de euros que aliviarán el alma y la cartera de pequeños empresarios. Arranca la sesión con la lectura del acuerdo y acto seguido toma la palabra Matías Llorente, el sabio agricultor que hace muchos años, junto con otros prohombres del campo, inventó el asociacionismo agrario en una iglesia del Órbigo, con el miedo metido en el cuerpo y la complicidad temerosa del ministro eclesiástico.

Y de pronto el vacío discurso habitual de estas ocasiones se transformó en un poema de miradas y endecasílabos de alabanza hacia la presidenta, y entre ellos se entabló una empatía natural, a veces sublime, en otras enternecedora, que dejó a propios y extraños estupefactos, anonadados, perplejos ante tanta pasión escondida que afloraba con tanta intensidad y temperatura, espontánea como un geiser volcánico.

Isabel Carrasco no perdía compás, con la mirada puesta en el aguerrido agricultor, cuan Paul Newman en la Leyenda del Indomable, mientras él ensalzaba la virtudes de la dama; qué ahorradora, cómo mira por los desamparados pueblos que apenas tienen para el aguinaldo del alguacil; ¡qué lejos aquellos tiempos en los que de la boca y de los pensamientos de ambos brotaban exabruptos, atronadoras descalificaciones.

Ya sé que no se estila, pero algunos echamos en falta el beso apasionado final, ajeno a los presentes, ese que estimula la babilla por las comisuras de los labios de los espectadores mientras los amagos de lágrimas se explican como falsas motas de polvo aparcadas en los ojos por azar. Ravel y Mike Oldfield ya había escrito hace tiempo la partitura.

PUBLICIDAD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>