Es el fin

Es el fin, señoras y señores. El fin de un sistema caduco que abusa de la mayoría para el regocijo de unos pocos (muy pocos, la verdad). Recuerden este momento, el instante en que esta extraña y cruel civilización se desmoronaba para convertirse en otra cosa (aunque nadie sabía muy bien en qué). Todo aquello de la refundación del capitalismo parece hoy ya una mala broma para mentes sensibles. Y se hunde, digo, no por una cuestión económica, no. Esa es la excusa, hay más, mucho más, todos lo sabemos (signos políticos aparte). Unos y otros presenciamos esta última partida de cartas desde las trincheras de la supervivencia (esa es la mayor indignidad, ya lo decía Louis Aragon con el ceño fruncido desde un café de París). Hay evidentes signos de agotamiento. Son los últimos y agotadores estertores de una muerte que se anunciaba desde hace décadas, es la claudicación o la victoria definitivas. Se agota el 15-M y sus posibles secuelas (fallan incluso las energías para protestar, ¿por qué no estamos absolutamente todos en/con Sol?), y el panorama no deja de resultar desolador y desesperanzado (aunque ver arder a Roma sea una extraña obra de arte plenamente disfrutable).

El sistema necesita de una lucha de contrarios, de un no para un que nos aplaste y deje sin futuro. Porque debo decirlo, soy uno de esos jóvenes que hizo absolutamente todo lo que le pidieron. Cumplió su parte del trato. Se comportó bien, estudió bastante y fue tremedantemente cívico en casi todo lo que pudo y le dejaron. ¿Y a cambio? Pues ya saben: paro, precariedad, falta de derechos, futuro hipotecado, peores perspectivas que sus padres… Presenciamos el fin, ya digo. El ocaso de un mundo que nos deja arrinconados y sin opciones. Pensando sólo en presente, el mañana es un lujo. Vuelve el calor, los cielos rojizos al atardecer, y poco a poco esa gran mentira que sale más a la luz. Siempre fui de los que dijo que una gran crisis económica y sistémica derribaría todas las máscaras. Y así ha sido. Se ven más las costuras, los rotos, los silencios o los aplausos. Cómplices y asesinos de primer grado. Esos bancos voraces y los casi 500.000 políticos que arrastra este país, que es como un gran solar a medio hacer. Cazadores y cazados. Psicópatas y víctimas. Ay. Tal vez un día recordemos todo esto como un mal sueño o no, y esto se convierta en un largo y lento canibalismo entre seres humanos que nunca llegaron a un simple acuerdo.

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Por todos nosotros

Pues sí, ya es mayo, señores. Ya van (casi) doce meses desde aquel idílico y, por qué no decirlo, ingenuo 15-M. Sí, ingenuo, porque mientras en Islandia se buscaban logros tangibles, aquí queríamos cambiar el mundo de hoy para mañana con mucho abrazo y mucho buen rollo jipiesco. Que no sobra, claro, pero que sabe a poco, visto lo visto y dada la magnitud de los palos. Desde estas páginas digitales no he dejado de defender todo lo posible aquel movimiento ciudadano repentino e ilusionante (lo seguiré haciendo, se lo aseguro), pero debemos aceptar que el panorama ha cambiado. Tanto, que volver a hacer exactamente lo mismo, no serviría de nada o nos dejaría en ridículo. Aprender es cambiar, ya está dicho aquí, porque tendremos que cambiar, tantas veces que puede que sea agotador. Y a la fuerza, que no es tan agradable y luce menos. Lo que nos jugamos es mucho, aunque eso ya lo saben (por eso es por lo que miran a otro lado o concentran la vista en el fondo del vaso de tubo). Echen la vista atrás y vean lo muchísimo que hemos perdido por el camino. La partida iba en serio y nosotros, mientras tanto, de utópicos y diletantes. Ay.

Un año. Doce meses desde aquel 15-M que parecía prometerlo todo. Prometerlo, digo, porque ha quedado en poco o nada y esto ha ido a peor desde entonces. Y no nos engañemos, es así, resulta mejor aceptarlo. Nos han recortado todo lo recortable y nos han dicho, encima, que era por nuestro bien. Pero eso no es lo peor. No. Lo peor es que nos hemos resignado a que sea así. Y como habrán comprobado en propia piel, la lluvia de la austeridad nos ha rozado ya a absolutamente todos. Estaba claro que el sálvase quien pueda no iba a servir de mucho. Y les diré algo, esto es sólo el comienzo, ni siquiera se avista el final. Va a llover como en nuestra vida, seguro. Y no lo digo por alarmismo, sólo miro el horizonte y echo un vistazo hacia atrás, lo esperable es más de lo mismo. Y todo con una lógica aplastante difícil de poner en cuestión. Cuando el matón de clase (el sector financiero, clase política y demás charlatanes) se decide a robar el bocadillo a los pardillos (es decir, nosotros) no se va a conformar con unas migajas. Lo quiere todo cuando llega el hambre. Pero su perdición siempre será ese frente común de pardillos encolerizados. Sí, somos más. Por eso, el próximo sábado 12 de mayo, hagan el favor y salgan a la calle. Por todos nosotros. Yo, al menos, quiero mi bocadillo.

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El último coleccionista

Acabo de comprar varios discos. Lo que podría ser un acto costumbrista y natural es cada vez algo más atípico, entre snob y decadente. Todo nostalgia . Creo que fue Elvis Costello el que decía que probablemente el tiempo pasado no fue mejor, pero al menos había más tiendas de discos y librerías. Tal vez sea eso. No todos los lectores entenderán lo certero de la frase. Para empezar porque ya hay alguna generación ahí fuera que nunca ha pasado un tarde entera en una tienda de discos ensuciándose los dedos (un amigo me dice que es por eso justamente por lo que te pagan cuando pinchas). Ni tampoco se le han iluminado nunca los ojos cuando abría un papel de regalo que contenía un buen o mal álbum. Hoy regalar música no está bien visto, es, casi, como regalar poco o regalar mal. A las escasas tiendas de discos que quedan ya sólo vamos los adictos, y por eso nos reconocemos rápidamente entre nosotros, saludándonos por el nombre y enseñando con prisas los trofeos rectangulares. Los enfermos sabemos quién está enfermo. Algo muy similar pasa con las librerías. Sé muy bien de lo que hablo. Para empezar porque algunos de estos lugares me han salvado una tarde o me han ofrecido un subidón que ha tardado horas en irse. El disco (o libro) indicado en el momento adecaudo es un regalo del cielo. Ya decía Chris, el locutor guaperas de Doctor en Alaska, que comprar de cuando en cuando es bueno para el alma. O eso lo decía el capitalismo. No sé.

Lo que ocurre es que últimamente andamos todos tan tiesos que hay que elegir entre el filete con venas gordas o el vinilo de los Smiths, y claro, los raros compramos el vinilo, porque ir de raro cuesta dinero. Esta afición es tan poca entendida que últimamente ya paso de explicarme. Sobre todo porque el principal argumento de los no-raros es que ya está todo en la Red, esperándote. Pero eso es no haber entendido nada. Más cuando tienen quinientos discos en el ordenador y siempre te ponen el mismo en el coche. Ay. La cosa va un poco de fetichismo, fijación anal y una infancia o adolescencia con culto musical de verdad (en esto hay mucho impostor, creánme). La enfermedad va siempre a más, salvo que el dinero no llegue o caigan las broncas de los padres, las novias o los vecinos, que siempre creen que uno tiene muchos discos, cuando a uno, justamente, le pasa lo contrario. Siempre cree que tiene pocos, muy pocos. Es como a las chavalas con los bolsos o los zapatos. Al final es verdad que se suelta eso de que no tengo qué poner. El amor obsesivo por los discos lo retrataba fantásticamente aquella película melómana hasta la médula que era Alta Fidelidad (basada en la novela del deslumbrantemente enfermo y muy raro Nick Hornby). Allí Cusack hacía listas de casi todo como la Rockdelux, y cuando algo no funcionaba siempre había la posibilidad de poner una canción de The Velvet Underground. Que no soluciona nada, la verdad, pero al menos calma las heridas.

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Esperando el milagro

Hay individuos que reflejan un tiempo. Seres que sienten (o presienten) más una época que el resto. Hay personas y personas. Y entre ellas uno de nombre Daniel Johnston con una increíble y alucinante historia. Cosas del destino y sobre todo cosas de promotores infatigables (nunca habrá suficiente agradecimiento para el promotor de a pie), el bardo de Austin (Texas) pisó suelo vallisoletano para extender su palabra y sus muchos gestos. Y allá fue uno, de peregrinaje, como otros lo hacen a Santiago o a Tierra Santa, en busca de ese algo que nadie sabe muy bien qué es, pero que o te salva el día o te lo arruina del todo. Decía que me desplacé en busca del enorme Johnston, un hombre que perdió la cabeza pero no el corazón y sus escondites. Y con eso se tira. Se tira tanto y tan bien (o tan mal) que al final Kurt Cobain se pone una camiseta con tu nombre, la MTV te adora como a un nuevo mesías musical y tus canciones son versionadas y adoradas  por gente como Sonic Youth o Yo La Tengo. Y ahí empiezan los problemas o las soluciones, cuando la modernidad se fija en alguien, lo señala con el dedo, admirando su honestidad o su valentía irracional, el arrojo o el monstruo de feria para colmar sed de novedades. Todo como en una película rodada en la vida real. Esto, claro, lo cuenta mil veces mejor un documental que no me canso de recomendar, The Devil and Daniel Johnston, el retrato del artista vulnerable, el perfecto ejemplo de la sensibilidad infinita en los tiempos del cólera y la comida congelada.

Y, cómo no, no podía ser de otro modo, allí estaba la fauna de la modernidad, el nuevo ejército de lo neutro y las mil caras de la tendencia y el colorín, que dice mucho un amigo. Entre esas, todos hablan y beben cerveza, esperando, simplemente esperando. Confundiendo (algunos, bastantes) el medio con el fin; el objetivo, claro, es sentir de cerca a Johnston y su universo de fantasmas infantiles y superhéroes. Y ante los cientos de reflejos en las gafas de pasta     —cuánta vergüenza habrá en unas décadas con todo esto— aparece un hombre mayor, cansado, sin parte de la dentadura y aporreando la guitarra. Puede que por un momento, no voy a mentir, me sintiera como el hombre sensible y culpable que va a ver el hombre elefante o el frasco viscoso y sucio con pequeños siameses pegados a la altura del vientre. Y tal vez hubiera algo de eso. Pero poco a poco, derribando esas primeras emociones encontradas, comencé a entrever el porqué de la leyenda, la sombra del milagro, un hombre y sus lecciones de coraje. Absolutamente todo en contra y la piel erizada. Y tuve ante mí una lección, algunos hablaban alto olvidando todo eso, otros en cambio gritaban en inglés que le querían, haciendo de la vida una gran superproducción con lágrimas. Y se fue, dando las gracias, más cansado y con la boca más seca. Por supuesto acabé comprando una lámina firmada por él (la tengo ahora frente a mí), esperando que algo del extraño mártir texano cure mi enfermedad de existir. Todo como una reliquia pagana a la que rezar de noche. Esperando el milagro.

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Sobre reyes y monarquías

Estos reyes no son los de antes. Lo digo, sobre todo, porque ya sabrán ustedes que el nuestro la ha liado con la cadera mientras estaba de caza en un lugar de nombre impronunciable (es lo que tienen los reyes, que siempre están en países que nadie puede pronunciar). La ha liado con la cadera, ya digo, y no debe ser la primera vez, porque el monarca está ya muy recauchutado, como un Robocop de latón en la Zarzuela, a tenor, claro, de los mil esquemas gráficos de secuelas sobrehumanas que se publican estos días en los periódicos y telediarios. Por lo que se ve no le vienen muy bien dadas últimamente, veamos, le ha salido un yerno tirando a mangui (y una hija que no se entera, será eso que dice la Biblia de que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda), un nieto que se dispara a los pies, otro yerno hortera o demasiado a la moda, nunca se sabe, y ahora, para colmo, fotos con elefantes abatidos y sonrisa de ganador, que decía la canción. No corren buenos tiempos ni para la lírica ni para la monarquía española, y salvo que diga que ha ido a por carne de elefante africano para atajar el hambre popular, a este rey nuestro le van a crecer los problemas. Más cuando se sabe que el personal anda canino y el teórico jefe de todo esto se gasta cuarenta mil del ala en andar de safari y traer unos cuernos blanquísimos a palacio, que eso siempre es buen tema de conversación cuando viene un mandatario extranjero buscando exotismo o naranjas.

Los reyes, por tradición o leyenda, eran seres nobles (lo de la nobleza venía del carácter, no sólo de la sangre), que además iban de bravos y al frente en la batalla, dando ejemplo, y que sabían cual salomones semidivinos repartir de cuando en cuando algo de justicia. Supongo que eso era pedir demasiado. Tanto que la cosa se ha ido relajando y ya ven en qué punto estamos, en la campechanía total, inaugurando los fines de semana museos del vino, un discurso por Navidad y así todo. Lo dicho, vamos, que estos monarcas no son lo de antes. Tanto que uno no entiende que en el siglo XXI haya tantos reyes por el mundo, no sé si demostrando o queriendo demostrar que hay individuos mejores que otros o que simplemente merecen vivir mejor por ser hijos de quien son. Y eso no se entiende con sensatez de currante, que es mucho más práctica y con menos viajes a África. En el fondo la monarquía sirve para justificar la diferencia entre los hombres, el poder de unos sobre otros y así hasta el infinito. Hay que ganarse a pulso ser líder de otros, porque la gerontocracia, el enchufismo y las sagas familiares nos han llevado a esta triste situación. Un desastre, por si lo han olvidado. Si queremos un nuevo panorama hace falta una nueva fórmula, donde sobran jefes y faltan indios. O en todo caso buenos jefes. Visto lo visto, del único Rey del que me sigo sintiendo súbdito es del de la foto.

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