Visita al Dios Teleno (cuaderno de viaje)

Desde varios kilómetros atrás, el pasajero lo lleva viendo a través del rayado cristal de la ventanilla del tren. Una larga sombra oscura rompe el oeste y las riberas y la llanura se desvanecen transformadas en suaves colinas verdiamarillas que poco a poco son sustituidas por una gran cadena de montañas, la cual, según el mapa que el pasajero lleva consigo, son conocidas como los Montes de León.

Mons Tilenus

En la estación de ferrocarril de Astorga varias terminales, depósitos y carriles abandonados dan fe de un pasado económico y comercial más prospero que el que se avecina. La vieja ciudad romana arrebatada al pueblo indígena Astur duerme en la vega del río Tuerto bajo la eterna mirada del monte que el pasajero busca con su mirada, pues el propósito del viaje no es otro que su búsqueda espacial (y más tarde, temporal).

El tiempo se detiene en la Maragatería

Val de San Lorenzo, Luyego, Lucillo… praderas, robles, tesos y chanos… y una ondulante carreterina acompañan ahora los pasos del viajero. Casas de piedra, todas ellas bien restauradas y en pefecto estado atestiguan la riqueza de unas gentes que se dedicaron durante siglos a comerciar y transportar el pescado gallego a todas los lugares del centro peninsular: los Arrieros Maragatos, gentes con una fuerte identidad e idiosincrasia dentro de las tierras del milenario Reino de León. Un pueblo de leyenda.

Luyego

Es la Maragatería el camino elegido para la búsqueda de ese monte que despide el sol cada atardecer, que recorta el horizonte y hace silbar el viento del oeste, recibiendo todo tipo de tempestades y otorgando a su trono de nieve y desgastada roca la condición de Dios.

El Teleno

El caminante por fin llega a Chana de Somoza, ya sobre el aurífero río Duerna, ya bajo la sombra del dios romano Marte, el cual aquí es llamado y conocido como: El Teleno.

El Mons Tilenus romano es la brújula de todas estas gentes humildes que en estos campos de viento, lobos y oro viven aún esperando promesas políticas que solo el tiempo juzgará. Hasta ahora, la única administración que parece haberse fijado en esta tierra es el Ministerio de Defensa, donde aquí tiene un famoso y polémico campo de tiro con varias décadas de antigüedad.

Molinaferrera, Santa Colomba, Filiel, Quintanilla de Somoza… parecen islas o barcos navegando en un enorme mar de trigo, colinas y arroyuelos. Son pueblos tranquilos, sin apenas ruido, tan solo algún gato cruza la calle u observa al caminante desde los corredores tradicionales leoneses que en estas aldeas maragatas conservan todo su atractivo. Como atractivas son también algunas casas, como aquella de Chana, que, para ayudar a la primavera a colorear el paisaje, sus dueños han pintando las puertas y ventanas de un azul radiante.

Guapa casa maragata

Pero al caminante no le sorprende tampoco que poca gente salga a su paso a medida que avanza hacia el omnipresente monte. Tras el majestuoso cocido maragato que tuvo la oportunidad de comer al mediodía, entiende que la siesta en estas tierras del noroeste es parte del menú. Él, sin embargo, tendrá que dejarla para otro día pues ahora ya está cerca de conocer esa atracción secular que “Tilenus” irradia sobre estos pueblos y gentes.

Hay nieve, quizás más de un metro, en buena parte de su cima. El monte, que es visible casi a más de cien quilómetros de distancia en días claros, está ahora bajo el viajero.

Chana de Somoza

A él se encomendaron primero las tribus astures, tribus que bebieron de la cultura celta y que por consiguiente practicaron sus ritos y costumbres de adoración a la naturaleza.

En las piedras dejaron las huellas de sus vidas y escribieron con símbolos de difícil significado una cultura de culto al Sol y, por supuesto, al gigantesco monte Teleno, fuente de ríos que darían fertilidad a sus cultivos, emanador también de ese oro tan codiciado por Roma (en toda la cuenca del Duerna el caminante va viendo montes horadados por la minería romana), pero también nacimiento de las más terribles tormentas que estos viejos habitantes vieron, dándole el nombre también de Dios del Rayo y del Trueno.

Al poco rato y tras abandonar la carretera, los pies del curioso viajero se detienen al lado de dos enormes rocas, sobre una suave loma que mira al pueblo de Filiel. Cercano a ellas, dos tímidos carteles de reciente incorporación relatan de su importancia.

Laberintos tallados en piedra

Laberintos tallados en piedra

Al parecer, las espirales, laberintos y cazoletas que aparecen grabadas en la roca (ya algo desgastadas por el peso del tiempo y de los largos inviernos leoneses) forman parte de un conjunto de petroglifos de la edad de bronce que hasta hace bien poco solo se conocía de su existencia en las costas gallegas y en algunos pocos lugares más del noroeste ibérico. Su actual interpretación nos lleva a pensar en pequeños observatorios estelares o altares destinados a ritos de fertilidad.

Recientes carteles incorporados por la administración autonómica. No estaría de más un nivel más alto de protección.

Estos que ahora ve el caminante, mientras el frio aire el Teleno golpea no con mucha ternura su cara, han sido descubiertos hace muy pocos años. Aunque la palabra “descubiertos” no sea la más indicada, puesto que las gentes estos pueblos saben desde el principio de los tiempos de su existencia. Lo cierto es que ha sido todo un “redescubrimiento” para la comunidad científica y ya son muchas las asociaciones y personas individuales que trabajan para su conservación y estudio preciso, y por qué no, para dar un poco de vida a esta comarca, la cual podría encontrar en estos monumentos prehistóricos una fuente de riqueza. Es un lugar místico y misterioso, solitario e espiritual… quien sabe qué extraños rituales harían aquí los antepasados astures de estas gentes maragatas… quien sabe si aún hoy en día algún extraño fenómeno ocurre aquí las noche de luna llena y nosotros, gentes del siglo XXI, unidos a la pantalla y al teclado permanentemente, no somos a percibirlo ya que hemos perdido ese lazo que nos unía fuertemente con la naturaleza y con los astros…

Extraños montones de piedras "crecen" en las cercanías de Molinaferrera

Vuelve a soplar el aire sobre la cara del caminante que desciende ahora hacia el río en búsqueda de alojamiento mientras un par de corzos cruzan sin mucha prisa la carretera de reciente construcción por la que, a pesar de ser puente de uno de Mayo, no pasan ciertamente muchos vehículos.

En la lejanía, tierras rojas son humedecidas por varias tormentas de primavera que de momento respetan la cabeza del viajero, mientras, en la cumbre del Teleno, a 2.183 metros, un remolino de nieve y aire juega entre las viejas peñas de este monte tan desgastado por la erosión del viento y el hielo, el cual parece guardar una historia que poco a poco, entre sus bosques y piedras “afuracadas”, iremos desvelando.

Continuará…

Visita obligada para saber más sobre el Teleno y la Maragatería:

http://asturiense.blogspot.com.es/2011/08/teleno-senor-del-laberinto-del-rayo-y.html

http://www.ileon.com/cultura/013362/juan-carlos-campos-presenta-petroglifos-en-maragateria

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Babia, sueños de pastores y reyes

No me acuerdo exactamente cuando la conocí. Quizás mis oídos la conocieron a los pocos años de nacer. Quizás mis profesores me la nombraron más de una vez cuando me preguntaban sobre algo que mi cabeza, llena de ríos y montañas, no era capaz de responder. Seguramente, yo mismo la citaría en alguna aburrida conversación. Sin lugar a dudas, he pasado muchas horas “estando en Babia” sin estar físicamente en esa verde tierra.

Caminos, pastos y montañas configuran Babia (Torre de Babia)

Si me acuerdo, por el contrario, años más tarde, de subir a merendar a Villafeliz, de bañarme en ese Luna cristalino que nace constantemente en los neveros de Ubiña. Babia, entonces, ya quedó grabada como un destino permanente en mi viaje por la vida.

Y así ha sido con el paso de las estaciones y de los años. A Babia vuelvo cada vez que la gasolina, el tiempo y las ganas de caminarla se enlazan en perfecta conjunción. Pero Babia, el inmenso valle surcado de calzadas, castros, cañadas, pastos, ríos y, quizás, huellas de antiguos monarcas leoneses, no solo vive de románticos viajeros como el que escribe. Babia necesita más.

El Sil nace en las altitudes Babianas

A las Babias, la baja y la alta, la del Luna y la del Sil, la montañosa y la riberiega, se llega remontando el cauce del río Luna, que quilómetros más abajo aparece remansado en el gran embalse de Barrios de Luna. Es en ese tramo entre La Magdalena y Villafeliz de Babia cuando uno comprende las reclamaciones que muchos Babianos están haciendo recientemente a la administración. La carretera (no la autopista, la cual es de peaje) bordea el pantano de Luna con un recital de baches y curvas dignas de cualquier película de miedo. No es descabellado pensar que a muchos turistas de fuera o incluso de León, se les quite las ganas de conocer Babia tan solo con entrar en esa ruinosa carretera de los años 60.

Pero con valentía podamos llegar a Villafeliz, donde comienza Babia, tras haber pasado la ermita de Pruneda, punto de encuentro entre las comarcas de Luna y Babia.

Miles de ovejas llegan a Babia tras cruzar los puertos que la separan de Omaña

Si el viajero llega aquí en pleno esplendor primaveral (que aquí, debido al riguroso clima de alta montaña, no es hasta mediados de Junio), un sinfín de colores verdes, amarillos, azules y blancos llenarán nuestros ojos inmediatamente. La naturaleza babiana es generosa: infinitos pastos la recorren de par en par, pastos, por otro lado que han alimentado durante generaciones a las cabezas de ganado que tan buena fama tienen en Babia. De aquí se dice que salió el caballo Babieca, y aunque es tan solo una leyenda, si es cierto que Babia es el punto de inicio y el punto de llegada de las miles de ovejas transhumantes que hasta nuestros días han recorrido esas cañadas reales que llevaban a los pastores a pasar el invierno a Extremadura, dejando la montaña triste y oscura, como bien recita la canción popular.

En la Laguna de las Verdes soñar es fácil (Torre de Babia)

Babia es tierra de pastores, pero también de reyes. Y visitando los palacios de Riolago, de la Majúa o de Vega de Viejos… y mirando al horizonte cortado por las afiladas peñas de Ubiña (un antiguo punto de reunión de bruxas o aquelarre, según la leyenda) no es de extrañar que los reyes de León aquí pasaran alguna temporada despejando la mente de tanta lucha con el Califato y con Castilla.

Peña Ubiña vista desde Ventana

La capital de esta parte de Babia es San Emiliano. Es la Babia que baja del puerto de Ventana, donde leoneses y asturianos se dan la mano. Es la Babia de Ubiña, la reina de la cordillera cantábrica, con 2.417 metros de altura, la cual es relatada según los escritos de Jovellanos en 1792 de esta manera:  a la derecha la famosa Peña Ubiña, que se cree ser la más alta de España…vese desde tierra de Segovia y desde muy dentro del mar. Los de Cudillero, que navegan por ella, la llaman la Becerra”. Y, aunque no es la más alta de España, no es menos cierto que es bien visible desde el interior del mar cantábrico y desde las llanuras castellanas del interior peninsular.

El mastín leonés, milenario habitante de estas montañas

En San Emiliano los caminos se enlazan. Uno de ellos nos lleva a Torrebarrio, Torrestío y a Ventana. Torrebarrio es el punto de partida para los montañeros que suben a Ubiña desde León, es un pueblo guapo, alto, de piedra noble y blanca, y cuenta con una iglesia que podría hacer las delicias de muchos pintores. También cuenta con un barrio, el de Cubiechas, rodeado de inmensos prados, que, como digo, aquí son bien aprovechados para el ganado vacuno y caballar, conformando un paisaje fácil de asociar a cualquier capítulo de Heidi.

Iglesia de Torrebarrio. Al fondo la omnipresente Ubiña

Pero para encontrar buenos pastos hay que subir a los Puertos de Pinos. Estos pueden ser los mejores de toda la cordillera, y no es de extrañar que estén en un continuo conflicto institucional entre el Principado de Asturias y los pueblos de Babia, que los reclaman como suyos puesto que actualmente pertenecen al ayuntamiento de Mieres.

El cierzo asturiano (aquí llamado "calabrón") entra en los verdes puertos babianos

Babia está en lucha. Y no es para menos. Con tan solo recorrer algunos de sus pueblos, sus caminos… con  escuchar a los habitantes que la habitan…  a uno se le llena la cabeza llena de ideas. Ideas que bien podían haber sido convertidas en realidades en estos últimos años, donde el dinero no era un problema y donde el turismo rural (especialmente en los vecinos concejos asturianos) ha sido un aliciente económico fabuloso para estos pueblos de montaña.

Desde Babia se pide a la administración una mejora de las comunicaciones, ya no solo con León y la ribera, sino con Asturias a través de los altos de Pinos y la Farrapona. Desde Babia se exige la puesta en marcha de un parque regional de Babia y Luna, una categoría atractiva para el turismo. En Riolago de Babia sigue el hermoso palacio donado por su dueño a la Junta en 1999 para que pudiera servir de museo o de centro de interpretación de este entorno natural, y que, a día de hoy,  aún no ha empezado su andadura. No es lógico que Babia no cuente con un centro de recepción de senderistas y turístas. No es lógico que tanta riqueza paisajística y natural no pueda tener algún fruto económico para estos pueblos cuando otras zonas de España y Europa llevan años disfrutando de las bondades que la naturaleza dio a su territorio.

Restos de la torre que da nombre al pueblo de Torre de Babia

Para comprobar y comparar como, cuando si existe voluntad política, las comarcas de alta montaña si pueden desarrollar una economía sostenible con el medio ambiente y facilitar la industria local y tradicional, fomentando el asentamiento de población en los pueblos, tan solo hemos de pasar el puerto de Somiedo, frontera entre Laciana, Babia y Somiedo, cuyas aguas ya corren hacia ese Sil que buscará el atlántico pasando por las cuencas mineras de Villablino y Toreno. En Pola de Somiedo se refleja muy bien, quizás, lo que los babianos piden para su territorio. En La Pola hay museos, centros de recepción a visitantes, servicios públicos dignos, buenas comunicaciones, actividades de aventura y tiempo libre. La gente que viene a disfrutar de esta parte de la cordillera no duda en alojarse en Somiedo, pues son muchas más las actividades y los servicios que se ofrecen al ciudadano, que por ejemplo, los ofrecidos en Villablino o San Emiliano. Una autentica pena.

La laguna grande, en Lago de Babia.

Volviendo a Babia, es necesario internarse en los pequeños valles semiocultos que rodean esta gran hoya: La Riera, Torre de Babia, Lago, La Cueta… Allí se encuentra el más puro carácter montañés de León y de Babia. Siglos de nieve, de soledad, de recuerdo… pero también siglos de aire puro, filandones, flores y risas entre las altas peñas desde las cuales los rebecos ven el tiempo pasar.

En Torrestío los gallos (o los urogallos) tienen también sus derechos

Cabrillanes, Villargusán, Huergas, Robledo, Piedrafita… todos ellos pueblos babianos que hablan también, como en la vecina Laciana y el vecino Somiedo, esa lengua patsueza que hace que los narcisos aquí sean gritsándanas y la histórica villa de Quintanilla aquí sea Quintaniecha. Quizás los mastines de Babia también “falen la viecha tsingua”, nunca lo sabremos… aunque por el momento si podemos oirles en un reciente documental que la National Geographic ha publicado sobre este noble perro pastor, originario de estas montañas de León.

Babia respira alta montaña

El Montigüeiru, la Laguna de las Verdes, Morronegro, Ferreirúa, Peña Orniz… son los nombres del paisaje que adornan la gran vega del Luna y los primeros pasos del recién nacido río Sil, cuya partida de nacimiento se establece en La Cueta, el pueblo situado a más altitud de la provincia de León, exactamente a 1.460 metros de altura.

Babia ofrece gratuitamente mucho a los sentidos: naturaleza, historia, cultura, deporte… Y no hablemos de los sentidos relacionados con el paladar. Mejor disfrutemos de ello en cualquiera de sus restaurantes y fondas.

Babia también ofrece paisajes típicos del "far-west"

En Babia pienso estar muchos años más. Con tan solo cerrar los ojos y sentir el cierzo de Ubiña bajar por el valle mientras los cencerros inundan las colladas con su milenario campaneo, sabré que estoy en casa.

Agradecimiento especial a Jose Luis Suarez Rodriguez, babiano de Huergas, donde regenta el bar “El Moriscal”, conocedor y enamorado de su tierra, que me ha facilitado información y algunas fotografías para este reportaje.

Enlaces interesantes sobre Babia:

Sobre los mastines leoneses:

http://news.nationalgeographic.com/news/2009/02/090220-dog-video-missions-wc.html?source=rss

Estar en Babia – Un país en la mochila

http://www.youtube.com/watch?v=KPLON9n0VnQ

El Río Luna

http://www.youtube.com/watch?v=wv7HmiVFKwo

Webs locales

http://babia.net/

http://www.casonadebabia.com/

Una pareja de corzos brinca en las cercanías de Torrebarrio

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Los nombres del paisaje

Muchas veces, cuando visitamos un pueblo o a cualquier lugar medianamente habitado por el hombre durante la historia, y preguntamos acerca de una fuente, de un camino o simplemente conversamos con algún habitante sobre algún tema relacionado con el pueblo, surgen inmediatamente los “nombres”, las denominaciones que el ser humano ha dado durante siglos a un determinado espacio físico de su entorno. Estamos hablando de la toponimia.

A cada molino se solía dar un nombre concreto (Primout)

La toponimia en León y el noroeste peninsular en general, es particularmente compleja, atractiva y numerosa. Venimos de una tierra y una cultura estrechamente ligada a la naturaleza, de unas aldeas engullidas por la montaña o el bosque y de una forma de vida enlazada con los oficios de pastor y labrador, donde es preciso conocer al detalle cada palma de terreno, siendo este, un deber más para el trabajador.  Así ocurre en la provincia de León, noroeste de Zamora, Asturias, Cantabria y toda Galicia, donde los topónimos se asemejan y se emparentan de manera significativa.

La braña forma parte de la vida de nuestros pueblos (La Seita)

El río, el bosque, la peña… han formado parte del día a día de miles de personas durante la historia y en menor medida siguen formándolo allá donde los centros comerciales  aún no han llegado.

Es por ello por lo que nace la toponimia, el nombre de los lugares, de las cosas que nos rodean, para diferenciar muchas veces con tremenda exactitud a quien pertenece un determinado prado, un determinado castaño o simplemente para saber  donde hay que ir a buscar una oveja descarriada.

El valle de Laciana, una comarca muy rica en toponimia

La toponimia en León va unida a la utilidad del día a día. La mayor parte de los nombres son creados para su uso cotidiano en las labores tradicionales de caza, pesca, pastoreo y agricultura. Otros, sin embargo, han nacido por ese afán tan humano de conocer y comprender la naturaleza. Y por último habría que citar otros topónimos creados a través de una raíz mitológica, supersticiosa, legendaria… o simplemente por mera casualidad.

En el caso concreto de León, un fuerte sustrato lingüistico condiciona todos los nombres de la cosas, es la vieja raíz asturleonesa, una lengua que si bien ha caído fuertemente en desuso en este último siglo, aún se conserva con cierta viguereza en muchas comarcas de León y en la mayor parte de Asturias. Es concretamente en la toponimia donde el castellano aún no ha podido desbancar al antiguo romance leonés.

La Pumariega, en Colinas de Campo, significa lugar abundante en manzanos

No hay pueblo en la provincia de León donde alguno de sus topónimos no esté escrito en la lengua asturleonesa. Incluso según nos vamos acercando a la sierra de Ancares y los valles de Valcarce y Selmo, existe una atractiva mezcolanza de topónimos plenamente gallegos con leoneses, dando formas tan originales como llamar “Muín” al molino, siendo la palabra gallega “Moiño” y la leonesa “Mulín” (recogido en Balboa).

Tenemos por un lado zonas nucleares donde el  100% de la toponimia está en la lengua original. Este es el caso, por ejemplo, de Laciana, Alto Sil o La Cabreira. Solo es necesario observar un mapa cartográfico donde aparezcan detallados los nombres de los lugares para darnos cuenta que esa lengua no está escrita en castellano. Pero más interesante quizás es preguntar a sus habitantes, puesto que la manera de pronunciar algunas palabras (estamos hablando de la famosa “ts” vaqueira de Tsaciana) puede confundir al entrevistador. Pongamos algunos ejemplos: “El cutsau las Zreizales”, en Orallo (Villablino), no viene a significar sino el collado de los cerezos. O, por ejemplo, “El pozo Tsao”, en Montrondo (Murias de Paredes).

El Pozo Llao, lugar de leyendas acerca de dragones

En el primer topónimo encontramos tres elementos básicos de esta región. Uno es la manera de pronunciar la doble L en un sonido que se asemeja a “ts”: Cutsau, Tsaguna, Tsobu (collado, laguna, lobo). Por otro lado la costumbre de denominar a los árboles en femenino. En ningún lugar de esta región encontraremos: Los Castaños, Los Cerezos, Los abedules o Los Nogales. Si veremos por el contrario un inmenso número de topónimos que hablan de: La Castañal, La Cereixal o Zreizal, La Bidulina, La Fayona, La Peral, La Nogalona… Todos los árboles capaces de dar algún tipo de fruto se denominan en femenino, quizás en relación con la fertilidad que guarda el sexo femenino siempre en todos los seres vivos. Y por último, la manera de llamar “Zreizal” a los cerezos, es simplemente, muy interesante.

En el otro topónimo, el Pozo Llao o Tsao, nos encontramos con un caso que ocurre en prácticamente toda la montaña leonesa cuando se habla de lagos y lagunas. Llao o Tsao no viene a significar sino “lago”. En primer lugar encontramos una palatización de la L que en esta región dominada por el dialecto “patsuezu” se suele pronunciar con el sonido “ts”. En segundo lugar, el tsagu pierde esa “g” intervocálica para quedar simplemente en “tsau”. Mera economía del lenguaje. Lo que hace curioso a este topónimo y, como digo, a la mayoría de los topónimos leoneses referidos a lagos y lagunas, es que se llama Pozo Llao, que es como decir, Pozo pozo, o Lago lago. Es decir, decir dos veces el mismo nombre. Lo mismo ocurre a pocos quilómetros de este bello lugar situado en las faldas del Pico Tambarón, exactamente en Riolago de Babia, donde se encuentra un laguín llamado Lago del Tsao. No creo que sea necesario más explicaciones.

Cada prado tiene un nombre y pertenece a una familia (Valdeteja)

Cambiando de región y desviándonos varios quilómetros al Este, llegamos a una de las zonas de León menos influenciadas por el latín y por ende por la cultura romana: Riaño, cuna del pueblo vadiniense, antigua tribu cántabra. Aquí, en Riaño, en Sajambre, en Valdeón, en Liébana… la toponimia ya no guarda tanta relación con la gran madre latina, cosa que si hace perfectamente en el Alto Sil aunque los nombres sean de difícil pronunciación. Aquí, por el contrario, un fuerte sustrato astur-cántabro persiste en los nombres. Muchos autores lo emparentan con el actual euskera. Como no soy filólogo no voy a entrar en este debate y tan solo mostraré un par de topónimos a modo de ejemplo.

Por un lado contamos con los habituales topónimos esparcidos por toda la geografía leonesa, como pueden ser: L´abeseo (lugar de sombra), la Llera (canchal de piedras), el Llamargo (prado mojado)… y por otro nombres de difícil origen: Carande, Besande, Bachende, Remelende, Vicicuende, Valcuende… una terminación en el grupo –nde que se repite por toda esta región de manera significativa y que aún hoy no se sabe a ciencia cierta su traducción. El mismo río que vertebra esta montaña (y parte de esta provincia), el Esla, deriva de “Astura”, nombre que los romanos dieron a esta enorme masa de agua pero que según Don Antonio Valbuena lo toman de un nombre indígena el cual está hoy desaparecido y que puede significar Río Frondoso, con árboles, si a este le relacionamos con el vascuence, puesto que Ura/Ur significa agua y Ast es árbol.

Carande, en Riaño

Pero abandonemos esta “divertida” investigación y volvamos a los nombres de las cosas, que normalmente tienen un fácil significado. ¿Quién pone los nombres, quienes fueron sus autores y cuando? Este es otro tema que a mí siempre me ha fascinado. Desde que eres pequeño, quienes tenemos pueblos, nos van enseñando poco a poco nuestros padres y abuelos los nombres de los lugares: Esta es la peña del Gilbo, esta la Peña del Yordas… O este es el río Sil, este el río Pedroso y aquella es la fuente de la Urz. No hay metro que no se escape a la mano del hombre. No hay pico o palmo de agua por pequeño que sea que no tenga un nombre. Lo más fascinante, como digo, es la tradición y la memoria de las gentes de los pueblos de saber traspasar este perfecto conocimiento del terreno a sus descendientes, siglo tras siglo, generación tras generación, siendo un hecho cuanto menos asombroso puesto que no es hasta el siglo XX cuando comienzan los primeros mapas toponímicos.

El Pico Catoute, nombre atractivo, conocido en toda la región

Ningún nombre está puesto al azar, todo guarda relación con el terreno. Así por ejemplo si se pone a un lugar “La Ferviencia”, sabremos que allí hay una cascada, porque el agua parece ferver cuando golpea contra el suelo. Si por el contrario se llama “El Faedo”, sabremos que se refiere a un bosque de hayas. O por si el contrario alguien nos dice que un barrio del pueblo se llama “L´oteiro” o “El castro”, sabremos que lo más seguro es que nos toque subir para visitarlo, pues estará en lo más alto del pueblo y seguramente situado sobre un antiguo asentamiento celta.

Hay también topónimos preciosos en relación con la mitología y los animales. Así encontramos “La Jana”, “La Xanas”… en muchos pueblos, significando esta palabra Hada o Diosa del agua. O el Furacón de los Mouros, en Librán, donde se piensa que habitan seres con poderes sobrenaturales. Otros por el contrario son más temerosos, como La Fuente del Infierno, donde nace el río Sella. Los Picos del Diablo, en Horcadas. O la Collada de los Muertos, en Boñar.

A veces los árboles por su forma dan nombre a todo un terreno (Palacios del Sil)

En cuanto a animales, la lista es infinita. Abunda la fama que el Oso Pardo ha tenido en nuestras tierras, así por ejemplo tenemos El Cueto L´Osu, en Palacios del Sil. Vallosero, en el puerto de Pandetrave. Ruidosos, en Puebla de Lillo (topónimo que no significa abundancia en ruido, sino “río de los osos”. Pero también hay consonancia con otros animales, como Brañagayones, en Caso (Asturias), que guarda relación con un lugar ganadero frecuentado por el Urogallo. La Caravieya, en Salio (la lechuza o el cárabo).  La Raposera, en Carande. O el Montigüeiru, en Torre de Babia, un nombre precioso que significa el Monte-Yegüero.

La puente nueva, de Lugueros. Es en femenino y se remarca su construcción.

Espero que os haya entrado el gusanillo de conocer, reflexionar y transmitir este importante patrimonio inmaterial cultural que tenemos en nuestra tierra y que hace que nuestros montes y pueblos sigan vivos, animados. Porque detrás de cada nombre suele haber una historia llena de personajes, vivencias y curiosidades. Tan solo es necesario saber leer y escuchar la naturaleza y el paisaje.

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Paseando por las Hoces del Torío…

Esta ruta la realicé el año pasado en primavera y me gustó tanto que puede que vuelva a realizarla estos meses. Además, en ella, encontramos varios servicios hosteleros donde poder refrescarnos, comer o descansar. Incluso, en la ruta, nos encontramos con unas de las cuevas más interesantes y famosas del norte de España: Valporquero. La cual abre sus puertas con la llegada del buen tiempo, siendo uno de los mejores reclamos turísticos de esta montaña. ¡Allá vamos!

Vegacervera

Vegacervera es un pueblo bastante conocido en la provincia leonesa, su posición a la entrada de las hoces, su exquisita cecina de Chivo, su piscina fluvial y su zona recreativa hacen que sea un lugar de parada obligatoria para el viajero que sube Torío arriba hacia las Cuevas o hacia Cármenes.Al otro lado de las murallas calizas que se alzan al norte del pueblo se encuentra Valporquero, otro pueblo emblemático de la montaña leonesa, y al que el caminante, en este caso, va a intentar llegar a través de las alturas, dejando el curso del río para la vuelta.

Pico Correcillas

Para ello tenemos que salir del pueblo en dirección a Coladilla ( otro pueblo muy rico en gastronomía ), y justo a la salida tomar una calle solitaria a la derecha que nos lleva a una pequeña explotación ganadera. De allí surge un pequeño camino, algo oculto entre las hierbas primaverales, que si no llega ser por el dueño de la granja, el que amablemente me confirmó que ese camino, efectivamente, subía hacia Valporquero, seguramente, el que escribe, no lo hubiera tomado .

Empezamos a caminar y a adentrarnos en un robledal, algo chamuscado, pero tremendamente bello por la primavera que golpea con fuerza estos últimos días de Mayo.Nos encontramos en los montes llamados de “Los sierros negros”, denominados así, seguramente, por el color oscuro de las cuarcitas que aquí surgen, y que son paso previo a al reino de la caliza que más arriba nos espera.

Llegando a la collada

En la subida hacia la collada que separa Vegacervera y Coladilla de Valporquero, vamos teniendo poco a poco una buena visión del valle y del mítico Correcillas, que nos saluda desde el Este. El robledal cuenta con algunos buenos ejemplares de robles, que se han salvado de un incendio que aún deja huellas visibles a ambos lados del camino.

En lo alto del valle

En continuos zig-zags, y ya con algo de cansancio de subir tanta cuesta ( no en vano estamos realizando un desnivel de casi 400 metros ), llegamos a la zona donde el bosque acaba para dar paso a las camperas y a la caliza, por lo que adivinamos la cercana collada que nos dará paso hacia Valporquero. El lugar es hermoso, aparecen dolinas y un bonito contraste entre el monte bajo tremendamente florido y la peña.

Valle de Valporquero

Valporquero y al fondo las altas cumbres de la cordillera

Atravesamos el vallado que delimita a los pueblos y nos adentramos, ya, en terrenos de Valporquero, pueblo que vemos ya al fondo a la derecha, a la vez que nos fijamos en su largo y alto valle que asciende hasta la collada Formigoso. Hacia el norte aparecen también viejos conocidos como el Fontún ( o Pico de La Majada, como el dueño de un restaurante del pueblo de Fontún me comentó que lo denominaban en la parte de Gete y Getino, es decir, la del Torío ) y La Morala hacia el Este.

Rebaño trashumante en la collada de Formigoso

Descendemos hacia el valle a través del senderín, que a pesar de no ser muy amplio, y que muchas veces no ha dado confianza al caminante, nos ha sacado con éxito al primer objetivo.

Valporquero, un nido de águilas

Valporquero de Torío se encuentra “tendido” en la ladera oeste del río, casi sobre las mismas hoces. Es, por lo tanto, un pueblo de altura, situado aproximadamente a unos 1.400 metros. Pero no es su altura la que da fama a la localidad, si no sus famosas cuevas, quizás las más singulares e importantes del norte de España, a las que cada fin de semana, centenares de visitantes llegan. Aún así, el que escribe piensa que podían estar más desarrolladas y fomentadas, y suponer una verdadera fuente de ingresos para estos pueblos montañeses.

Zona de acceso a las cuevas

Pasamos por la zona de acceso a las cuevas, donde varios autocares hoy se dan cita en ella, llenos de escolares que juegan sin percatarse de un viajero que surge de repente de entre el monte y comienza a pisar asfalto a través de la carretera. Carretera que, en desgracia para sus botas, no abandonará hasta Vegacervera.

Hayedo de Valporquero

Una cerveza en Valporquero, donde existen varios restaurantes, me sirve para tomar las fuerzas pertinentes para afrontar una de las etapas más duras de esta ruta, la bajada a Felmín, es decir otros 400 y pico metros de desnivel a través de interminables curvas. Menos mal, que las vistas hacia el valle de Tabanedo y Rodillazo, y hacia los guapos hayedos de Valporquero, compensan este leve sufrimiento para mis pies.

Bajada a Felmín

La verdad es que Valporquero tiene un guapo hayedo que vamos dejando a la derecha según vamos bajando. Es lógico que el Oso, en alguna de sus correrías de hace dos años, decidiera quedarse aquí alguna temporada. Ojalá vuelva este año.

Entrada a las hoces

Tras media hora de bajada, llegamos a Felmín, hermoso pueblo y afamado coto de pesca del Torío. Aquí confluyen las aguas que bajan de Valporquero y las que bajan de Tabanedo y Rodillazo. Y aquí comienzan las Hoces de nuevo, que sin duda nos van a venir de maravilla para refugiarnos un poco del Sol que no deja de golpear al senderista.

Felmín, escondido entre el bosque

La entrada a las hoces de Vegacervera es siempre emocionante, las verticales paredes que suben hacia las nubes, el nítido río que, entre curva y curva, va deslizándose entre pozos y corrientes donde la trucha y la nutria juegan al ratón y al gato, no dejan indiferente a nadie. Y andando, con todo el tiempo del mundo, hace que me fije más en detalles y disfrute de las múltiples sensaciones, que sin duda alguna, en coche no disfrutaría.

Comienza la hoz

La Hoces es un enclave natural magnífico, y junto con las cercanas hoces de Valdeteja, en el río Curueño, aportan un reclamo turístico mayúsculo para la montaña central leonesa. Aunque, como ya me hemos dicho antes, no están lo suficientemente dinamizadas y dadas a conocer al resto del mundo. Proyectos como el teleférico a Valpoquero, presentado por Vegacervera hace años, se han quedado en eso, en proyectos. De momento demos gracias de tener una carretera recientemente arreglada, ya que la otra, daba miedo.

El viejo calero

Tras pasar el Calero y el pozo del infierno, y los tres puentes que comunican a Cármenes con Vegacervera. Llegamos al final de los hoces, donde el cielo ya se abre un poco y nos permite ver de nuevo a la vegetación de ribera y robledal en el monte que nos predice la cercanía de Vegacervera.

Varios puentes de piedra atraviesan este paraje

Varias "pintonas" toman el poco sol que entra en las hoces

En breve, me voy despidiendo del Torío, que me ha acompañado a mi lado en toda esta segunda etapa de la ruta, y de sus truchas, que cada poco he visto saltar, cebarse y nadar en los profundos y tranquilos pozos que se han formado tras muchos milenios de erosión producida por estas aguas. Aguas que parecen venir de las fuentes del Dios céltico “Thor”, allá subido en los altos de Piedrafita y Canseco…

El Torío se libera de la estrechez de la montaña

Un refresco en Vegacervera y un buen lavado de pies y de cara en el río, me recuperan el aliento antes de ir en busca del coche, que me espera desde hace unas horas en el punto de inicio de la ruta.

Mapa en 3D de la ruta

Duración aproximada: Cuatro horas

Recorrido circular: Vegacervera-Valporquero-Felmín-Vegacervera

Datos de interés: Llevar calzado cómodo pues la bajada a Felmín “revienta” bastante la planta de los pies.

Posibilidad de visitar la cueva, abierta de 10.00 a 18.00 en horario de verano. Posibilidad de darse un baño en el fresco Torío. Numerosos restaurantes en Vegacervera, Valporquero y Felmín.

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Raqueteando por Cerulleda

Una vez más (ya no sé cuántas van) volvimos a surcar el Curueño hacia sus altivas fuentes en Valdelugueros. Una vez salimos este inusual invierno en busca de esa nieve sagrada que ha caído en esas dos primeras semanas de Febrero y que tan bien ha sentado en nuestra montaña leonesa. Esperemos que antes de que el Sol establezca definitivamente su imperio primaveral, caigan otras dos nevadinas semejantes…

Valdelugueros desde la cima de hoy

Como digo, subimos hasta Cerulleda, penúltimo pueblo del Curueño antes de que la carretera se introduzca en tierras asturianas de Aller, con el propósito de desempolvar las raquetas y disfrutar de un día de sol y nieve (a falta de playa).

Vega de Cerulleda

Cerulleda es una pequeña aldea situada entre Lugueros y Redipuertas. El río lo divide en dos, pero dos puentes, la cimera y la bajera, lo unen. Las truchas hacen vida junto con los vecinos de este pueblin que tiene dos caras, una tradicional, de pueblo auténtico de montaña y otra más moderna, con cabañas de madera construidas para el turismo de nieve que la cercana estación de Riopinos pretende establecer en el valle como un buen recurso para la supervivencia de estos pueblos.

Cerulleda

El Curueño

Y a ese turismo de nieve nos encaminamos cuando calzamos las raquetas y comenzamos a andar hacia la pista que conduce a la hermosa valleja de Busllambre, no sin antes pasar por el molino donde Jesús Fernandez Santos escribió la célebre novela de “Los Bravos”.

Pico Huevo y la hermosa Puerta de Faru

La pista sube ladeando dejando el Curueño a nuestra izquierda y poco a poco se va adentrando en la montaña. Al poco rato nos saca a una campera donde la nieve ya coge algo más de grosor y las raquetas se hacen indispensables, así como unas gafas de sol para disminuir los reflejos y destellos de este mundo blanco, casi ártico, que se ve acentuado cuando miramos hacia los cercanos montes blancos de Faro y La Morala, los cuales se muestran sencillamente espectaculares en este día.

Venado

Tras pasar una cabaña y espantar a un joven y bello venado el cual estaba encamado entre las escobas, comenzamos la cuesta que nos lleva a la collada que queremos alcanzar para, luego, comenzar un cresteo que poco a poco nos tiene que llevar (si los cálculos no nos traicionan) hasta la cima del Pico Espina, a 1.929 metros de altura, cumbre que domina este valle de Lugueros y nos llevará a contemplar también los cercanos terrenos de Puebla de Lillo.

Tensando músculos...

El cresteo hacia la cima requiere atención para no pasar por debajo de cornisas de nieve que en estos días de sol se derriten y pueden producir pequeñas avalanchas las cuales pueden ocasionar algún que otro susto. También, en algunos tramos el hielo hace acto de presencia. Afortunadamente los pequeños crampones de la raqueta hacen de sujeción para evitar caídas.

Cornisas de nieve

Acercándonos a la cima

Llegamos a una colladina tras habernos cruzado con varios rebecos que, como en casi todas las ocasiones, pasean sin mucha prisa cerca de nosotros. De aquí a la cima ya son escasos metros y tras guardar las raquetas en la mochila, puesto que aquí el viento no ha permitido que la nieve se amontonara, subimos cómodamente hacia el pico Espina.

Culminando el objetivo

Cumbre del Pico Espina

Tras comer y descansar mientras nos deleitamos con las buenas panorámicas que esta cima guarda (el puerto de Vegarada, el Mampodre, Pico Agujas, La Morala, Bodón…). Nos ponemos de nuevo en marcha con las raquetas para realizar el descenso por su cara sur hacia la collada desde la cual comenzaremos la bajada por un hermoso y muy nevado valle que desemboca directamente en el pueblo.

Descendiendo del pico

Vegarada y Riopinos: nacimiento del Curueño

El sol, que ahora nos da directamente de cara, hace que la temperatura suba y que comencemos a deshacernos de ropa progresivamente. El montañismo con raquetas es un deporte exigente y con alto nivel de esfuerzo físico, pues si bien la raqueta impide que nos hundamos en la nieve, el mero hecho de levantar el peso de cada raqueta y andar sobre la nieve, la cual no siempre es compasiva con el caminante, es un ejercicio continuo de quema de calorías, lo que hace conveniente ir bien hidratado y también llevar ropa adecuada para evitar que el tejido empapado de sudor nos acabe provocando un buen catarro.

Mirando los altos montes de La Morala

Aún así, en días así, de sol, nieve y montaña, sin prisa ninguna, uno disfruta como un niño. ¿Qué tendrá la nieve que tanto gusta al ser humano?

Poco a poco vamos descendiendo por este valle hacia Cerulleda y también poco a poco la nieve va fundiéndose para dar paso a los prados cercanos al pueblo donde pasta la ganadería local.

Montañas de Puebla de Lillo

Arribamos de nuevo a este simpático pueblo de montaña surcado por este río, el Curueño, que siempre nos deja con un gran sabor de boca, el cual alimentamos en Lugueros posteriormente con un poco de cebada como recomienda el buen decano del montañero leonés.

Mapa de la ruta

Nota de interés: En Lugueros podemos alquilar raquetas y otro material de nieve en las  “Casas de Montaña Alto Curueño”( http://www.casasdelugueros.com/).

Tiempo Aproximado: 5 horas.

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