en la zanja de telefónica


foto portada del Diario de León publicada el 29 de octubre de 1986

Aquella soleada mañana en Riaño; el 28 de Octubre de 1986, la recuerdo muy bién.

Fué el fin de un sueño y el comienzo de una pesadilla. La pesadilla de nuestra segunda condena, la que estamos viviendo.

Después de toda una vida, la mia, oyendo hablar de un fantasma, estaban ahí; habían venido. Un montón de guardias civiles (llamados familiarmente “picoletos”) acorazados hasta las cejas para echarnos literalmente a “hostias” de nuestro pueblo.

Esa mañana, en la zanja de telefónica como así parece se dio a conocer ese lugar, estábamos sentados con los pies colgando un grupo de gente del pueblo (menos de los que yo hubiera deseado) y otras personas que conocía de vista. Todos estábamos allí para intentar impedir que nos rajaran el pueblo con el acero de la escavadora; eso significaba algo mucho peor que ni siquiera aun, alcanzaba a entender.

Nos mantuvimos allí hasta que de repente nos cargaron el montón de guardias con su traje de “escarabajos antidisturbios”. Entre porrazos, pepinazos y humo, salimos corriendo cada uno por donde pudo, intentando evitar la nube de porrazos que estaba cayendo… instintivamente, salí a toda leche. A partir de ahí, la rabia y la incredulidad me enmudeció por completo y solo deseaba que les tragara la tierra a todos aquellos matones a sueldo.
Así comenzó aquella pequeña guerra con un precio tan grande a pagar por los directamente afectados y al final, para todos.
Despues, desde las bocacalles las piedras comenzaron a volar en dirección a los aparentemente impasibles guardias, llenas de toda la rabia e impotencia que pueda caber en un ser humano. Una piedra tras otra… y entre tanto, las detonaciones producidas por los disparos de pelotas de goma con bola de metal dentro, a diestro y siniestro sentíamos bufar y rebotar a toda velocidad sin que nuestros ojos fueran capaces de verlas. Sentí por un momento con miedo en mis adentros, que si alguna de ellas llegara a impactarme, me partiria en dos. Acababa de licenciarme de la mili y este puede decirse que fue, mi verdadero bautismo de fuego, real.

De vez en cuando, se movían y nos cargaban haciéndonos retroceder, lo que hacia que nos dispersáramos. Así fué como en una de esas, perseguido por una pareja de “escarabajos”, me introduje por la esquina del “Bar Nevada” hasta el puente sobre “la presa” que conducía a “la callejina”; y de ahí, me fui directo a mi casa para cambiarme el jersey gris de punto gordo que llevaba puesto (hecho por mi madre) por otra prenda, pues pensé que me tenían “enfilao”.
Al llegar a casa en aquella mañana soleada de finales de Octubre, intentando controlar mis nervios, abrí la puerta de la calle sin hacer ruido y luego ya, en la penumbra del portal, la de la cocina para entrar.
Con la puerta entreabierta, vi al trasluz las siluetas de toda mi familia sentada a la mesa alrededor de un cocido humeante como si nada estuviera sucediendo. Me quedé petrificado. Sentí un profundo vació. El lugar donde me había criado, de repente, era un sitio extraño lleno de fantasmas. Cerré la puerta y huí subiendo las escaleras hasta llegar al corredor donde veía el huerto y la calle frente a mi. Me senté sobre el viejo baúl a respirar. No sé cuanto tiempo pase allí sentado con la mente en blanco. Parecía que aquella luz de Otoño me cegaba y sentía una profunda impotencia y tristeza.
Algo me vino a la cabeza y de repente como una exhalación me vi saltando del corredor al corral. Me fui, como quien se despierta de un sueño.
Esto lo firma el pequeño de Agapito y Nati.

PUBLICIDAD

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>