Las ondas y la red

Resulta agradable escuchar la brillantez que imprime a cada palabra una persona con la capacidad creativa del poeta bañezano Antonio Colinas. Más aún si el objetivo que se busca con tanto virtuosismo semántico no es otro que recuperar para el lenguaje cotidiano todos esos cánticos sonoros que componen el pentagrama de la Carta Magna. No sólo ha sido el escenario del Palacio de los Guzmanes, han sido cientos de escenarios repartidos por toda la geografía nacional en donde, en estas últimas horas, se ha tratado de entresacar ese espíritu que permitió entonces conciliar los extremos y abrir una nueva vía para restablecer la concordia entre los españoles.

Pero pese a todo el poder benéfico que la palabra excelsa atesora, máxime si se refiere a la esencia de la propia Carta Magna, tengo que reconocer que ha sido en la radio y en la red, y en ambos casos en boca de los ciudadanos corrientes, en los únicos escenarios en donde más allá del virtuosismo se entró al trapo, con respeto pero al trapo, a analizar qué papel ha jugado la ley de leyes en estos 33 años de andadura.

Hay un denominador común, real o ficticio, verdadero o falso, que ha estado presente en casi todas las intervenciones que pude escuchar en varias emisoras y leer en algunos portales; muchos ciudadanos consideran que la mala planificación del desarrollo de los estatutos de autonomía ha generado ciudadanos de varias categorías, con ofertas tan dispares en materias como la educación, la sanidad o en la recepción de fondos públicos del Gobierno Central, que parece que en vez de comunidades autónomas hablamos de países distintos. Y casi todas las quejas puestas de manifiesto en las ondas o en los digitales, desde el más absoluto respeto, incidían en el papel chantajista que han jugado en especial los gobiernos autónomos catalán y vasco ante el estado central. Sea cual fuere su signo político, aunque en tantos años de vigencia sólo hemos visto gobernar al PP y al PSOE, más allá de los turbulentos años de arranque con la UCD como amalgama de todo el centro hacia la derecha y con Adolfo Suárez jugándose a  diario el  pellejo, con los suyos y con sus contrincantes.

Centrados en el territorio que nos ocupa recuerdo que algunas de las intervenciones radiofónicas con las que compartí la mañana de la santa ley se referían a Castilla y León como una especie de mezcla sin ton ni son, de culturas y sociedades pegadas al tuntún, sin el más mínimo tino por acercar formas de entender la vida tan dispares como sucede entre el norte y el sur o el este y el oeste.

El nuestro, el de Castilla y León, fue un caso de desgracia culinaria porque falló la mezcla de los ingredientes y el resultado es un pastiche difícil de tragar. Porque mucho más allá de las diferencias está la nula intención desde el propio Gobierno Autonómico de llevar a la práctica un concepto tan cacareado como inútil mientras siga encerrado en la caja; hacer comunidad, acercar culturas, facilitar el conocimiento mutuo. Esto me suena como aquella campaña impulsada por el Estado Central en la que veíamos a notables representantes de la sociedad española, todos ellos bien acomodados en el tobogán laboral, que nos decían, no hace mucho, con cara de estar totalmente convencidos “de esta vamos a salir”. Ellos seguro, porque nunca estarán en el túnel negruzco por el que circulan casi cuatro millones y medio de parados, justo el doble de 2008.

La Constitución debe adaptarse al siglo XXI y el cambio es fácil; hace apenas unos meses PSOE y PP decidieron reformarla para establecer el techo de gasto autonómico con la misma celeridad con la que se pasaron por el arco de triunfo la opinión de los españoles; no les interesa ni lo más mínimo. Y nosotros agradecidos que somos les hemos votamos de nuevo mayoritariamente.

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